CASOS QUE CONMOVIERON A SAN JUAN

Un descubrimiento a puro pulmón - Por Michel Zeghaib

Durante el mes de febrero de 1964, en el departamento de Iglesia, seis aventureros fueron protagonistas de uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de la historia de América Latina. En San Juan, en la cumbre del cerro El Toro, rescataron el cuerpo de un inca que hacía más de 400 años esperaba ser encontrado.
viernes, 29 de junio de 2012 · 15:04

Por Michel Zeghaib


Eran como los jinetes del apocalipsis, pero seis en vez de cuatro. Un científico, Juan Schobinger, director del Instituto de Arqueología de la Universidad Nacional de Cuyo; un andinista, don Erico Groch, hombre experimentado quien fuera el que descubrió la momia el 25 de enero del ´64; don Bernardo Rázquin, meteorólogo mendocino de reconocido prestigio y colaborador del Dr. Schobinger; y tres periodistas, Roy Kirby, Antonio Lago y Rogelio Díaz Costa, quienes integraban el plantel de Diario de Cuyo, el medio que financió y propició la expedición que no tuvo apoyo oficial.

El rescate de la momia

El viernes 21 de febrero, en las primeras horas de la mañana, se iniciaba el ascenso al cerro El Toro, a mula y puro pulmón. Iban: Schobinger, Groch, Rázquin, Kirby y Lagos. En el campamento base ubicado en la mina El Fierro se había quedado Díaz Costa. También, subían dos baqueanos: Justo Paredes y Justo Marinero, ya que el viaje era largo y se hacía necesario contar con personas que conocieran el lugar que, a la vista de todos, se presentaba desafiante, inhóspito y difícil. El día sábado, se realizaba el ascenso final hasta donde estaba la momia. Se realizaron los trabajos arqueológicos correspondientes, para regresar inmediatamente y poder llegar al campamento base el domingo al medio día. Si bien las inclemencias del tiempo durante esos días resultaron favorables, los expedicionarios no podían perder ni un minuto de tiempo, ya que el clima, tranquilo durante esos días, era de descomponerse de un momento a otro.

El día lunes, con las primeras luces de la mañana, emprendieron el regreso por el mismo camino recorrido anteriormente, pero con algunas modificaciones en cuanto a las jornadas de viaje. De esa manera, viajaron durante el martes y, finalmente, llegaron el miércoles a las minas de El Fierro, lugar donde se entregó oficialmente a las autoridades de la provincia, acta de por medio, el cadáver congelado del inca.

Crónica de un hallazgo anunciado

Llevaban casi tres horas de mula mientras subían hasta el lugar donde descansaba el inca desde hacía más de 400 años. Cargadas las mochilas sobre las espaldas, el andar se hacía lento y dificultoso. El jefe de la expedición, el alpinista Erico Groch, de repente se detuvo.
Todos lo miraban atónitos tratando de entender cada movimiento suyo. Él era el guía, además, el que sabía qué había que hacer en cada momento. Empezó a respirar en un ritmo pausado, mientras todos lo imitaban. El resto de la tropa no entendía nada. ¿Por qué Groch se detenía tanto y en tramos tan cortos, tramos que no llegaban ni a los 100 mts? Pronto lo entendieron: antes de haber transitado esa distancia, ya no podían respirar por la nariz. Necesitaron empezar a hacerlo por la boca porque les faltaba el aire, y la mochila les pesaba tanto como la aventura que estaban realizando.

Siguieron avanzando. En columna de a uno. Tenían que poner los pies en el mismo y preciso lugar en que los colocaba Groch. Él iba adelante. Él sabía dónde pisar, el lugar seguro, el suelo firme. Groch fue, durante toda la travesía, el seguro de vida de todos. Detrás de él iba Kirby, pocos metros después Lagos, el fotógrafo de la expedición, luego Schobinger, que en vez de piqueta, llevaba una pequeña pala. Con esa pala, debía escarbar para buscar los restos arqueológicos en la cumbre de El Toro. Cierra la marcha don Bernardo Rázquin. Llevaban alrededor de cuatro horas de marcha. La mochila, las piernas, todo les pesaba sobremanera, incluso la responsabilidad de llegar… Los pulmones hacían un esfuerzo sobrehumano por llenarse de aire. Por momentos respiraban con mucha dificultad. ¡Tenían miedo! Miedo a no poder llegar, a no poder cumplir con la misión, a fracasar. El avance era lento. Pocos pasos y… se detenían. Esperaban un tiempo, un momento para recuperarse. Tomar aire y… seguir. El cuerpo, inclinado por el cansancio, sobre la piqueta, y luego, aire… otra vez. Cada morro que superaban era un obstáculo menos que vencer, pero siempre les quedaba otro más.

En medio de la marcha, Groch logró encontrar un lugar donde hacer campamento. Tenían que descansar, era necesario para poder seguir. Aún el armado de las carpas les fue dificultoso. El viento, fuerte y  helado, por momentos no les permitía trabajar impidiéndoles el armado. Aunque costó, lo hicieron. Armaron el refugio y, por fin, pudieron enfundarse en las bolsa-cama de plumas para empezar una larga noche de vigilia. Pero nadie pudo dormir esa noche, tampoco comer, con una excepción: don Rázquin, salame y queso en mano, se  dispuso a cenar. Así pasaron la noche…

Al otro día, a las seis de la mañana todos estaban despiertos, trabajando. Derritieron hielo para hacerse un tecito de chachacoma para luego reiniciar la marcha. Uno de los integrantes llevaba sobre sus hombros un esqueleto como mochila sobre el cual se cargaría a la momia. Dos, tres, cuatro, cinco horas de marcha… Alentándose mutuamente, siguen avanzando en columna. Groch, siempre animoso, era el que los alentaba a cada momento. El era quien alentaba, pero, ¿quién lo alentaba a él? ¡Solamente nos falta un morro!, solía gritar cada tanto… Aunque las esperanzas se truncaban cuando, al llegar a un morro o peñasco, después se veía otro, y otro, y otro… era interminable… En esos momentos, el jefe de la expedición, don Schobinger,  tuvo la intensión de adelantarse para tratar de buscar un atajo que hiciese más rápida la llegada.

Y un grito, el más esperado de todos, resonó en esas cumbres. Un grito en la boca de Groch, siempre era un grito que portaba alguna novedad. El hombre, experimentado en altas cumbres, sólo hablaba cuando había algo importante que decir. Su voz sorprendió como nunca: ¡la momia! Entre el viento y la emoción se les hacía difícil mantenerse de pie. La cabeza del inca los desafiaba, estaba allí… Ellos la veían… ¡Era impresionante, indescriptible, único! Habían llegado… Se abrazaron… lloraron… enmudecieron… Groch, el más emocionado de todos, había triunfado… Había llevado a cinco personas a 6.300 mts de altura sobre el nivel del mar… ¡No es poca cosa!

Colocaron sobre uno de los expedicionarios un armazón de hierro en sus espaldas y cargaron al indígena incaico. Tuvieron que ayudarlo entre todos a incorporarse. Minutos después, emprendieron la marcha de regreso. Otra caminata difícil, pero con más fuerzas dadas por el hallazgo logrado, que les permitía sobreponerse con facilidad. El suelo que pisaban era resbaladizo, incluso, tramposo, engañoso. Pasaba el tiempo. Avanzaban lento, dificultosamente, pero avanzaban. Cuando llegaron a la mitad del recorrido entre la cumbre y el campamento de base, ya no les quedaba aire en los pulmones, y sus piernas estaban debilitadas. Rázquin se ofreció a llevar la momia. La noche ya estaba encima de ellos cuando a lo lejos, desde una loma, mucho más abajo, Groch, otra vez el iluminado Groch, indicaba el camino hacia las carpas –se veían en forma de pequeñas manchas– Era el campamento de base. Ya estaban como en casa. Por fin, el campamento.

El enterratorio más alto del mundo

Fueron once días de aventura. Este grupo de expedicionarios, había caminado las montañas sanjuaninas para recuperar para la ciencia el cadáver de un indígena incaico.
La expedición había salido de la ciudad de San Juan el domingo 16 de febrero (1964), para dirigirse a Malimán, luego hasta la mina El Fierro situada a unos 3.500 mts de altura sobre el nivel del mar. Todo el día lunes, la expedición había permanecido en la mina. El martes, a primera hora de la mañana, partían a mula para llegar, primero, al paraje de La Lagunita, siguiendo por la bajada del pingo (arbusto medicinal). Luego, quebrada Aspera, quebrada Honda y Cachiyuyal, donde acamparon para continuar el miércoles hasta el río del Valle del Cura, costeándolo hasta el río Las Taguas. Continuaron por ese río hasta La Ciénaga Colgada, donde volvieron a hacer campamento. El viaje se reanudó el jueves 20 por Las Taguas, río de La Sal y juntas del San Crispín, hasta establecer el campamento base cerca del arroyo Las Vicuñitas, a uno 3.500 mts de altura.

El enterratorio del cerro El Toro, ubicado a 6.400 mts de altura sobre el nivel del mar, es el más alto del mundo. Ni en el Perú, donde antaño se sepultaban a los grandes “apus incaicos” (*) sobre los cerros, se había registrado un caso igual. Tampoco superó en altitud el famoso enterratorio del cerro El Plomo en Chile, respecto de aquel del cerro El Toro. El hallazgo sanjuanino fue y será particular y significativo, no sólo para la arqueología, sino también para el estudio de las antiguas razas americanas.

Los entretelones del rescate

Algunas circunstancias que llamaron la atención, gravitaron alrededor del rescate de la momia de El Toro. Era vivido como contradictorio que, en medio de un acontecimiento único, se movieran por debajo pasiones mezquinas e intereses creados. Hombres importantes del mundo de las ciencias tuvieron que soportar ser objeto de todo tipo de sospechas.
El interés de distintas instituciones  chilenas en estas piezas arqueológicas hizo que los seis aventureros comprendieran la urgencia del rescate, para evitar que los trasandinos, que contaban en ese momento con alpinistas profesionales y baqueanos conocedores de esos caminos –además de un equipamiento completo y sofisticado y, por tanto, mayores posibilidades de éxito–, realizaran ellos el hallazgo y San Juan perdiera un verdadero tesoro de carácter científico e histórico. Aquella suposición, parecía confirmarse al constatar que la cumbre de El Toro era más accesible desde el lado chileno que argentino. Realidad que puso más tensión al viaje arqueológico.

En el momento en que se dio a conocer la primicia, inmediatamente, los integrantes de la expedición hicieron público el propósito de organizar una operación de rescate. Al día siguiente solicitaron la colaboración de Erico Groch, quien respondió afirmativamente, siempre y cuando se concretara el rescate entre el 17 y 24 de febrero por razones climáticas. El mismo día que concretaban con Groch, dirigentes del Club Andino Mercedario, hacían conocer su propósito de ser ellos quienes estuvieran a cargo de la tarea. Además, aparece en las crónicas un “recopilador de objetos viejos” –del que no se conoce nombre–, como un personaje que había empezado a bombardear con comentarios, en nombre de la Dirección de Cultura de la Provincia, sobre que el gobierno quería vender la momia a Mendoza. Mientras que el gobierno aseguraba que sólo quería regalárselas (a los mendocinos, claro).

El gobierno provincial ya había manifestado no disponer de partidas para iniciar el rescate. Mientras tanto, los manejos políticos, los intereses personales y los obstáculos se realizaban detrás del telón, el tiempo pasaba y estos seis jinetes se encontraban con la partida encima. En medio de este culebrón, estos seis tomaron la decisión de partir. Las crónicas del momento relatan que interrumpieron la siesta de un carpintero para hacer la caja que llevaría a la momia, consiguieron materiales térmicos, compraron alimentos y equipos fuera de horario de comercio y, finalmente, partieron rumbo a Malimán.

(*) Los apus, son dioses incas. Habitaban en las montañas y su misión consistía en procurarles a los hombres todo necesario para vivir en esta vida, y en la otra, desde alimento hasta abrigo. Además, los protegían de todos los peligros y angustias.

Qué había en la tumba

Conjuntamente con la momia, se encontraron diversos objetos. Un capacete, dos uncus o camiseta andina, una ojota, un poncho de vicuña de gran tamaño, un cordón de ceremonial constituido por cordones más pequeños de un largo aproximado de 2 mts. Uno de los dos uncus es de lana de vicuña y su decoración ofrece ornamentos tejidos de color azul y rojo. Este uncu, muestra señales de sangre en el cuello, en la parte que corresponde al lado izquierdo de la cabeza del cadáver.

También, se podía apreciar un desgarramiento que ponía al descubierto las vértebras del cuello, machas que se encontraron en la nariz, boca y pecho del cadáver, y tres dientes quebrados. Por otro lado, los ojos de la momia eran del tipo mongoloideo, y se hallaban entreabiertos, acentuando los rasgos fisonómicos del indígena. El cuerpo congelado mostraba un desarrollo más completo del lado derecho, posiblemente provocado por la acción de movimientos de fuerza –por ejemplo, el arrojar piedras con la honda–, que del lado izquierdo. El cráneo no presentaba signos de deformación alguna. En cuanto a la coloración de la piel, era más clara en los lugares que estuvieron expuestos a los agentes climáticos: la cara, el pecho y las rodillas.

Respecto de su vestimenta. El taparrabo triangular, estaba sujeto por cordones de lana tejidos en perfecto estado de conservación. Como decoración, tenía un festón color ocre intenso. Las diferentes piezas que lo acompañaban, no estaban colocadas como asiento del cadáver, sino rodeando el cuerpo y el hueco en que el indígena fue sepultado.

Los incas y la muerte

El misterio de la momia del cerro El Toro, encierra un misterio profundo aún sin develar: cómo murió el inca. Lo más aproximado a lo que pudo pasar respecto de su muerte tiene que ver con que el cadáver fue sepultado según el rito funerario de la tribu a la que pertenecía: los incas.
Al igual que las otras poblaciones de la región andina, los incas creían que la vida continuaba después de la muerte. Los muertos entraban a formar parte del misterioso mundo de los huacas, término que designaba genéricamente a todo aquello (amuletos, ídolos, santuarios) que guardaba conexión con un poder sobrenatural, con una fuerza oscura. Se debía suministrar a los muertos una morada confortable y un ajuar adecuado para afrontar la nueva vida que habrían de encontrar. Si no se sentían a gusto o se veían abandonados regresarían súbitamente, para arrastrar consigo el alma de algún pariente, que les hiciera un poco de compañía.

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