Por Viviana Pastor
Cesar Pujado, la memoria de Castaño Viejo
Para César ésta no es una mina cualquiera, allí formó su familia y nacieron dos de sus cuatro hijos. Allí vivió durante 9 años y fue el trabajo que le permitió ahorrar para comprarse la casa donde vive hoy, en el barrio Campodónico.
“Hacían todo para que la gente estuviera conforme. Había canchas de tenis, de fútbol, de básquet, de bochas. Había un salón grande donde teníamos cine los fines de semana. Era un barrio grande. Teníamos sala de primeros auxilios, dentista, y hasta una proveeduría que nos vendía vino pero limitado, sólo uno o dos litros por fin de semana. La comida durante las horas de trabajo estaban a cargo del trabajador, uno llevaba su vianda o bien podría comprar en el comedor”, cuenta César.
La gran comunidad minera vivía sin complicaciones y sin sentir el aislamiento a casi 2.000 metros de altura y lejos de toda zona urbana, pero rodeados de la belleza del bucólico paisaje calingastino. En 1960, César se casó con Margarita Castro, y la primera hija del matrimonio nació en la Ciudad, es que como buena primeriza Margarita quiso asegurarse que todo andaría bien. La segunda nació allá, en la mina, igual que el tercero.
Pujado asegura que tenían mucha seguridad y que en los 9 años de vida de la mina sólo murieron 4 personas. A una semana de cerrar la explotación, se desmoronó una parte de la mina y mató a 3 obreros que fallecieron en el acto. Antes de ese accidente murió un joven, hijo de uno de los capataces de la mina, cuando iba bajando en la jaula y sacó la cabeza para atrás y se golpeó y perdió la vida.
“En la mina había extractores y no entraban los camiones como entran ahora, si había seguridad, sólo había que tener cuidado”, dice César.
La producción
La explotación de Castaño Viejo duró 9 años y dejó de producir en 1964. Según lo que recuerda el ex minero, les dijeron entonces que había accionistas de acá y la mayor parte de lacompañía de Estados Unidos. “Los de acá no querían vender sus acciones, entonces decidieron que no les convenía seguir porque la veta mineral se alejaba cada vez más y ya estábamos a 400 metros de profundidad”, cuenta César.
En la mina subterránea había un pique principal y cada 50 metros había un desnivel, seguía la veta que bajaba inclinada. Las rocas con mineral se cargaban en los carros que llegaban a la planta. También había una jaula-ascensor para el personal.
César se ocupaba de todo el mantenimiento eléctrico, oficio que había aprendido siendo un adolescente. “Me ocupaba de la usina, que generaba con fueloil, se trabajaba en dos turnos”, recuerda.
La planta de tratamiento se limitaba a moler la roca hasta casi convertirla en polvo. Había una trituradora y molinos para moler las rocas que quedaban como harina y después se separaba los minerales con agua en celdas de flotación que tenían unos 30 metros de largo, allí se agregaban reactivos que separaban los metales.. Para cada mineral se usaba un reactivo distinto, primero se trataba el zinc, luego el plomo y después el cobre. Después se le extraía el agua y quedaba el mineral en polvo que se sacaba de la provincia a granel, unas 200 toneladas por día.
“Según nos decían a nosotros, el zinciba directamente a Japón y a otros lugares; el plomo iba a hornos de fundición en Puerto Vilelas, en Chaco. Y el cobre lo llevaban a una planta de procesamiento en Buenos Aires.Con el plomo salía la plata y creo que eso era lo más valioso, hacían en Chaco una colada cada 3 meses”, cuenta Pujado.
Los residuos de agua y químicos se volcaban en un dique casi natural. Un día se rompió una de las paredes del dique y escapó parte de esas colas que bajaron con furia la montaña y casi arrasan con un camión con trabajadores. Según César, los residuos no llegaron al río Castaño.
Los camioneros subcontratistas llevaban el mineral hasta Albardón y desde ahí salía en ferrocarril al destino final. “Se ganaba muy bien. Nos avisaron dos años antes que la mina dejaría de producir porque no era rentable y para la fecha que nos había dicho la mina dejó de producir”, recuerda.
Quedaron las construcciones y un par de compañeros cuidando lo que quedaba, pero la empresa vendió toda la maquinaria “muy barato”.
De una a otra mina
Cuando cerró Castaño Viejo, en 1964,Pujado se vino a la Ciudad y entró a trabajar a Loma Negra, cuando era propiedad de la familia Fortabat, siempre en la parte eléctrica, oficio que había aprendido en el ’47 en plena reconstrucción de San Juan, post terremoto. En el mismo año lo llamaron para que trabajara en la fundición de Chaco, en Loma Negra ganaba 14.000 pesos y allá le ofrecieron 60.000 pesos y le daban casa. “Ahí nomas me fui con la familia, allá me conocían del Castaño. Trabajé en Chaco un poco más de un año y me llamaron de Loma Negra, me dijeron que me pagaban lo mismo que allá y me vine a San Juan. Era muy bueno trabajar en Loma Negra, ahí me jubilé”, contó César.
“¿Mujeres en la mina subterránea? No se podía, pero entraban igual las mujeres, sobre todo durante algunas visitas especiales, pero nadie hacía mucho problema por eso”.