Son las 7 de la mañana y Carlos Biassoti es el encargado de abrir las puertas de la Escuela de Educación Especial `India Mariana`, ubicada en el barrio Bella Vista, en Pocito. Es miércoles y le espera una jornada especial: en la tarde debe ponerse los guantes y defender el arco del Bohemio en la final del Torneo Local. Pero antes debe regar, limpiar y dejar todo en orden en el establecimiento educativo que queda a pocas cuadras de su casa.
Biasotti, un portero con chapa
Lejos de los lujos de cualquier futbolista europeo o del fútbol argentino de Primera, el bonaerense, sanjuanino por adopción, trabaja de portero en una escuela pocitana. Es su oficio desde hace varios años y, si bien queda a pocos metros de su vivienda, tiene una vida a las corridas por el fútbol.
De mañana trabaja y de tarde entrena junto a los muchachos de Peñarol, en Chimbas. Hasta allí se traslada en colectivo como cualquier otro pibe del fútbol local. Su esposa Patricia usa el auto de la casa para manejarse con sus tres hijas (Priscila, Evelyn y Ludmila) y el arquero prefiere tomarse dos colectivos para llegar a la cancha del Bohemio. Cuenta que sale de la escuela a la una de la tarde y, a las tres, ya debe estar en la parada de colectivos esperando el 16 de la Empresa Mayo para trasladarse al centro.
Pero no se queja, lo hace con gusto. Sus roles como portero en un club y en una escuela son oficios que disfruta. Sobre todo el arco, su compañero desde hace 34 años. Sí, más de tres décadas.
-¿Cómo es tu vida fuera del fútbol?
-En la mañana estoy en el Colegio, que queda frente a casa. Ahí estoy como portero. Así que entro a las siete de la mañana, después vuelvo a casa y como algo rapidito. A las cuatro de la tarde tengo que estar en el club así que salgo una hora antes, que es lo que demoro en llegar en dos colectivos. El día de la final me tocó estar a las tres de la tarde.
-¿Laburaste ese mismo día de la final con Atenas?
-Sí, fue un día normal como todos. Por suerte mi esposa me dejó en el centro y ahí me tomé el colectivo para llegar a Peñarol. Son cosas del fútbol, hay chicos que trabajan, viajan en colectivo y otros en moto.
-Al otro día de gritar campeón volviste al colegio, ¿cómo te recibieron?
-Me felicitaron los compañeros e incluso uno que es hincha de Atenas. Hay otros que no estaban enterados (risas). Y yo no soy de andar contando. Pero había buena onda. El fútbol es así.
-Metiéndonos en la final, donde tapaste tres penales que sirvieron para que Peñarol se consagrara campeón, ¿cuál es el secreto para atajar?
-Uno siempre juega para ganar. En este tipo de definiciones me tengo confianza y me brindan confianza. Sé que también hay que tener mucho coraje y entereza para patear penales, y por eso le doy mucho valor a mis compañeros, que son quienes patean. Hay que estar frente al arquero en ese momento. Uno trata de jugar con eso, con la ansiedad del rival. Son pequeñas ventajas a la hora de la definición.
-¿Qué cosas se te cruzan por la cabeza en ese momento que vas a ubicarte al arco?
-Esos son momentos únicos. Hay ansiedad y el nerviosismo lógico ya que te estás jugando todo en estos tiros de penal, en este caso un campeonato. Sabes que quedar afuera en ese tipo de definiciones te deja pensando y te da mucha bronca. Por eso trato de concentrarme al máximo y aprovechar cada instante. Y, a mi edad, también lo disfruto.
-¿Le hablas al rival que va a patear el penal?
-A veces, según. No soy de hablarlos. En la final hablé con los chicos de Atenas antes para felicitarlos por el gran partido que habían hecho.
-¿De qué se trata esa ceremonia que realizas antes de atajar, cuando te ubicas detrás del arco por unos segundos?
-Trato de ganar tiempo. Son mañas. Para muchos no significa nada, para mí significa que a medida que pasan los segundos el rival empieza a dudar. No hay nada peor para un jugador que esperar. Uno quiere llegar al punto de penal y pegarle rápido a la pelota. Entonces si hay demora te ponés a pensar a dónde pegarle, si al palo derecho o al izquierdo, y así. Así me ha tocado ganar y perder, pero gracias a Dios me ha tocado más veces ganar.
-¿Cómo nació tu relación con el arco?
-Desde que tengo uso de razón fui arquero. Mi papá me cuenta que de chico veía una pelota y me ponía en posición de arquero. En vez de patear se la daba a él para que me patee. El arco fue una elección. Realmente me encanta y disfruto mucho de poder jugar en ese puesto. Es lindo y también ingrato, sabés que no te podés equivocar.
-Ya son más de tres décadas en los tres palos…
-Tenía 9 años cuando arranqué como arquero. Me acuerdo que acompañé a un amigo que jugaba en Chicago y ese día enfrentaba a Vélez en un amistoso. Cuando llegamos a la cancha había faltado el arquero y me ofrecieron ponerme los aguantes. Hice un buen partido y el DT me invitó al equipo. Pero yo anteriormente había ido a una prueba en Boca y me dijeron que debía volver a los ocho meses. Yo estaba en Chicago, había hecho amigos, y decidí quedarme ahí.
-¿Qué cosas te dio el fútbol?
-Amigos y un montón de lugares que conocí. Me dio emociones, tristezas y sentimientos vividos que no me los olvido más. Toda la vida movilicé a mi familia por este deporte, dediqué toda una vida al fútbol.
-¿Lloraste alguna vez por el fútbol?
-El arco me hizo llorar. Las emociones que te da el fútbol son únicas y no se me borran más. Me acuerdo la definición, jugando con Peñarol, contra Alianza. También la de 9 de Julio. Y ascensos y campeonatos. Cuando sos más grande las disfrutas más porque no sabés si las vas a volver a vivir.
-¿Cuándo te sacas los guantes?
-No me puse a pensar en mi retiro. Hoy me siento bien para entrenar. Cuando no me den ganas de ir al club no voy a jugar más y me dedicaré a otra cosa, por respeto a mis compañeros y al fútbol que tanto me dio. Ahora sólo pienso en el partido del domingo contra Boca y la posibilidad de clasificar. Yo vivo el día a día.