TRES PISOS CONSUMIDOS POR EL FUEGO

Incendio en la torre

Se tratan de los pisos cuarto, quinto y sexto del Edificio ubicado en Ignacio de la Roza y Jujuy donde funcionaba el Rectorado de la Universidad Nacional de San Juan. El viernes 06 de febrero de 2004, por la noche, fueron destruidos por un incendio que parecía imparable. Además del fuego devastador; las dudas, las hipótesis, la falta de infraestructura para controlarlo, y las consecuentes broncas populares, fueron los protagonistas. Por Michel Zeghaib.
viernes, 25 de mayo de 2012 · 23:46
El piso cuarto, quinto y sexto del rectorado, eran considerados como el centro neurálgico de la UNSJ por la cantidad de información y documentos que allí se registraban y guardaban. Fue un incendio que quedó sellado en la retina de los que protagonizaron el momento en que el fuego terrible y descontrolado dejaba en ruinas los tres últimos pisos del edificio donde funcionaban dependencias esenciales de la vida de la universidad. Las llamas consumieron completamente los últimos tres pisos, convirtiéndose en el incendio más grande de la historia reciente sanjuanina.

Las últimas personas que quedaban habían terminado su jornada de trabajo, retirándose del lugar alrededor de las 20 hs. En el edificio de al lado, en el Banco Hipotecario, quedaban algunos empleados, y también estaba su gerente, Alberto Basáñez. Ellos fueron los primeros en dar aviso a la policía de lo que estaba pasando. El olor a quemado y el humo que se podían sentir y ver eran tan fuertes y penetrantes que, de inmediato, les hizo suponer que algo muy grave estaba pasando. Fue cuando un policía que estaba haciendo su guardia habitual, se allegó hasta donde estaban para informarles que, efectivamente, había un incendio.

Una larga noche

Empezó esa noche de viernes una larga travesía que no dio tregua a nadie. Eran las 21 hs y el incendio en el edificio donde funcionaba el Rectorado era un hecho. Los bomberos llegaron de inmediato pero, lo inesperado, o mejor dicho, lo que nadie hubiera querido que pasara, sucedió: cuando pusieron la escalera mecánica de la autobomba, empezaron a tener inconvenientes con el agua. Más de 20 minutos estuvieron demorados justo en el momento que empezaban a estallar los vidrios y las inmensas llamas comenzaron a extenderse con total impunidad.

Las crónicas del momento relatan cómo la tensión crecía cada vez más, al mismo tiempo en que el lugar se llenaba de bomberos, patrulleros, vecinos de la zona y gente que pasaba por allí. En medio de un escenario tremendo, los chorros de agua ganaban terreno y el fuego parecía ser dominado. Pero las explosiones de vidrios, acrecentaban el poder de las llamas, con lo cual, todo volvió a descontrolarse cerca de las 23 hs. El fuego empezó a extenderse y ya no hubo forma de pararlo. A varias cuadras de distancia se veían las llamas. Decenas de camiones cisternas abastecían el agua, pero los bomberos, con una precaria infraestructura, no daban abasto y se veían a cada instante superado por la situación. De hecho, la altura era el peor enemigo que tenían, ya que no podían llegar tan alto, al mismo tiempo que el viento agitaba impunemente las llamaradas. Justo en ese instante, personal de Energía San Juan decidió cortar el suministro de energía eléctrica en una cámara subterránea.

Este era el panorama. El resplandor rojizo y amarillento de las llamas iluminaban una noche bastante oscura, bomberos subidos al techo del Banco Hipotecario, efectivos de la policía montados sobre el brazo mecánico de un camión municipal; explosiones, centelleos del crepitar del fuego, el reflejo del agua que luchaba por ganarle terreno a las llamas. La densa humareda rodeaba toda la zona y el estallido de los vidrios generaban un contante sobresalto a los que estaban mirando atónitos. Los directivos de la universidad miraban desconcertados, sin poder entender las consecuencias de lo que estaban viendo. Primero, el fuego atacó la parte administrativa quemándose archivos y documentación del personal, o sea la historia de la universidad. Luego, con el fuego en el quinto y sexto piso, la situación parecía impredecible y los daños incalculables. No se podía ingresar, los pasillos y los pisos del edificio eran un laberinto. Todo se hacía imprevisible. Si bien el Banco Hipotecario no corría peligro, lo que sí quedaba cada vez más claro fue que el Rectorado iba a quedar destruido por completo.

Mientras tanto, en las calles se empezaba a levantar una movida popular. Estaban quienes miraban conmovidos y también los clásicos curiosos que parecían presenciar las imágenes de una película de Stanley Kubrick. Los policías trataban de alejar a los que se apoltronaban, a la vez que éstos luchaban por ocupar un mejor lugar. También, decenas de periodistas se agolpaban tratando de hacer la cobertura de la noticia. Y tampoco faltaron las quejas populares cuando se empezó a notar con evidencia la demora de los bomberos en controlar la situación. Muchos empezaron a gritar y a insultar, incluso, uno que otro, a escupir. El cuadro se completó con la presencia del personal de la universidad, el intendente de la Capital y hasta el gobernador de la provincia, José Luis Gioja, que miraban el triste espectáculo del edificio cubierto en llamas. La gente permanecía imperturbable quedándose allí hasta la madrugada, mientras los bomberos corrían incansablemente, sin poder controlar las llamas.

El edificio por dentro

Cinco días después del incendio –el 11 de febrero–, caminar por el interior del edificio del Rectorado se parecía a caminar entre tumbas de escombros, muebles y papeles quemados. En los pisos cuarto, quinto y sexto no había más que esqueletos de metal y vidrios fundidos, un colchón de papeles quemados y restos de algunas esculturas y escudos que apenas permitieron deducir su origen. Las crónicas dieron cuenta del momento en que el rector Benjamín Kuchen, decidido a encontrar lo que había sido su despacho, se disponía a encontrarlo en medio de las cenizas.

Los pisos estaban cubiertos de cenizas y barro, mezclados con vidrio molido en sus escalones, y una atmósfera densa e irrespirable por el vaho que todavía desprendían los materiales quemados. En medio de este escenario apocalíptico, aparece el tercer piso, el que se salvó del fuego, pero no del agua. Las máquinas de escribir estaban mojadas, los altos de formularios, expedientes y recibos de sueldo humedecidos y ondulados. Las alfombras percudidas. Entonces se dispusieron, en grupos, a bajar lo que podía ser salvado: armarios, computadoras, en fin, lo que fuese, tanto de los pisos cuarto y quinto. Aunque todos allí sabían que el centro de la tormenta estaba en los pisos superiores.


Las hipótesis

Un trabajo de investigación realizado en diciembre del año 1997 determinó que alguien había pretendido encender una luz de aviso sobre una serie de irregularidades que el edificio del Rectorado padecía. El trabajo fue realizado por los ingenieros Ricardo Von Euw, Fernando Montes Graffigna y Jorge Alberto Orellano, para aprobar el curso de postgrado de especialización en Higiene y Seguridad en el Trabajo. El edificio estaba en pésimas condiciones de seguridad. Su punto más flojo era la prevención de incendios y la zona de mayor conflicto era el cuarto piso. Justamente, el mismo lugar donde se originó el siniestro la noche del viernes 06 de febrero. Los posibles daños que se postulaban en ese trabajo, coincidieron con los hechos: una propagación inmediata y voraz del fuego, cualquiera fuera la causa, alimentado por la falta de condiciones de prevención, protección y extinción de incendios que debía cumplir el establecimiento.

Las claves de ese trabajo fueron: un depósito improvisado de garrafas, sobrecarga eléctrica causada por fusibles recalentados, no había conexión a tierra ni protección diferencial, los tableros estaban puenteados, cocinas sin ventilación y con garrafas, los locales donde estaban instalados los tableros de electricidad de cada piso eran usados también como depósitos de materiales sumamente combustibles como papeles, diarios, artículos de limpieza, maderas y otros, siempre con mucho desorden, pisos divididos por tabiques de madera, detectores de incendio la mayoría desconectados, etc.

Sin embargo, la hipótesis más fuerte, más aún, la que quedó como principal, fue la de las pastillas de gamexane que una empleada habría encendido antes de retirarse del edificio. Es que esas pastillas, compuestas de azufre y un porcentaje de pólvora, ni bien se encienden, a los pocos segundos desatan un denso humo acompañado de chispazos que pudieron caer sobre papeles y materiales combustibles.

Finalmente, la carátula de la causa quedó como “Investigación por incendio”.

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