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lunes 23 de marzo de 2026

VIEJOS SON LOS TRAPOS

“El Patrón” del Cuyo, el último guardián del linotipo, cuando imprimir un diario era una tarea artesanal

Hugo Olivera trabajó 48 años para Diario de Cuyo y se convirtió en el empleado con más antigüedad de la empresa. Su oficio cono linotipista dejó de existir pero el recuerdo y las anécdotas con “El Patrón” son inolvidables para los periodistas.
Por María Agostina Montaño

Hugo Olivera tenía 18 años cuando entró a trabajar a Diario de Cuyo. El joven, aún inexperto, aprendió de su hermano el oficio de linotipista, una vieja técnica de impresión que se inventó en 1885 e implicó toda una revolución en la publicación de periódicos y revistas. “Al principio uno entraba a aprender y no le pagaban, así estuve un año”, relata Hugo que hoy tiene casi 80 y se jubiló como uno de los trabajadores con más antigüedad de Diario de Cuyo. “El Patrón”, lo apodaban, y no hay periodista que haya pasado por el diario sanjuanino que no sepa quién es. Aún quienes no tuvieron la oportunidad de trabajar con él lo conocen.

A la izquierda Hugo Olivera, durante una de sus jornadas en Diario de Cuyo. 

“Cuando me jubilé me hicieron una fiesta, bueno la hice yo e invité a todo el diario”, recuerda “El Patrón”, con una claridad impresionante. “Hasta siempre, Patrón”, tituló Diario de Cuyo cuando Hugo tuvo que jubilarse. Sus últimos años los pasó en la recepción del medio de prensa pero atesora las épocas en las que imprimir un diario era una tarea artesanal y un oficio que no muchos conocían.

 

“El Patrón” era el mecánico que arreglaba las máquinas linotipo y uno de los pocos de la provincia que conocía a la perfección su funcionamiento, por eso era muy solicitado. Hoy, es el último linotipista de la provincia.

“Siempre que don Francisco Montes pasaba y me veía sentado afuera me decía: ‘Así te quiero ver’. Es que si yo estaba ahí es que las máquinas andaban y no se habían roto”, asegura.

En esa época, el diario estaba ubicado sobre calle Catamarca y la jornada laboral era algo impensado para un trabajador hoy.

“Había dos turnos, uno que entraba de 2 de la tarde hasta las 20 y el otro empezaba a las 20 y terminaba a las 2 de la mañana”, recuerda. Ese era para “El Patrón” el mejor momento del día, el momento de salir a tomar algo con sus compañeros, todos periodistas.

A pesar de no haber estado en la cocina de la noticia, “El Patrón” supo ganarse el cariño de todos los periodistas que pasaron por el medio.

Todos querían ir a donde iba yo a la noche, me acompañaban, por eso me decían el patrón.

Con la llegada de las máquinas offset el linotipo dejó de usarse y “El Patrón” cambió de oficio: se convirtió en fotomecánico. Para esa época llegó al diario un especialista de Mendoza que tenía como función enseñarles a los empleados a trabajar con las nuevas máquinas.

Un día, tras una semana de intensa labor, el mendocino le dijo a Hugo: “Mire Patrón, yo quería saber cuándo voy a poder ir a ver a mi familia porque ya hace una semana que no los veo”. “El Patrón”, apodo que se había ganado a mucha honra le respondió: “Mire, vaya mañana, no se haga problema”, y el trabajador se fue. La sorpresa se la llevó al regresar de Mendoza, cuando el jefe de personal le preguntó a quién le había pedido permiso para irse. “Se lo pedí al patrón”, respondió muy confundido. Hugo todavía se ríe de ese episodio.

El mecánico de linotipos vivió en carne propia el cambio de la impresión papel y recuerda cuando Diario de Cuyo imprimía unos 30 mil ejemplares diarios.

Hay dos cosas que “El Patrón” no ha abandonado con el correr de los años: su amor por el diario y su amistad con periodistas con los que aún al día de hoy se junta a comer todos los meses.  “Yo sigo leyendo el diario en papel, a mí me gusta el diario en papel”, sostiene. Además, guarda en una carpetita la nota que le hicieron de despedida, un diploma que le entregaron sus compañeros y la única foto que tiene de esa época. 

Ahora, jubilado, dice que "pasa un poquito más de tiempo en la casa" pero conserva el ritual de las peñas los viernes y un cafecito en el centro todos los días. A pesar de sus 80 años no se pierde ni un cumpleaños, ni una juntada, ni un festejo, ni una comidita en “El Súper” con los amigos de toda la vida.

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