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Ordenar afuera para ordenar adentro

Para cambiar, para poderlo descartar o donar, hará falta una especie de ritual.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Las vidas de aquellos que ordenan sus casas completamente y de una sola vez, cambian dramáticamente y sin excepción, asevera la autora y los seguidores de un método de ordenamiento que se ha convertido en tendencia mundial.

Y lo recojo en esta columna por la preocupación de estar alerta a todo lo que realmente pueda ayudar a ordenar nuestras vidas. Y cuando la acumulación de cosas, algunas útiles y otras inútiles es visible en nuestro entorno, casa, oficina o taller, seguramente pasa también en nuestro interior. Sin ordenar este desorden –externo e interno- será muy difícil relajar y encontrar la iluminación que representa sentir la felicidad con nuestro cuerpo.

Casi siempre, al observar nuestra casa o la de algún otro en notable desorden, tendemos a pensar que es un reflejo del desorden de su vida y que un cambio se dará en ese mismo orden. Conlleva la lógica sentencia de creer que cuando la veamos ordenada es porque la persona primero  ordenó su interior, su propia vida.

En mi trabajo como Coach acompaño a clientes a vivir y sentir el proceso inverso. Ordenar la casa y/o la oficina o taller y  disfrutar como consecuencia el notable resultado de un ordenamiento estimulante y clarificador en nuestro interior.

Es inagotable la fuente de estímulos negativos o pesados que recibimos por no saber soltar, por no poder abandonar cosas que creemos nos significan mucho. Como también el sentirnos protegidos o acompañados atesorando recuerdos o presentes de gestos que quizás alguna vez significaron, pero que era esa sola vez. Ya nos alegró, ya fue un presente importante en un momento, pero junto a innumerables objetos, y en el fondo de un armario, placar, caja o cajón, hoy es más un peso o es parte de lo que hace que cualquier espacio sea insuficiente y en consecuencia, esté desordenado.

Para cambiar, para poderlo descartar o donar, hará falta una especie de ritual. Tomar una prenda con nuestras manos y preguntar a nuestro cuerpo qué sentimos. Ahora, en este momento. Me es útil? Cuánto hace que no lo uso? Aporta a mi alegría, hace a mi felicidad? O es sólo un reflejo de lo que en su momento aportó? Eso me ayudará a saber si debo conservarlo o no.

Si decidí ser sincero en el proceso también deberé ser respetuoso del consejo original: toda la tarea de una vez, no un cajón por semana. Debería elegir la categoría ropa o telas, por ejemplo y juntarla toda en el piso. La ropa de los armarios, de las valijas, la de contratemporada, del canasto de ropa sucia, toda. Sentiré primero el asombro de todo lo que tengo. Y si en un proceso honesto decido despojarme de cosas que no uso, o que quedaron anticuadas, iré descubriendo que el espacio que tengo es más que suficiente para recuperar el orden y la limpieza.

Y habré sentido el placer de volver a sentirme bien recibido por mi hogar en orden. Y al recorrer todas las categorías necesarias –ropas, libros, papeles, cocina, baños, juguetes- estaré generando un impacto que acertará en el objetivo indirecto buscado: mi interior. Veré con claridad qué hacer con mi vida: ordenar, clarificar, conocer lo que tengo, soltar lo innecesario, destacar lo valioso y sobre todo, disfrutar la felicidad del orden y la alegría también en nuestra vida.

Por supuesto que puede ayudarnos un método(*), hoy al alcance de todos. Pero también la voluntad de querer cambiar practicando un modo totalmente inverso a lo acostumbrado: no será mi casa desordenada la que refleja mi vida. Será que al poner en orden mi casa, me estimulará y provocará cambios en mi vida, que me acercan a la felicidad y la alegría.

(*) Método Konmari. “La magia del orden”. Marie Kondo. Ediciones Aguilar

 

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