editorial

Piñera, el demoledor serial

A su último paso por la presidencia chilena, no dejó nada en pie de lo que estaba construido por el túnel de Agua Negra. Intereses empresarios, el plan para esquivar su efecto. Por Sebastián Saharrea
sábado, 12 de diciembre de 2020 · 10:58

Hay que restregarse los ojos para comprender la dimensión de lo que se tiene adelante. Nada menos que un embajador argentino en un país tratando de mentiroso y autor de maniobras arteras al país en donde presta servicio. Rafael Bielsa sobre Chile, sobre la tenebrosa y pecaminosa operación de ese país nada menos que con el túnel de Agua Negra.

Reduciendo no sólo a la insignificancia política a una obra que lleva décadas de gestiones políticas sino a la relación entera de dos países vecinos que supieron de años fanáticos –incluso al borde de la guerra fratricida- y que luego de un tiempo largo de saliva e intereses compartidos estuvieron a punto de consagrar la relación con una obra monumental. Hasta que llegó Piñera.

Respuesta proporcional la de Bielsa a la demoledora segunda presidencia respecto del túnel del actual mandatario chileno, hoy sumido en una profunda desconfianza entre sus propios compatriotas: lo aprueba apenas el 10% de los chilenos, el peor de la historia en su país y el peor presidente de la región por lejos.

Peor le iría –tirando a 0 de aprobación- si se consultara a todo el ámbito de influencia de una obra quijotesca que demoró décadas en asomar y que al momento de la llegada de Pîñera estuvo a punto caramelo. Cuando asumió el actual presidente en marzo de 2018, la obra ya había dado pasos concretos para su licitación: se habían abierto los sobres de los consorcios interesados –fueron 10, integrados por pesos pesados de las construcciones en todo el mundo-, a lo que se llegó luego de todos los estudios correspondientes. De todo tipo, que demandaron largos años: de factibilidad técnica, económicos, de recupero de la inversión, sociales, de impacto ambiental.

Fueron décadas, literales. Primero en comenzar a hacer la cabeza sobre la conveniencia económica de la hermandad: tanto para San Juan dejar de ser estación terminal para convertirse en paso de tráfico pesado Atlántico-Pacífico, como para Coquimbo-La Serena por recibir un flujo de actividad económico insospechado.

Recién cuando eso se logró, comenzó el diseño, primero la elección del lugar, luego el tipo de túnel. Avances de a centímetros, avances al fin. La presentación del proyecto, su venta en los foros políticos mundiales: a EEUU, a Brasil, a China. Beneficiario éste de un abaratamiento del costo de transporte de la savia para su economía: la soja.

Hasta llegar a la confirmación de su financiación: U$S 1.200 millones aportados por el BID, anunciados con la presencia de Luis Moreno –el colombiano que presidía la entidad- en su visita a San Juan en enero del 2016. De allí a la convocatoria a la precalificación de interesados, sobres que efectivamente fueron abiertos en Chile en mayo del 2017, 10 meses antes de que asumiera Sebastián Piñera.

Interesa esta sintética cronología para comprender mejor el tamaño de los esfuerzos económicos y políticos de tanto tiempo que Piñera tiró a la basura en un minuto con su silenciosa abdicación unilateral e inconsulta del dinero del BID.

En condiciones humillantes para su contraparte, en este caso Argentina, por motivos que se analizarán más adelante. Pero cuyo resultado es lapidario: no sólo significa una marcha atrás en una obra que sólo el tiempo dirá si será posible revertir, sino que retrotrajo las relaciones políticas al punto más bajo que se recuerde en décadas.

A la llegada de Piñera, la relación política y económica de ambos países resultaba floreciente: integración en obras como nunca antes, con Agua Negra de estandarte principal pero no excluyente, negocios mineros compartidos a ambos lados, intereses económicos complementarios, flujo comercial y turístico creciente a escala descomunal, que exigió modernizar estructuras y políticas migratorias.

Hoy, esta pandemia bilateral desatada por una decisión insólita del presidente chileno, encuentra a ambos lados nuevamente asilados en su propio discurso, sin intereses compartidos, hasta con juicios cruzados (el de Argentina contra la minera chilena que tiró sus escombros en Argentina “por error”) y una escalada verbal a nivel diplomático como la citada de Bielsa tratando de mentiroso y artero al país donde lleva adelante la representación.

Un siglo de retroceso en un solo golpe de lapicera. Estaba todo listo: el mantel puesto, la cristalería de fiesta, sólo había que sentarse y servirse. Pero insólitamente, y por motivos que todavía no están nada claros, el presidente chileno decidió desistir del financiamiento del BID para construir una obra simbólica para las regiones involucradas (la IV chilena y San Juan en Argentina) y para ambos países. Un túnel ejemplo para el mundo, de 14 kilómetros de extensión y hasta un observatorio científico en su interior.

Estaba tallado en la piedra que Piñera no quería el túnel. Comenzó bien temprano en su segunda gestión a petardearlo de la manera como le fue posible. Primero, con supuestas dudas sobre la estructura geológica de la montaña a perforar, un punto que ya había sido estudiando hasta el cansancio. Luego, con el costo: una presunción descabellada e incomprobable de que en lugar de 1.200, la obra costaba 5.000 millones. Después, con la localización y su conveniencia: nuevamente a analizar si no sería mejor por otro lado, cuando también ya había sido estudiado y definido. Hasta que encontró la vía de la deserción a la fuente de financiamiento.

Economista con doctorado en Harvard, no serán sus temores consecuencia de desconocer la escala de negocios que favorecía el túnel. Tampoco porque desconfiara del BID: fue consultor en ese banco en la década del 70. Y menos porque no conociera la zona: Piñera en persona estuvo en San Juan en el año 2010 en una cumbre de presidentes, cuando ya se hablaba en firme de Agua Negra y no tenía objeciones públicas.

Lo habrá visto entonces demasiado lejano como para empezar a cascotearlo, cosa que hizo sin disimulo en su segunda gestión. Encima, en éste último período su contraparte argentina –el presidente Mauricio Macri- no se caracterizó precisamente ni por la dinámica ejecutiva en obras públicas ni por su compromiso con la geoestrategia de San Juan. Pese a que él mismo llegó a un acto en el autódromo de Zonda en 2016 al inicio formal de la precalificación de las empresas interesadas en construirlo.

La deserción chilena ocurrió de la manera más insólita posible, según relató el embajador Bielsa –ex canciller argentino-, quien de diplomacia conoce en especial cómo ejercer los tonos. Y en esta ocasión eligió el más categórico: la enunciación de los datos, en un conversatorio al que accedió el sitio sanjuanino Región Binancional.

Según el relato de Bielsa, acudió a un contacto personal en el BID para confirmar o descartar versiones oficiosas que le habían llegado. Y el 23 de agosto del año pasado le llegó la confirmación documental de la renuncia unilateral de Chile al endeudamiento que tanto costó conseguir y fuera formalizado en San Juan 3 años y medio antes.

Siguió su increíble relato Bielsa señalando que lo comunicó a la cancillería argentina, pero por cuerda separada esperaban una confirmación oficial de Chile, que nunca llegó. Al contrario, el ministro de Obras chileno nunca lo recibió, y cuando lo hizo le habló de otra cosa y ni mencionó Agua Negra. Peor aún, relató que luego de eso hubo una reunión del EBITAN (el ente binacional encargado de avanzar con la obra) y hasta el propio Piñera aludió 4 veces a la obra luego de renunciar a los fondos. Sin decirlo, los acusó de montar un acting escondiendo su propia actitud.

Reñida ya no sólo con la cortesía de vecinos por tomar una decisión unilateral que afecta a todos, sino también con la ley internacional plasmada en un tratado. La pregunta es: si cambiaron de opinión, por qué no decirlo y afrontar sus consecuencias. El silencio es sinónimo a cierto contenido pecaminoso.

El 23 de agosto de 2019 coincide con el inicio de la caída del gobierno de Mauricio Macri en Argentina, que perdió las Paso de modo categórico 12 días antes. En ese momento, el embajador argentino en Santiago –cargo hoy ocupado por Bielsa- era José Octavio Bordón, ex gobernador mendocino. No se enteró de nada.

El actual colega de Bielsa por la contraparte, es decir el embajador chileno en Argentina, intentó contrarrestar con que Argentina también renunció al crédito del BID. Pero estaba hablando de otro crédito, mucho menor, de 20 millones para estudios complementarios. Bielsa habló de decisión “unilateral” de Chile, conflicto diplomático en puerta.

En la IV Región chilena cayó como una bomba el anuncio. Porque allí ya se hizo carne y uña la necesidad de complementación con San Juan y Argentina, hoy castigada por su propio presidente. Hay especulaciones de todo tipo sobre los motivos de Piñera, el que más se escucha alude a intereses de grupos económicos conectados con el propio Piñera en el desarrollo de otras áreas del país, como el puerto de San Antonio o Valparaíso. Contra los cuales colisionaría el desarrollo de Coquimbo.

Mezquindades a la orden del día, nada extraño. En La Serena analizan ahora la manera de pasar el mal trago, pero para el final de mandato de Piñera resta todavía un año y 3 meses, los suficientes como para que el frío en la relación tome tono definitivo.

Contó Daniel Silva desde una radio de Coquimbo en Paren las Rotativas (Martes a las 22 por Canal 13 San Juan TV) que ahora la expectativa política es la elección en abril de un intendente por primera vez por el voto popular. Es el equivalente a nuestro gobernador, que en Chile hoy es designado por el Presidente como país centralista que es.

Esperan que de allí surja una fuerza política capaz de pararse de manos contra las arbitrariedades de Santiago, como entienden que ocurrió con la caprichoso desestimiento del crédito para una obra emblemática de la Región. Habrá que esperar que no sea demasiado tarde.

 

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