tinta rosa

Destino IBIZA - Gema Gamboa

El sueño de muchos, sobre todo cuando estamos aquí en San Juan, en pleno enero, con 40 grados, trabajando como negros. Pero un destino soñado, con el hombre soñado, puede terminar en un…
viernes, 16 de marzo de 2012 · 21:34
Pues bien, yo ahí estaba rumbo a Ibiza para reencontrarme con una vieja amiga.  El itinerario: Buenos Aires-Madrid, Madrid-Valencia y para abaratar costos, ferri  hasta la isla. Momento de la llegada, después de tanto vuelo, el ferri y la primera autopregunta, hasta el momento sin autorespuesta: ¿Quién carajo me mandó a abaratar costos? Llegué con un pedo cerebral y un mareo que culminó en una fusión entre el inodoro de mi amiga y yo. Pero ahí estaba, en Ibiza. ¡Seeeee! Que linda isla, que linda gente, los paisajes, las tiendas, los hombres, la fiesta…el Disney de los grandes, y yo dispuesta a que nada empañara mi viaje, y preparada para disfrutar de mis “yo” reprimidos.

Entre mates y charlas mi amiga me dice: “esta noche salimos a  divertirnos, así que preparate”. Yo pensé,  “si supieras lo preparada que estoy nena…”

Salimos nomás, un bar, otro, y otro,  y otro. En un momento me encontré con que un italiano estaba intentando, además de mantener el equilibrio, hablar conmigo, pero entre el italiano y el pedo que llevaba no le entendí un carajo, solo algo así como: “bambina, bambina, ragazza y más bambina”…¡que tano boludo! La noche seguía y llovían boludos del estilo del tano. Casi al final se me acercó un tipo, interesante, guapo, guapísimo, divertido lo justo, agradable…bah, un bombón y yo, esperando más de lo mismo, me encontré en una charla amena, distendida y linda. Está de más que les diga que me lucí, saque lo mejor de mí, dejé claro que soy una mujer seria, inteligente, natural, conservadora, agregándole, claro está, esa picardía argentina que los vuelve loquitos.

Cuestión que quedamos para volver a vernos y así lo hicimos. Era perfecto. Nada, hasta el momento, empañaba los momentos que compartíamos.

Hasta aquí todo marchaba muy bien, el tipo que seguramente pensaba que yo era una mezcla de Madre Teresa, madre de sus futuros hijos y con la mente más abierta que las piernas de la Pradón. Repito: “hasta aquí”.

Mi amiga y yo seguíamos disfrutando de nuestro reencuentro, y este bombón ahí, jugando a la conquista.

Faltando sólo dos días para volver a mi querido San Juan, mi amiga me dice que tiene que hacer trámites, que la acompañe. Lo hice y mientras ella se alejaba para hacer sus cosas yo caminé en sentido contrario y empecé a disfrutar de los escaparates. Vi uno particularmente raro, original, eran dos cristales muy grandes, como espejos enormes, con una puerta con sensor de estas que se abren en cuanto te parás en frente, haciendo sonar una chicharra como para que todos se enteren que entraste, bueno, ya estaba dentro. No sé cómo explicar la sensación, era algo así como estar en el paraíso. Señores: por primera vez en mi vida estaba dentro de un sex-shop… rodeada de pitos, pitos, pitos y más pitos, de todos los colores, tamaños, formas. Contemplando todo eso mi cara se iba deformando (asombro, ¿eh?, mucho asombro) sólo era lo que veían mis ojos por encima de mi hombro, ni les cuento cuando empecé a mirar a la altura de mis hombros, en los estantes (hay que tener mucha imaginación, se los advierto, jajaja). No sabía si disfrutar de la experiencia o salir disimuladamente sin que se den cuenta.

Opté por lo segundo, cosa que me salió como el culo porque en eso que me doy vuelta para salir, no sé cómo  ni con qué, toqué un aparatejo que de repente se puso frenético, empezó a vibrar y a moverse como loco y para colmo salía desde dentro una voz que decía “¡oh yeah!”. Como en cámara lenta veo que iba directo a estrellarse en el suelo, intente sujetarlo como pude, no paraba y con mis dos manos logré dominarlo casi a ras de suelo.

Lo primero que vi después del aparato biónico entre mis manos fueron una zapatillas un tanto familiares. A medida que subía la vista rezaba para que no fuera él, al pedo porque era él, el de las charlas, la Madre Teresa, la madre de sus futuros hijos y…. ¡la madre que me parió! Lo primero que hice fue comportarme como si comprar juguetes de este tipo fuera para mí normal, y lo segundo fue decir, canchera, “¡hola ¿qué tal?!”, a lo que respondió: “¿te puedo ayudar en algo? Trabajo aquí.” Yo, que no sabía dónde meterme  y con el aparato vibrando, chillando y moviéndose en mis manos todavía, agarré dos artículos más y le dije: “cobrame nomás.”

Le pague y salí de ese lugar, agradecida porque nunca más volvería a verlo.

Así recuerdo Ibiza, y a mi amiga cagándose de risa cada vez que miro el aparatejo, vibrador y chillón que disfracé de muñeca y que tengo en la mesa de luz, a los dos otros artículos, uno, unas bolas que hacen ruidito y que colgué de la ventana y otro, una argolla con plumas que quedó lindísima con flores a crochet que tejí, como centro de mesa.

Conclusión: si vas a ver a una amiga a Ibiza, entrá a un sex-shop y verás que podés redecorar tu casa.

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