Por Ernestina Muñoz
Canal 13 San Juan
El perseguidor de las Harley
“Harley es una marca que nació sin marketing. Los hermanos Davidson empezaron con el sueño de la moto y la armaban en el fondo de la casa. Era la época de los inventos”, cuenta Carlos Ludueña desde el patio de su casa, y pareciera que cuenta un poco su vida. El nació sin ventajas económicas, pero con mucho esfuerzo y tesón logró cumplir con su objetivo. “La primera conexión fue cuando vi una revista, y dentro un museo, y ahí una moto. ¡Fue una cosa!”, comenta y le brillan los ojos, bajo la gorra de visera. “Mi sueño, eso que yo quería empezó a nacer aquí (se señala el pecho). Yo trabajaba y no daba para ese gasto porque tenía que aportar una moneda en mi casa. Mi padre era alcohólico. Pero cuando uno tiene la esperanza, esa idea de la felicidad, nunca va a suceder lo contrario. Está dentro de uno. No era un hobby que vino, ya estaba dentro de uno. Ahora me doy cuenta. Es ese volver a juntarse con algo que estaba dentro para evolucionar”, afirmó. Eran los fantásticos años 70. “Acá estaban el Bazuca, Platero, el Freddy, los Barros, los bolivianos, la Betty: eran los motoqueros de la época. Yo tenía 14 años y no era una persona vaga. Pensaba `con esfuerzo, puedo llegar a tener una’. Y la vida me dio 5 motos”. De fondo, lo observa cómplice su esposa Rosa, que plancha con un gesto de reproche cariñoso. Le recuerda que hubo momentos difíciles donde las necesidades apretaban y los recursos eran pocos. “¡Es que es un hobby caro!”, dice la mujer.
“Eso sí, cuando ellos estudiaban se me hacía difícil porque había prioridades. Primero la facultad de los 4 hijos, la comida, después le echaba unos mangos a la pintura, al cromado, a lo que podíamos traer”, aclara Carlos. Rosa agrega que le costó lidiar con ese otro amor de su esposo. “Primero había celos, después problemas”, dice mientras su marido menea la cabeza, resignado. “Pero al cabo de 30 años, ya lo hemos aceptado, qué va a hacer”, dice la mujer, amorosa. “Pero yo no soy un loco de la Harley. Hubo una que tuve que vender y no me dolió.
Después de arreglarla tuve que dejarla ir porque acá había cosas que terminar. Y quedó en la retina la obra terminada. Cumplió su ciclo y después fue una utilidad para mí que volvió como retribución. Es una libertad inexplicable”, asegura “el” mecánico de las Harley. “Las motos son complicadas. Cuando las cosas nos absorben, se pierde la paz con uno mismo y no se está en funcionamiento con la vida. Mi historia de vida ha ido ganando en protagonismo. Salimos de enfermedades graves, de operaciones. Todo va dando contenido con un aprendizaje de vida”, asegura.
Para adquirir las motos, tuvo que agudizar el olfato. “Antes no le decían a uno que había repuestos. Se pensaba que como eran viejas había que tirarlas. Yo las aguantaba. Uno con la experiencia se sensibiliza para conocer las soluciones”, revela. “Después me di cuenta cuando venían los porteños o cordobeses a los rallyes y me tiraban alguna puntita. Yo anotaba. Me decían de una casa en EEUU. Yo llamaba. Eran las épocas del fax (internet ni hablar). Y en el inglés indio que uno manejaba me daba a entender. Conseguí un catálogo y así fui armando el sistema de información. Conseguí donde comprar partes y repuestos. Ahora por internet uno entra y compra, pone el dólar, la tarjeta y después va a la aduana, paga el 50% más el shipping and handing (envío) y retira. Si vale 15 dólares, la paga en total en 40. Es mucho más fácil”.
Actualmente conserva una moto de 750 cc y otras 4 de 1200. Una de ellas data de 1922. “Está impecable casi con 100 años. Ahora las motos son descartables. En cambio las Harley eran confiables, nobles. No eran mecánicamente eficientes, pero en estética eran superiores. Y el ruido, ¡no te explico! Fue lo último que patentaron”, cuenta. Ludueña cree que en toda la provincia, además de las suyas, habrán sobrevivido unas 5 Harley más. “Si me muero, puedo pensar que cada chico va a tener una a su nombre. Lo tendrán como recuerdo de la vida y premio a su esfuerzo”, dice y se delata. Más que a los bichos mecánicos de su taller, atesora a sus 4 hijos y a su nieta. Chintia a los 15 aprendió a manejar y ya se paseó en un rally.
Constanza, kinesióloga, también sabe domar una Davidson. Diego, que estudia saxofón y trabaja en las mineras. Y Mara, que estudia Diseño y es la responsable de la indumentaria familiar. A todos les enseñó a manejar la complejidad de estas motos con embrague en el pie, acelerador en el otro. Cambios en la mano. Freno con el pie y la mano. Encendido manejado desde el manubrio. ¿Imagina a alguno llevando el negocio? “Están todos encaminados, emprendiendo sus tareas de compromiso en la vida. Pero claro que los imagino llevando este negocio. Les enseñamos a manejarse con los logros propios. Yo de 7.30 a 11.30 estoy en mi trabajo, nada de ñoquis ni lobby raro. El destino que nos ubica en donde necesitamos estar. Cuando cayeron, con la madre los hemos levantado. Es como cuando un motor viene hecho pelota de la calle y los reacondicionamos para seguir” afirma con toda asertividad.
Al momento de la foto, Carlos cambió sin problemas su buzo y gorra de visera por toda la estética motera. Lo mismo que su familia, que lo acompaña gustosa con las casacas diseñadas por Mara, la hija más chica. Celeste, la nieta, también sube a buscar su indumentaria. A la única a la que hay que insistirle es a Rosa. Él es feliz.
Un taller museo
Al fondo de su domicilio, perfectamente ordenado, limpio, amado. Así se ve el lugar donde trabaja el lutier de Harleys. “¿Capta la energía de acá? Brilla porque a nadie se le debe un centavo. Bajo cubiertas plásticas, duermen las motos. En las columnas hay fotos de Papo. Un joven Roberto Napolitano con cara visiblemente asombrada, en una de las motos de Ludueña. Más allá está la bandera de La Renga, que les regaló Chizo, un habitué. Jaf es otro de los famosos que simpatizó con el taller de Carlos.