Columna

Miedo al qué dirán: ¿cuánto me afecta?

A todos en algún modo nos afecta, en algunos momentos más que en otros. Es un temor que puede estar minando mis posibilidades de disfrutar mi felicidad.
lunes, 25 de febrero de 2019 · 08:22

Por Carlos Gil

A todos en algún modo nos afecta el qué dirán. Pasa siempre o en algunos momentos más que en otros. Y aunque no siempre está mal que así sea, es un temor que puede estar minando mis posibilidades de disfrutar mi felicidad. Y eso puede ser mucho, sobre todo si dura toda la vida.

Es un buen punto de partida reconocerlo cuando nos sucede y dimensionar el cuánto nos afecta ese miedo. En algún caso puede hasta ser justificado y quizás llegue a ser una de las funciones positivas de que el miedo exista. Por ejemplo, si hago o dejo de hacer algo por temor al qué dirán, ya que afectaría mi solvencia profesional, mi responsabilidad laboral, mi cercana relación afectiva, quizás entonces sea hasta aceptable que ese miedo conduzca mi accionar.

Claro que si es habitual, permanente o en todos los aspectos de modo tal que el miedo no me deje ser, entonces en algún momento puede ser la razón de una insatisfacción importante además de ser un obstáculo para sentir la alegría de ser feliz por reconocerme como soy y comportarme en consecuencia con ello.

La condición absoluta de que no me importa nada el qué dirán no puede ser una norma. Es preciso a veces contemporizar, para gestionar la empatía o para lograr un objetivo mayor. Es por ello necesario reconocer cuándo el temor al qué dirán me impide hacer algo importante o que en definitiva no me deja ser. Cuando tengo tanto temor que no me reconozco yo mismo en lo que hago y siento que en realidad estoy satisfaciendo el deseo de otra persona que me influye o de una opinión general que es algo cultural incorporado como patrón, es cuando más debo prestar atención.

Si deseara yo tener una fortaleza necesaria para actuar como quiero y no como temo, deberé enfocarme en cuánto me estoy queriendo, en cómo fortalezco mi autoestima, partiendo siempre del reconocimiento que soy una individualidad, un ser único, original, no nacido para igualarme a la mayoría, ni siquiera para someterme a los mandatos de una persona, sea ya familiar, el jefe u otra persona cercana en mi círculo afectivo.

Las relaciones que construyo son un entorno importante y necesario. Y generalmente proviniendo de ellas el qué dirán resuena más fuerte. El cómo acepto mi originalidad y mi permanente crecimiento y desarrollo, debe hacerme valorar el momento en que una relación no me será nutritiva, no me aportará lo que alguna vez hizo y quizás haya llegado el momento de asumir como lógica la distancia que se ha generado y establecer relaciones nuevas que aporten a este momento de la vida. Entonces estaré relativizando también las consecuencias de la opinión o del qué dirán cuando las genere esa anterior relación.

Del mismo modo, observar el cómo quiero a los que quiero, aun cuando no comparta todo lo suyo al cien por ciento quizás me permita aceptar alguna crítica o algún qué dirán, sin que sea tan rígido el resultado que se transforme en mí en una obligación de hacer o no hacer. Quiero a otros, en razón de ese afecto puedo haberle expresado mi opinión en contrario en alguna situación y no por eso lo quiero menos ni dejo de quererlo. En algún modo el qué dirán puedo llegar a admitir que exista y que no siempre modifique mi accionar impidiéndome ser como realmente pretendo.

Al considerar este punto de vista quizás esté encontrándome con otra de las dificultades, siendo muy conocida ésta, -el qué dirán- que impiden que se manifieste mi alegría interior. Ese estado de felicidad que tan bien me acompaña en la vida y que me da la oportunidad de buscar, encontrar y ejercer los modos de ser plenamente óptimos, fecundos, productivos. Y que aseguran la celebración permanente de estar felizmente vivos.