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miércoles 6 de mayo de 2026

historias

¡Gracias por el café!

Miguel Bustos, Mario Arévalo y Nelson Landa son tres cafeteros que trabajan en las calles sanjuaninas. Su rutina comienza cuando la mayoría duerme. Llueva o truene, ellos están ahí. Tiempo de San Juan compartió una jornada con estos laburantes que se animaron a contar la cruda realidad con la que conviven día a día. Por Natalia Caballero.
Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Natalia Caballero

Con las piernas al límite
Todos los conocen como Pico, pero se llama Miguel Bustos. Una mesa de plástico le sirve de mostrador para poner los vasitos térmicos en donde sirve el café, las tortitas y todas las exquisiteces que prepara para sorprender a los clientes que pasan por su puesto, ubicado en la misma vereda del Hospital de Niños.
Cuando las agujas del reloj marcan la una, Pico se levanta y pone sus teteras gigantes a calentar para preparar el café y el té. Una vez preparados los termos, se dirige a la panadería La Porteña para buscar las raspaditas. El hombre de 54 años repite este circuito de lunes a sábado desde hace 19 años.
“Un café y una semita bien calentita”, le dice a Pico una clienta que espera ansiosa su pedido antes de entrar a trabajar. La mujer cuenta que desde hace una década le compra a Miguel ya que es el único cafetero que está desde tan temprano trabajando en la zona.
Una de las cualidades que hace al puesto de Bustos tan especial es el brasero que tiene al lado del mostrador. Los clientes se paran al lado de las brasitas hasta recibir su café. Mientras prepara el fuego que le da vida al calor, las llamas naranjas alumbran la cara de Miguel y la verdad que no quedan dudas: Pico es un laburante, de esos que salen aunque llueva o truene a ponerle el hombro al país sea como sea. La sequedad de su piel y las marcadas arrugadas de su rostro son testigos del sacrificio cotidiano que hace este hombre para llevar el sustento a su familia. “Hay días en los que siento que no me dan más las piernas, pero no me puedo dar el lujo de parar porque hay personas que dependen de mí  para comer”, contó Pico.
Antes de ser cafetero, Bustos era vendedor ambulante. Confiesa que siempre le gustó la calle y que tuvo poca instrucción escolar. Sus aspiraciones personales pronto quedaron enterradas ya que a muy corta edad fue padre y para mantener al bebé no había otra opción que salir a trabajar.
Quizás porque él también pasó necesidades y aunque la situación económica que atraviesa no es de las mejores, a los chicos que no pueden pagar y se lo piden les regala un café y una tortita.
Alma de bonachón y siempre con una sonrisa dibujada en su rostro, Pico dice que seguirá en su puesto hasta que no dé más porque laburante se nace y él nació para ganarse el pan en la calle día a día.

El barman de los termos
Confiesa que siempre le gustó trabajar en forma independiente y como nunca tuvo la posibilidad de ponerse un negocio propio, primero fue vendedor ambulante y luego, cuando las inspecciones constantes le cortaron el rollo, decidió vender café. Se trata de Mario Arévalo, el cafetero de los taxistas.
Termos de todos colores se ubican arquitectónicamente en un canasto que lleva colocado en la parte trasera de su bicicleta. A las 5 en punto sale desde su casa, ubicada en Santa Lucía, a ganarse la vida. Café, cappuccino, té y leche son las bebidas calientes que el hombre le ofrece a sus clientes, quienes degustan las infusiones con deliciosas semitas caseras preparadas por él mismo.
Mario se instala enfrente del Carrefour, en General Acha y Libertador, de lunes a sábado. Con una gorrita de lana y unos guantes sin dedos, el cafetero les sirve a sus clientes el pedido con una agilidad que sorprende. Parece que tuviera más de dos manos porque atiende a muchas personas a la vez sin derramar ni una gota. Sandra, una joven que trabaja en unas oficinas que se ubican enfrente del puesto móvil, cuenta que le dicen “el barman del café”, por la rapidez única con la que manipula los termos.
 “Vendo todos los días entre 18 y 20 termos. Mis mejores clientes son los tacheros y los remiseros, ellos al igual que yo sabemos lo que es estar con la incertidumbre de si vamos a tener el dinero suficiente para mantener a la familia”, reflexiona Arévalo. Pero estos no son los únicos buenos clientes de Mario sino también los jóvenes que salen de los boliches un poco pasados en copas, quienes van a la General Acha en busca del café salvador que les evitará un reto en la casa.
El hombre dice que ha visto de todo en la calle y que aprende todos los días un poco más. Incluso se anima a reflexionar sobre la idiosincrasia sanjuanina. “Los sanjuaninos somos buenos, queremos hacer el bien. Todos los días recibo buena onda y así es la calle, todos nos levantamos el ánimo”, remata Mario.
El cafetero se sube a su bici y mientras su imagen se achica cada vez más cuando baja pedaleando por la Libertador, la admiración por la lucha cotidiana agiganta su visión.

El misterioso lector
Hace apenas seis años se dedica a la venta callejera de café. No trabaja de mañana porque está enfermo del corazón y también porque hay mucha competencia. Él prefiere la siesta. A las 15.30 se encuentra firme en el microcentro sanjuanino por donde peregrina hasta las 20 que retorna a su hogar, ubicado en Chimbas.  Nelson Delfor Landa es el protagonista de esta historia. Poco quiso revelar de su vida. Sólo dijo que tenía familia y que vivía con su hermana en una pequeña casa.
Cafés, cortados, semitas, facturas y bizcochuelos caseros. Esta es la carta que ofrece Landa a los clientes que se acercan a su bici, donde al igual que Mario Arévalo, tiene un canasto, en la parte frontal en este caso. “Si hay algo que me distingue es que toda la mercadería que tengo es casera, no hay nada que no prepare mi hermana o yo. Acá todo es de calidad”, dice el hombre, que promociona sus productos como si hubiera estudiado marketing en algún instituto. “Es el marketing callejero”, dice entre risas.
Llama la atención el orden con el que se encuentran distribuidos los termos dentro de un rectángulo de telgorpol. Parece que estuvieran ordenados por color. Lo mismo con las porciones de bizcochuelo, que están cortadas sin imperfecciones y envueltas en papel film. “Siempre me gustó el orden”, señala sin vueltas Landa.
Si de sueños simples se trata, este trabajador tiene uno en particular: “Quisiera comprarme una motito, nunca pude tener una”, cuenta a Tiempo de San Juan. “Es para venir a trabajar más cómodo y no esforzar mi corazón”, dice con esperanza.
Apenas uno se acerca a Nelson es difícil que no llamen la atención los libros gordos que lee en sus ratos libre. ¿Qué lee? “Es personal”, contestó. Un hombre de pocas palabras, al que se le nota que vuela por mundos desconocidos propuestos por escritores famosos, que también en muchos casos vivieron de trabajos duros como él.
Pegado a su bici, con las manos hojeando un libro y la mirada perdida vaya uno a saber por dónde, Landa se gana la vida.

En números
8
Son las horas que dura generalmente una jornada laboral de un cafetero.
5
Es, en pesos, el precio promedio de un café con una semita.
20
Es la cantidad de termos que suelen vender en un día de trabajo.
80
Es, en pesos, la ganancia diaria que generalmente suelen sacar.

 

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