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martes 28 de abril de 2026

La esperanza puede más

La familia del aguante

Facundo Cerdera es un bebé que está internado en el Sanatorio Argentino hace un mes. El pequeño fue operado de un tumor en el cerebro y desde ese día sus padres no se mueven de la clínica. En la vereda de enfrente comen, rezan y hasta duermen. Por Natalia Caballero.
Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Natalia Caballero

Desde hace un mes, Érica Zárate y su marido Sergio Cerdera viven enfrente del Sanatorio Argentino. Ambos son padres de Facu, un pequeño de un año y once meses que lleva batallando un mes contra un tumor en el cerebro que ya le fue extirpado. Sus papis no se han movido de la clínica ni para bañarse y dicen que se van a ir recién cuando su hijo supere el cuadro que lo afectó durante su primer añito. La vereda de enfrente de la clínica se ha convertido en su casa, allí comen, leen y llevan su vida como pueden.

Aunque la familia reside en Capital, Érica está instalada en la vereda de enfrente del Sanatorio desde el 28 de noviembre. No se movió de allí ni siquiera para asearse lo que hace en las instalaciones hospitalarias que le prestan. “Yo no me voy hasta que Facu no se venga conmigo”, dice la señora que vela por su único hijo.

Haga calor, llueva o truene los Cerdera-Zárate están en la vereda, amparados medianamente del sol por las moras que hay en el lugar. Una especie de mesa de camping con reposeras y banquitos les sirve para almorzar, cenar y hasta para leer reflexiones que los ayudan a salir adelante.

Una camioneta de pequeño tamaño es su hogar actual, allí hay de todo: desde vasos hasta colchas. Los asientos reclinables del vehículo han sido sus camas desde hace 30 días. Y para sobrellevar el calor abrasador por las noches prenden el aire acondicionado de la Peugeot Partner. Hasta la Navidad la pasaron en la puerta del hospital, ellos dos solitos a la espera de que su pequeño Facundo pueda salir adelante.

Todos los días vienen familiares a verlos, les ceban mate y les tratan de dar tranquilidad. Sus padres han sido la gran contención de Érica y Sergio. Ellos les llevan la comida que almuerzan y cenan cotidianamente los Cerdera, que como tenían un dinero ahorrado han podido hacerle frente al mes de internación sin tener que trabajar.

Ella y su marido se turnan para que Facu esté siempre acompañado. Mientras charla, le suena el celular. Es su esposo quien le comunica que es su turno para subir y estar con el niño. “Me tengo que ir, mi hijo me necesita”, dice.

Cuando Facu nació, todo parecía normal. Pero a medida que fue pasando el tiempo, su mamá se empezó a preocupar porque el niño lloraba de manera desmedida. Otra de las cosas que le llamó la atención fue la falta de apetito que tenía el pequeño.

La mamá le consultó a la pediatra de cabecera de Facu en varias oportunidades por qué lloraba tanto el niño y la doctora siempre le contestaba lo mismo: “Es maña”. “Ya me empecé a asustar, al año y tres meses de Facu cambié de médico de cabecera porque el bebé empezó a bajar de peso”, contó Erica. La otra doctora que lo atendió diagnosticó a Facu, le dijo a Erica que su hijo tenía un retraso madurativo y que lo llevara a un instituto de rehabilitación y estimulación.  Cada vez que el pequeño iba, lloraba con mayor vehemencia y en el lugar le dijeron nuevamente que era muy mañoso.

Fueron casi 60 médicos los que visitaron los padres de Facu en busca de respuestas. En los consultorios no encontraron nunca un diagnóstico certero. Autismo, retrasos mentales, mañas, problemas glandulares fueron algunos de los erróneos diagnósticos que escucharon.

El 3 de octubre llegaron a una reconocida clínica sanjuanina en busca de ayuda porque Facu tenía bronco-espasmo. Al llegar al sanatorio, los profesionales cuestionaron mucho a Erica porque el chiquito estaba desnutrido. “Yo les expliqué a los médicos que no sabía qué hacer, que había ido de médico en médico y sin diagnóstico ante su falta de apetito. Fue allí donde conocí al doctor Luna, él fue quien me dijo que notaba algo distinto en Facu”, relató la mujer.
Luego de una serie de estudios indicados, finalmente el 28 de noviembre los padres se enteraron de que su pequeño tenía un tumor en el cerebro de 4 centímetros, ubicado en la nuca, uno de los lugares más difíciles de operar. “Fue el peor día de mi vida, me dijeron que tenía un tumor de los más malos que puede haber y ubicado en el peor lugar de todos”, dijo Erica con lágrimas en los ojos. Ese momento la marcó de por vida, sintió un vacío en el pecho que le partía el alma y por sólo un momento perdió las esperanzas.

Con todos los pronósticos en contra, Facu entró al quirófano dos días después. Le dijeron que había escasas posibilidades de que salga con vida, que si sobrevivía iba a quedar sin movimiento o con discapacidades de por vida. Pero no todas fueron pálidas porque tras nueve horas de operación, Facundo salió y a los minutos movió sus cuatro extremidades.

Una vez fuera del quirófano, los médicos les informaron a los padres que habían podido sacar el 80% del tumor y que había que operarlo nuevamente. Pero al hacerle una resonancia magnética descubrieron que solo tenía un 2% del tumor. Ni siquiera los médicos se explican qué pudo haber pasado, algunos piensan que es un milagro.
Cada vez que Erica habla de su pequeño, sus ojos se iluminan. Lo describe como un niño muy inteligente, bueno y simpático.  A todas estas virtudes se le suma una más: su condición de luchador nato. No en vano todos lo conocen a Facu como un gladiador de la vida y a sus papis, como la familia del aguante.
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