Editorial

Franco Aranda, surfeando en el tembladeral

No le quedó un tablero de origen demasiado amable y se las tiene que arreglar como pueda. Por ahora, puede: hizo una rápida pirueta y dejó la pelota encampo contrario. Pero una batalla no es la guerra. La moraleja del “Grillo”. Por Sebastián Saharrea.
sábado, 02 de enero de 2016 · 12:57
Por Sebastián Saharrea

Son impiadosos e inapelables los números. Y por más que uno le ponga creatividad, son lo que son, señalan la realidad. Así sea si resaltan el rojo de una cuenta en descubierto, o señalan el tablero de un 0 a 3 en contra con el que  el partido se vuelve irremontable. En la política, la ciencia inmanejable por excelencia, también: un balotaje se gana o se pierde por un voto, un parlamento se maneja o se negocia por una banca. Números al fin.

En ese último casillero es en el que ha tocado reportar a Franco Aranda, flamante y joven jefe comunal capitalino al que no le cierran los números en el Concejo Deliberante y se le plantea enseguida nomás la necesidad imperiosa de desarmar lo que podría configurar la probeta en el departamento de un ensayo más amplio: una unión opositora con aspiraciones de triunfo.

Le quedaron al intendente sólo 5 bancas el deliberativo de las 12 totales, lo cual señala con la contundencia de la evidencia numérica que si el resto se le junta deberá jugar en desventaja. Nada que no haya ocurrido nunca, pero que desde ya le obligará a reforzar la imaginación y la operación del terreno de juego.

Podrá ver a su antecesor Marcelo Lima, con quien lo unió en los últimos días del año una situación graciosa pero con moraleja. Ocurrió el 23 de diciembre en la sala municipal que esa noche recibió las luces del cierre de año del programa La Ventana. Subieron los ganadores de otros años, entre ellos el Grillo Malbrán, artista popular fraguado –como él dice- en el Taj Majal del rawsino Barrio Güemes, standapero natural mucho antes de que el género explotara como manual de autoayuda, caminador de calles como pocos. Se plantó el Grillo y disparó a la primera fila:

-¿Y compañero Aranda, ya le contó el tío Lima que la peatonal es mía?
Lo que siguió una natural carcajada ante la ocurrencia, propia de un observador nato como el Grillo pero nada casual y muy afilada en el uso de la palabra. Lo de compañero, lógico, denota una mirada cómplice en términos políticos, lo de tío se entiende por un término cariñoso y hasta un pariente con el que se pueden tener contrapuntos, y lo de la peatonal es de sobra explicarlo: puede aplicarse, más allá de título de propiedad, a advertencia tanto de autoridad como de colegas artistas que pongan en discusión las jinetas de quien se sienta en el mismo cruce de Rivadavia y Tucumán desde hace años.

Por fuera de todo eso, ese genial lance del Grillo dejó sin querer una moraleja en el terreno de la política para Franco: que muchas de las salidas a las situaciones más o menos complicadas, deberá buscarlas en el menú de herramientas de la experiencia que acumuló su antecesor. Tanto para orejear cómo tratar a los Grillos que habitan el espacio público y que no son nada fáciles de conducir si no es con suavidad, como para asuntos más delicados como puede ser juntar el número en el Deliberante.

A ese mismo dilema, Lima lo resolvió atrayendo a los bloquistas. Así pudo solucionar el mismo problema que hoy aqueja a su sucesor Franco Aranda: que sólo 5 de los 12 concejales sean del palo. Estaba por aquellos días en plena ebullición el encuentro con el bloquismo, y siempre se las arregló para atraer el voto al menos de uno de ellos.

Años después, a Franco le toca atravesar el tembladeral alumbrado por el resultado electoral bien propio de la Capital: nada de mayorías contundentes para nadie, el naipe más bien repartido. El primer obstáculo que tuvo enfrente el flamante jefe comunal fue la sesión preparatoria anterior al 10 de diciembre, el día que se repartieron las cartas.

Estaba en juego una resolución gruesa: quienes serán las autoridades del cuerpo. Y Aranda consiguió ese día todo lo que buscaba: no sólo que el presidente –virtual vice- fuera alguien de su partido, sino que la secretaría del deliberante quedara para gente de su confianza. ¿Pero cómo hizo, si sólo tiene 5 concejales y las matemáticas señalan que si el resto se juntaba le ganaban todos los cargos?

Parece sencillo decirlo: tuvo el apoyo de dos concejales basualdistas que se cortaron de los colombistas con los que llegaron en la misma boleta. Son dos y dos, así quedaron en bloques distintos, dejando los tres restantes a Cambiemos. Todos ellos, siete en total, no consiguieron juntarse detrás de la postulación de Juan Sansó, y a otra cosa.

Se habla mucho de lo que pudo haber intervenido para que eso ocurriera, lo único objetivo que hay es que los supuestos infieles (opositores que votaron por el postulante de Aranda),  Gonzalo Campos y Silvia Olmos, consiguieron estructura para un bloque propio y eso representa algunos recursos más para disponer.

La cosa es que ocurrió, tal vez aprovechando que aún no estaba maduro el acuerdo entre Eduardo Cáceres y Rodolfo Colombo, abrochado y anunciado pocos días después y que representa la llegada del actuarista al ANSES más una mirada de largo plazo para explorar un eventual futuro político en conjunto, si a Macri le va bien.
Que justamente se valió de esos tanteos por la Capital para terminar consumándose. Ahora que esa línea de mutuo interés está firme, seguramente la coproducción entre ambos se alimente en el deliberante capitalino, donde juntan al menos cinco manos levantadas.

La pregunta del millón es cómo está ahora la relación con los dos concejales con los que contaban desde el principio pero que defeccionaron aún antes de arrancar. Cuentan las fuentes opositoras que el primero que buscó desmarcarse de la operación fue el propio Basualdo, a quien algún picarón había involucrado. Luego, el propio Campos dio señales para recomponer con los colombistas, cosa que hicieron pero se trata apenas de señales.

La otra pregunta del millón es cómo seguirá la novela. Seguramente el interés opositor será el de armar el bloque completo para poner condiciones, en especial ahora que el entendimiento Cáceres-Colombo goza de buena salud. Seguramente también, el interés del intendente Aranda será aprovecharse de las goteras que vayan apareciendo en ese entramado:  ya hizo uso de esos huecos y apuesta a que podrá seguir haciéndolo. No sería nada extraño que la política desafíe a la matemática de esa manera, que le moje oreja y aún que le gane.

Un punto intermedio el que todos ganarían su parte sería que el deliberante no haga pesar su número opositor en las cuestiones gruesas y deje así las manos sueltas al intendente, y  que reciban como contraprestación la facultad de lucimiento en algunos lances.

Para eso será necesario el afilado diario del ida y vuelta, un surfeo permanente de la política con mayúsculas, ingrediente que se deberán desarrollar a contrarreloj antes que lleguen las fechas de los clásicos en un calendario exigente.

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