Las pasiones de Edgardo, el gigante: un legado cultural para San Juan

sábado, 24 de agosto de 2019 · 14:52

Por Sebastián Saharrea

Tomé contacto con Edgardo Mendoza hace más de 20 años, cuando pensaba de qué manera aportar un plus a un programa de radio que preparábamos entonces.

No lo conocía personalmente, pensé que ese aire intelectual de bigote francés –pese a que se trataba de radio- podía aportar profundidad, también esa voz engolada con que contaba por la tele historias de todo el mundo con la precisión de un puñal y una fenomenal muñeca para captar la atención.

Me equivoqué. No porque esos atributos no estuvieran en él sino porque lo que me había empujado a convocarlo eran apenas esos aspectos de forma, y lo que realmente había en ese envase era un contenido inmenso y una calidad humana poco habitual. Así empezamos "Misión Imposible" todos los sábados de radio, inaugurando una franja horaria informativa con toques de profundidad, que el gran Edgardo se encargaba de aportar.

Sin formalismos extremos, apenas los de un profesor ante sus alumnos. Sin la distancia de la sabiduría ni las presunciones de la investidura. Así, coloquial y desestructurado, construyó su columna semanal con las historias locales, las sanjuaninas, salpimentadas por un humor ácido y un bagaje que se hace notar cuando se tiene adentro.

Pasamos por varias radios, siempre los sábados. Por Líder, Sarmiento, terminamos el ciclo por Colón con Daniel Tejada haciendo lo que hoy hacemos en Paren las Rotativas por Telesol. Hasta que llegaba la hora de Edgardo, de escuchar esas historias increíbles de todo pelaje: los próceres nuestros de cada día y su dimensión humana, siempre un abordaje sorpresivo y entretenido, los días patrios y su coletazo, las efemérides con su toque particular, hasta los chusmeríos del pueblo hace un siglo.

Recuerdo especialmente el ciclo en el que repasamos los nombres de todas las calles de San Juan, las increíbles razones por las que algunos perduran. Siempre con su toque: lo que podría calificar con el aburrimiento típico de las clases de historias, se transformaba en una atracción inevitable.

Me gustaba chicanearlo al aire, picharlo sorpresivamente para que respondiera del mismo modo y produjera el mismo efecto en la audiencia. Decía en broma cuando lo presentaba que, con su aspecto y con su voz, casi que ni importaba que lo que dijera fuera cierto. Se reía con ganas, sabíamos todos que se trataba de una ocurrencia que ni había que aclarar.

En algún lado estarán esas cintas. Alguien podrá rescatarlas alguna vez para devolver a la cultura de San Juan tanto conocimiento de lo que somos y lo que fuimos. El espíritu con el que fue montado aquella columna: la certeza de que el periodismo es el primer paso de la historia, sólo es cuestión de cuánto tiempo haya pasado.

En aquellas tertulias se animaba hasta a contar su propia vida, los rincones que mantenía escondidos porque no le gustaba hablar de su propia historia, excepto las que aportaban un anecdotario pintoresco. Como aquella vez que, urgido por las necesidad del exilio difícil y las billeteras flacas, se empleó como juez de línea nada menos que en Roland Garros y llegó hasta a cantarle mala una pelota a Bjorn Borg.

Había llegado hasta allí para completar sus estudios y escapando de la dictadura argentina en la década del '70, que lo tenía apuntado en San Juan como un presunto elemento sospechoso. Pero siempre le escapaba a contar detalles de aquella pesadilla, la de tener que dejar su tierra, su familia, sus amigos. No era su estilo rememorar las viejas luchas, aunque en cada palabra mostraba que le dejaron un resabio en el temple, el carácter de no rendirse, mantener siempre el buen humor pese a las peores circunstancias.

Tanto era que pasaba los capítulos de su propia historia sin huellas visibles que se enroló junto a un capitán del ejército en el RIM para desentrañar su mejor aporte a la cultura local. Ocurrió cuando escribió con el entonces mayor Claudio Monachessi el libro Cruce de los Andes, que significó un verdadero espaldarazo a la historia sanjuanina.

Es que ese libre reunió documentación y fotografías satelitales que por primera vez establecieron nada menos que San Martín cruzó Los Andes por territorio sanjuanino. Una de las más emblemáticas epopeyas militares de la historia contemporánea de la humanidad ocurrida en territorio provincial, pese a la abundante percusión en contrario de los libros de historia. Un rescate en formato de hallazgo que alguna vez, más rápido o más temprano, la memoria provincial deberá reconocer a Edgardo Mendoza.

Tuve el gusto de viajar con él en uno de esos viajes hacia el cruce. Verdaderas expediciones con el fin de reivindicar en público y en voz alta aquel hallazgo. Fue mi primera y única vez, para Edgardo hubo 6 capítulos más, pese a su edad y a que en las últimas travesías a lomo de mula ya se le había declarado esa maldita enfermedad que se lo terminó llevando.

Comprobé allí su pasión por los datos históricos y su relevancia sobre la actualidad, el punto exacto donde la historia y el periodismo se dan la mano. Su obsesión con la historia del comandante Cabot, líder de la columna Norte en aquella epopeya, las patricias sanjuaninas que recolectaron fondos, el batallón de negros presos en San Juan que fueron carne de cañón en aquel cruce y su inmediata batalla de Chacabuco. Su comprensión al fenómeno de Sarmiento, a quien defendió a capa y espada justamente por ponerse en contexto y deshacerse de ataduras ideológicas fuera de tiempo.

Su última quijotada fue escribir un libro con la historia del barón de Bougaiville, cuyo nombre no dice nada a nadie pero podría tratarse de una valiosísima pieza en el rompecabezas nacional para fortalecer los reclamos por Malvinas.

Aprovechando sus contacto en las universidades francesas como La Sorbonne, se zambulló en la historia de este expedicionario que tuvo protagonismo en la guerra de los 7 años contra Inglaterra en Canadá y que colonizó luego las Malouines (es decir las Malvinas, que deben su nombre a sus colonos iniciales de St Maló), en nombre del rey Luis XVI. Quien, al capitular Napoleón entregó todas sus posesiones a los reyes españoles. Por consiguiente, si eran de la corona española, debieron pasar a Argentina con la declaración de independencia.

Me pidió que corrigiera los primeros 10 capítulos, la mitad del libro. Lo hice con la voracidad de los que leen historias increíbles. Desconozco si pudo terminar su obra, en medio de los pesares de salud. Si no alcanzó, tarea para la casa que deberemos resumir con la gente que sepa, nada para avanzar en este momento.

Perdón por escribir estas líneas en primera persona, siempre sobrevuela el riesgo de la autorreferencia. Pero tal vez haya sido la mejor manera de contar mi parte de la historia personal de este gigante. Y las ganas de despedirme con un fuerte abrazo.

 

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