La galería donde bailó Mirtha - Por Gustavo Martínez Puga
Es la que está en la antigua casona de Emilio Argentino Sancassani, construida sobre las ruinas de la casa original de la finca en la que se ubicaba la tradicional Zonda Viejo.
“En esta galería bailó Mirtha Legrand”, dispara don José Sancassani (77), mientras encara a paso lento y seguro hacia la silla de totora que tiene al filo de la baranda de palos de álamos de la galería del frente de la casona. Termina de armar su cigarro con tabaco y papel y, mientras lo enciende, cuenta en detalles cómo fue esa visita de la diva madre de la televisión argentina al tradicional Zonda Viejo, al que hoy todos conocen por la Villa Tacú.
“En esos años el director de Radio Colón era un hombre de apellido Rocha. Él le llamó a mi padre y le pidió la finca para traer unos porteños que venían a dar un espectáculo a la radio. Hicieron un asado y pidieron que le ensillaran seis caballos para que anduvieran. Entre ese elenco que vino estaba Mirtha y me acuerdo que pusieron música y bailaron todos en esta galería”, recuerda orgulloso don José, uno de los cuatro hijos “del matrimonio legítimo” –según precisa José- que tuvo su padre, don Emilio Argentino Sancassani. Ellos son: José, Benito (fallecido, que fue diputado nacional y es el padre del actual diputado provincial), Lucy y Rosario.
Es que después de que falleció su padre, cuando su madre les repartió las más de 1.000 hectáreas de la finca, “aparecieron una decena de hijos que tenían el apellido Sancassani y que querían su parte”. La finca de los Sancassani fue expropiada por el gobierno para construir el Dique de Ullum, por lo que le sacaron unas 400 hectáreas. A mediados de los ´80, los Sancassani decidieron lotear la herencia y nació Villa Tacú, una zona de casas de fin de semana que con el tiempo fue el lugar elegido para vivir por muchos de sus dueños.
Así fue como la casona de los Sancassani quedó en el medio de modernas casas de diferentes formas y colores. Lejos de desentonar, esa construcción le aporta un halo de nostalgia y tradición a la Villa Tacú. Enclavada sobre el callejón Sancassani, la calle principal del pituco loteo, la casona asoma en lo alto de un terraplén, protegida en el frente por una enorme glicina, una enredadera a la que le calculan alrededor de un siglo de vida.
Ese terraplén supo sostener la casa original, que fue derribada por el terremoto del ´44, donde un niño perdió la vida. Hasta ese año, la finca de las 1.000 hectáreas era de Celso Rojas, un director del Ferrocarril San Martín. Emilio Argentino Sancassani era el administrador de la propiedad y luego terminó siendo su propietario. Tras el terremoto del ´44, don Sancassani construyó la casa nueva sobre los escombros de la vieja. Esa obra estuvo a cargo de unos albañiles chilenos que llegaban a Calingasta como obreros golondrinas y se afincaron en la propiedad de Sancassani para trabajar la tierra.
Emilio Sancassani crió a sus hijos en esa casa de grandes dormitorios, un comedor central en el que ahora funciona una despensa y el escritorio desde el que administraba la finca. Al oeste están las habitaciones viejas ya en desuso, las cuales están construidas sobre un sótano en el que antiguamente, cuando no habían heladeras, conservaban los alimentos de la casa.
Aún hoy los nietos de Emilio Sancassani, los hijos de José, conservan ese escritorio y la cocina a leña de hierro en la que supo cocinar la abuela de la familia.
Con el paso del tiempo, la casona empezó a ser un punto referencial en Zonda. Atraídos por esa imagen, aparecieron unos cubanos que la alquilaron para hacer un comedor. Construyeron una barra con adobes y botellas de vidrio empotradas; un asador para hacer chivitos a la llama y un horno de barro. Pero antes del año abandonaron el negocio y esas coloridas mejoras quedaron para la casa.
Otro detalle distintivo de la casona es la escultura de un hombre cegando la tierra. “La adquirió mi padre en un remate que el gobierno nacional hizo a una familia Bember que tenían una estancia en Buenos Aires. Mi padre compró un montón de herramientas que en San Juan no habían y se trajo tres esculturas: esa –la del segador-, otra que tiene mi sobrino –el Changuito Sancassani, diputado provincial, y otra que tiene mi única hermana viva en La Rioja.
Así, la casona del Zonda Viejo es un libro abierto al alcance de todos.