La agonía de una casilla emblemática - Por Gustavo Martínez Puga
El eterno hogar del Programa Nacional de Chagas está dando sus últimos respiros para dejarle el lugar al edificio definitivo del Vacunatorio Provincial.
Todos recuerdan que nació como una casilla de emergencia después del terremoto del ´44, cuando la Ciudad quedó en ruinas. Y pronto se instaló en el lugar el Programa Nacional de Chagas Mazza. Con el paso de los años, junto a la de Defensa Civil, la construcción ubicada en Entre Ríos pasando Córdoba se fue transformando en un sitio referencial de las consecuencias de la peor tragedia natural que tuvo la provincia.
Hoy en día la casilla está inhabitable. Y está siendo desocupada definitivamente antes de que desaparezca de la faz de la Ciudad: es que la construcción será demolida en los próximos días y en ese lugar construirán un edificio nuevo en el que funcionará el Vacunatorio Provincial, según informaron desde Salud Pública.
Ese terreno había pertenecido a la Nación y después del terremoto se decidió que allí funcionara el programa con el que se combatía a las vinchucas. Incluso el edificio en el que está la delegación local de la Policía Federal perteneció a ese programa nacional. A un costado del edificio policial funciona su depósito, cuya estructura conserva el mismo estilo de construcción que la histórica casilla.
Esto es: techos livianos sostenidos por cabreadas de una resistente pinotea, similar a las tradicionales construcciones de los ferrocarriles, y gruesas paredes de ladrillo. En el caso de la casilla, las paredes no superan el metro y medio de altura. Hacia arriba la continúan tabiques de madera y fibrocemento, que denotan la intención de que fueron hechas para que funcionaran precariamente.
Sin embargo, el Programa Nacional de Chagas Mazza funcionó en el lugar desde la década del ´50 hasta el año 2000, cuando fue centralizado en el viejo edificio del Hospital Rawson. Y desde entonces, hasta el año pasado, la histórica casilla fue la sede del Vacunatorio Provincial.
En el lugar aún se puede apreciar la fosa para arreglar los vehículos que pertenecían al programa de Chagas, los depósitos con estanterías de pie que sostienen viejas máquinas de fumigar las vinchucas y bajo el techo se cobija esperando a su hora una añeja estufa a kerosene y un reloj de pie a cuerda que supo hacer las veces del tarjetero para controlar los horarios del personal.