Por Viviana Pastor
En taller está en el fondo de su casa. Es su santuario. Allí, Manuel López Lillo -Pez Lillo- realiza sus originales creaciones en fotocerámica, una técnica que lo atrapó y lo llevó a perfeccionarse a Buenos Aires.
Fotocerámicas, entre el arte y los ingresos
Manuel López Lillo crea sus propias obras de arte que después comercializa en ferias de diseño y por las redes sociales. Imprime fotografías propias y ajenas en sus cerámicos, creando obras únicas. Por Viviana Pastor.
La cerámica lo sedujo en la escuela secundaria, cuando en el Central Universitario realizaba trabajos en ese material. Y en la facultad terminó imponiéndose. “Ahí me copé, me compré el horno, la prensa para hacer placas y empecé a hacer utilitarios, que era lo que más salía, matecitos, tacitas, que no era lo que más me apasionaba hacer, pero era lo que me daba una moneda”, admitió Pez Lillo.
Empezó a vender en el 2009, en una feria de artesanías, y ahí fue el boom, vendió muchísimo.
Hace algunos días hizo un curso de 3 meses en La Plata con Graciela Olio, artista experta en fotocerámica, en la facultad de Bellas Artes de esa ciudad. “Mis viejos me bancaron esos 3 meses y fue genial, estoy con muchas ganas de laburar”, contó Manuel. Allá también hizo una clínica de obra cerámica y calco vitrificable.
“El Facebook y el boca en boca es lo que más me permite vender hoy”, dijo Manuel. Pero la meta es tener su propio local donde vender su obra, donde pueda ofrecer y vivir de su arte.
Además, el ceramista ha participado con un proyecto en el concurso de la Legislatura “30 años, 30 historias”, lanzado para la conmemoración de los 30 años de democracia.
Mientras tanto sigue estudiando para obtener su título de licenciado, y piensa dar cursos en San Juan de todo lo que aprendió en Buenos Aires.
¿Qué es?
La fotocerámica es el proceso fotográfico aplicado a la cerámica. Las primeras pruebas de Lafon de Camarsac datan de 1851, su novedad fue la inclusión en la capa sensible, después eliminada por el fuego, de colores cerámicos que formaban una imagen vitrificada permanente. El procedimiento fue comercializado por 1856 para joyería, para relojería, y en retratos, lo que reemplazó la “pintura sobre esmalte”, que eran verdaderas obras de arte. Aquí también comenzó el uso funerario de fijar la imagen de personas muertas “para siempre”.
(Fuente: www.gracielaolio.com.ar)
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