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La importancia insustituible del abrazo

A la vez que lo disfrutamos, reconocernos que pertenecemos al universo.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Esta breve columna podría no contener todas las palabras necesarias para describir la importancia, la monumentalidad del tema: el abrazo. Una palabra que podemos valorarla, magnificarla, sin agregarle adjetivos.

Quién no ha sentido la fuerza, la importancia, la energía, el alimento recibido al sentir y al dar un abrazo. Podemos no decirlo, también hacernos los rudos y hacer creer que no somos afectos al abrazo. Pero en nuestra búsqueda de perfeccionismos, sabemos distinguir al menos aquel abrazo que nos hizo cerrar los ojos a la vez que nos lo dábamos. Aquel que nos hizo presionar los torsos como para fundir los corazones, hasta sentir realmente que compartíamos ritmos de respiración o más aún, que acompasaba mis latidos a los latidos del corazón del otro.

...los brazos que envuelven, algo o mucho de sentimiento, corazón, cuerpo, intensión, energía.

Cundo admitimos el abrazo cotidiano, sabemos que nos resulta como una música armoniosa. Nos invade, nos hace temblar o entrar en calor. Pero el abrazo, en todas sus formas, intensidades y objetivos no podremos dejar de calificarlo como sincero, sea mucho o poco lo que transmite, y habremos de distinguirlo del abrazo formal, el rígido, aquel abrazo que transmite la nada misma. Unos brazos ciñendo el cuerpo de otro no pueden por si solos llamarse abrazos. Para esto tienen que tener, los brazos que envuelven, algo o mucho de sentimiento, corazón, cuerpo, intensión, energía.

No en vano parece ser lenguaje aceptado cuando no alcanzan las palabras: la pérdida de un ser querido o cualquier situación que me enluta me habilita a reconfortarme recibiendo abrazos. Me permito y entonces doy y recibo, con tanta naturalidad como cuando niño los brazos de mi madre me restañaban las heridas de alguna contrariedad, me calmaban el daño y me llenaban de cosas lindas de la vida. Realmente el abrazo materno o paterno puede servir aún hoy, cuando cerrando los ojos mi memoria y mi cuerpo lo reconstruyen.

Y también, por suerte, nos permitimos el abrazo cuando la alegría nos invade: al nacer mi hijo, al obtener un título, al lograr un perseguido objetivo. Venga el abrazo de felicitación, el abrazo contenedor de esta emoción que pareciera excesiva, que comparto al fin con quien por unos segundos o minutos sencillamente abrazo. Y lo siento tan efectivamente a los resultados, que sé que puedo también abrazar con la palabra, con un gesto, con la mirada. Pero hoy hablamos del abrazo de los cuerpos.

Más sentido aún cuando vivimos como sociedad una situación que podemos expresarla con abrazos, como un partido de fútbol en un campeonato mundial. En que estamos unidos todos. Se agiganta el gesto. Pero además tenemos el ejemplo, la alegría incontenible y aún más, la emoción compartida por los protagonistas, los jugadores del partido que expresan todo en los fortalecidos abrazos. Antes del partido, abrazándose para darse ánimos, para compartir objetivos, para hacer sentir la presencia de esa fuerza individual y de equipo. Durante el partido, ante esa circunstancia inmejorable de festejar un gol: Cómo no abrazarse! Y por si esto fuera poco, finalizado el encuentro con un triunfo, abrazarse. Sólo abrazarse. Sin necesidad siquiera de emitir una palabra.

Y también para demostrar alguna situación que se expresa con el no abrazo. Con la falta del cálido compartir.  Si vimos imágenes, no podremos olvidar la carrera del técnico del equipo de fútbol, corriendo por el límite del campo sin encontrar con quien abrazarse. Y abrazándose a sí mismo por lo incontenible de la emoción.

Por supuesto que ante situaciones de máxima alegría, de máxima tristeza, nos justificamos, nos amigamos con el gesto y nos prodigamos en abrazos. Esto tan fuerte que sentimos en esos momentos podríamos seguramente recibirlo y darlo en cada paso de la vida, si nos diéramos permiso para sentirlo y hacerlo en muchos momentos, permitiéndonos, a la vez que lo disfrutamos, reconocernos que pertenecemos al universo, que somos ese universo que ahora festejamos por estar unidos a otro en un abrazo.

Será ocasión, al recibir y dar un verdadero abrazo, para certificar en nuestra persona los efectos beneficiosos de compartir, de acompañarnos en la alegría o en la mitigación del dolor. Estaremos sintiendo que estamos con el otro.

Hoy más que nunca, con mucho afecto, los abrazo.

 

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