60° aniversario del fallecimiento

Buenaventura Luna: semblanza del poeta

Recopilación del libro “Buenaventura Luna su vida y su canto”, de Hebe de Gargiulo, Elsa de Yanzi y Alda de Vera.
miércoles, 29 de julio de 2015 · 10:23

 

Alto, severo, de oscura tez curtida por los soles, con mirada profunda e inquisidora, tenía la sonrisa triste de los criollos que viven de interioridad "la tristeza –decía- es un principio, un estado de salud acaso, mientras que la amargura es escasamente un resultado. Triste y hermosa debió ser la tierra del remoto tiempo bíblico. Entonces el hombre vivía triste de sentirse fuerte y solo; ignorante y feliz frente al planeta… próximo o lejano. Ahora el hombre es amargo por que la amargura es un producto social, un resultado de la desilusión del individuo con respecto a la condición humana. La amargura implica la experiencia del semejante y es, por eso, de naturaleza urbana. Amargo no es ni puede ser el campesino en soledad”

Su voz es grave y cascada "como si le doliera quebrar el silencio” acentuaba la marcada tonada huaqueña. Para en el decir aseguraba que "las cosas bellas se dicen en pocas frases” y otras veces "tontera es hablar sin decir nada.

Caminaba al desgaire; como diría Toscano Larreta con "andar de peatón indeciso como el de un jinete "boliau” que busca y no encuentra su parejero”

Tenía una memoria de baquiano que nada olvida, un varonil concepto de la amistad ("los hermanos los da Dios y los amigos los elige uno”) y una intransferible ternura por su madre. Por ella y por las hondas raíces aquerenciadas en su pago debió serle muy duro el alejamiento de San Juan. Su salud se quebraba. Los años de Buenos Aires fueron una permanente nostalgia y un no callado deseo de retornar.

"a la paz de los aleros

Al oro de los trigales

Cuando prolonga la tarde

Su agonía entre las lomas”

 

Murió el 29 de Julio, parecía que en Huaco se había puesto el sol. Un año más tarde con la austera solemnidad de los hechos trascendentes, sus restos fueron llevados al Huaco de sus amores. Si alguna vez la tradición de Jáchal, se mostro viva y presente fue en esa oportunidad. Corría un viento zonda de esos que oscurecen el horizonte y lastiman hasta las piedras. Hubo todas las ceremonias que la religión cristiana prescribe; pero además estuvo la presencia del ayer que no muere. Al llegar el féretro a Pampa del Chañar se produjo el encuentro entre los arrieros pobres y los arrieros ricos, una antigua y emotiva tradición de la zona que los reúne con canciones al pie de un algarrobo. La comitiva se desplazaba sin prisa, cuando entraron en la quebrada de Huaco, era precisamente la hora que un año atrás Dojorti callara su canto. Y por esas cosas que nunca entenderemos y en las que se cruzan los misterios, al conjuro de su presencia frente al valle ceso el viento y reino la serenidad. Allí mismo los huaqueños reemplazaron a quienes lo portaban pues se sentían los verdaderos dolientes. Formaban el cortejo arrieros de a pie, en mula y a caballo. Uno de ellos respetuosamente se acerco y pidió permiso para cantar una tonada. Retrocedió para integrarse a su grupo y con voz viril y quejumbrosa entonaron "nunca diga el peón tropero…”

Todos los demás golpeaban rítmicamente sus guardamontes con la azotera, como si doblaran campanas sordas. En tanto a los que escuchábamos nos recorría un frio desde adentro mientras nos invadía la evanescente sensación de estar viviendo fuera del tiempo. Al llegar al viejo cementerio pueblerino, esperaban cuatro ancianas enlutadas de pie a cabeza para rezar en el momento de ponerlo en la tumba.

"Acaso sierren mis ojos

Las piadosas manos magras

De alguna vieja huaqueña

De negro rebozo pobre

Y antiguo credo cristiano”

El sepulcro fue emplazado al pie de un añoso algarrobo, y señalado con una rustica guitarra tallada a mano. A la cabecera esta el símbolo de los cristianos, hecho también de algarrobo y atado con tientos de cuero. Hasta allí llega el alma del pueblo cada vez que la acosa el sentimiento y rinde el homenaje del canto y la guitarra para su pedido.

 

"Que no pare el guitarrero

Que no se calle el cantor

Que naides junto a un fogón

Lamente mi oscura suerte

Que al fin y al cabo en la muerte

Descansa mi corazón”

 

 

Recopilación del libro "Buenaventura Luna su vida y su canto”, de Hebe de Gargiulo, Elsa de Yanzi y Alda de Vera.

 

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