El cura milagroso, perdido en la iglesia de Concepción
Cuando murió su cuerpo no se descompuso, fue expuesto y venerado por varios años. Se le atribuyeron poderes y milagros. La historia del padre José fue contada por Sarmiento en Recuerdos de Provincia; lo que no se había contado hasta ahora es que su cuerpo permanece perdido en algún lugar de la iglesia de Concepción. Por Viviana Pastor.
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Su incorrupción fue tomada como señal de santidad y el sacerdote, que había vivido como un asceta, en la extrema pobreza, fue expuesto y venerado en la sacristía de la iglesia de Concepción varios años. El fanatismo de la gente, que le atribuía a ese cuerpo aún rosado, cualidades sobrenaturales y milagros hizo que se decidiera ponerlo bajo tierra, en la misma iglesia. Esta parte de la historia fue contada por Octavio Gil, en 1930; y tiempo después por Horacio Videla. Lo que los libros posteriores no contaron es que después del terremoto de 1944, cuando se derrumbó la iglesia de Concepción, los restos del cura Castro quedaron bajo tierra, no fueron recuperados y la nueva iglesia fue construida sobre ese cuerpo santo. Allí siguen enterrados, en alguna parte de ese templo, pero nadie sabe con exactitud dónde.
Horacio Videla escribió que la tumba del padre Castro estaba en la iglesia de Concepción del lado del Evangelio, es decir mirando hacia el altar, en el lado izquierdo; allí había una lápida que marcaba el lugar donde estaba enterrado el sacerdote de los milagros.
“Castro estaba dentro del templo porque los sacerdotes se sepultaban adentro, era un privilegio que se suprimió con la creación de los cementerios y que se mantiene para algunos prelados”, explicó el padre Adolfo Calívar, un estudioso de la historia eclesiástica local y profesor del Seminario.
“Se sabe que el cuerpo estaba incorrupto y la gente lo veneró, estuvo expuesto en la sacristía de Concepción hasta que se dio la orden de sepultarlo. No sé si hubo dejadez o lo que llaman preservación o arqueología urbana, pero su cuerpo no se buscó, se pasó la aplanadora y lo que quedó abajo, quedó”, contó Calívar.
Este sacerdote, a cargo de la Iglesia del Valle, explicó que hay que diferenciar la incorrupción como prodigio milagroso de la preservación natural, más común en San Juan por el clima seco que favorece que muchos cuerpos se momifiquen naturalmente. “Pero cuando se llama incorrupción se refiere a que mantenía características propias de un cuerpo dormido, eso llama la atención. A veces es permanente y a veces por un tiempo, pero se toma como signo de santidad”, dijo.
La tumba del padre Castro estaba cubierta de una lápida blanca que decía: “Doctor José Castro Hurtado, QEPD, sacerdote, médico, padre de los pobres. El bien prodiga y la verdad enseña, difundiendo el espíritu cristiano; como un astro su nombre centellea, con el fulgor del cielo soberano. La tierra respetó su cuerpo inerte, cual triunfa su memoria de la muerte”.
Los recuerdos de Sarmiento
Casi todo lo que se escribió de Castro fue en base a la pluma de Sarmiento: “Vi desenterrar su cadáver, enjunto, intacto, y hasta sus vestiduras sacerdotales casi inmaculadas. Reclamó una de sus hermanas el cadáver, y durante muchos años ha sido mostrado a las personas que obtenían tanta gracia, para contemplar todavía aquellas facciones plácidas, en cuya boca parece que un chiste se ha helado con el frío de la muerte, o que algún consejo útil a las madres, alguna receta infalible de un remedio casero, o bien una buena máxima cristiana, se han quedado encerrados en su pecho, por no obedecer ya su lengua ni sus labios endurecidos por la acción de la tumba, que ha respetado sus formas, como suele hacerlo con las de los cuerpos que han cobijado el alma de un santo”.
¿Quién fue?
Nadie ha encontrado una imagen del padre Castro, sólo se ha rescatado una firma suya publicada en la Historia Eclesiástica de Cuyo, de José Verdeguer. Este libro contó que José de Castro Hurtado nació en San Juan en 1763, era hijo de Juan de Castro y María Ignacia Hurtado. Estudió en Santiago de Chile donde por algunos años fue profesor de Filosofía y de vuelta a San Juan ejerció libremente el ejercicio sacerdotal. Según escribió Octavio Gil, fue durante 50 años teniente-cura de San José (hoy La Merced) en cuyo curato bautizó el 15 de febrero de 1811 a Sarmiento.
Este último destacó que Castro, además de sacerdote, era médico, “quizá para combinar los auxilios espirituales con los corporales, que a veces son más urgentes”. Enseñaba a las madres cómo criar a los niños y a cuidar a los enfermos, las conductas nocivas para la salud, y cómo se debían cuidar las embarazadas.
Basado en los testimonios recogidos, Sarmiento contó además que don José Castro vestía con desaliño, y que eran sus amigos los que le daban ropa nueva, pero que tenían que mentirle para que las aceptara diciéndole que eran fruto de una penitencia. A las limosnas las repartía entre los pobres y prohibió las prácticas brutales que por entonces eran comunes en el culto católico, como los latigazos. También hizo desaparecer los mitos y creencias en duendes, brujerías y aparecidos, dando explicaciones científicas a algunos fenómenos.
Cuando predicaba en la iglesia lo hacía en dos partes: “La primera sobre los negocios de la vida, sobre las costumbres populares, y su crítica, hecha sin aquella grosería de improbación que es común en los predicadores ordinarios, obraba efectos de corrección tanto más seguros, cuanto que venían acompañados de un ridículo lleno de sal y de espiritualidad, a punto de ser general la risa en el templo, de reír él mismo hasta llenarse los ojos de lágrimas para añadir en seguida nuevos chistes que interrumpían la plática; hasta que el inmenso concurso atraído por los goces deliciosos de esta comedia, descargado el corazón de todo resabio de mal humor, tranquilizado el ánimo, el sacerdote decía, limpiándose el rostro: "Vamos, hijos, ya nos hemos reído bastante; prestadme ahora atención: por la señal de la santa cruz", etc.”, contó Sarmiento.
Sus ideas políticas eran tan firmes como su vocación y cuando en 1810 estalló la revolución, se declaró fiel partidario del rey de España, condenando la desobediencia y prediciendo las guerras y desastres que se vendrían en el país, como pasó.
Fue desterrado a Las Brucas –en Chile- de donde volvió caminando, años después, a la provincia. Sus últimos años los pasó en Angaco y murió en Concepción el 28 de julio de 1820.
Los camposantos
El padre Calívar explicó que después del terremoto de 1944 se encontraron muchos cuerpos en el área de la Catedral, eran de gente muerta hacía más de un siglo, cuando no había cementerios y las iglesias hacían de camposantos. “Les llamó la atención el hallazgo de restos humanos en el predio de la Catedral y esto trajo una serie de habladurías y comentarios calumniosos contra el clero. Monseñor Audino Rodríguez y Olmos salió al frente y puso a disposición de todos los libros de defunción donde quedaba claro quién era la gente que había sido sepultada ahí. Recordemos que durante mucho tiempo el único registro de personas eran los parroquiales, el bautismo era el de nacimiento, luego matrimonio y el libro de defunciones. Mirando esos libros llamaba la atención la gran cantidad de niños muertos y da muestras de la gran mortalidad infantil en el San Juan colonial”, contó Calívar.
Otro dato llamativo que aportó el sacerdote de la parroquia Virgen del Valle, es que hay documentos que señalan que el fundador de Jáchal, Juan Echegaray, y su familia fueron sepultados en el templo San Agustín, por expresa voluntad de Echegaray. Su familia estuvo muy ligada a la orden Agustina en San Juan y varios de sus hermanos fueron religiosos agustinos. Esa iglesia estaba frente a donde hoy está el edificio del Juzgado Federal, por calle Mitre y el frente de la iglesia daba a calle Entre Ríos. Todos esos cuerpos y muchos otros enterrados siguen en el lugar, donde hoy funciona un estacionamiento. Allí también fue enterrada una mujer santa, María de Jesús Vera.
Una anécdota sarmientina
“Una vez, llamado a hacer los honores del entierro de un magnate, descubrió, como tenía de costumbre, el rostro del cadáver, y levantando la mano hizo señal de callar a los cantores, mandando en seguida deponer el cadáver en tierra al aire libre, y rezando en su breviario, hasta que, viendo señales de reaparecer la vida, nombrándole en alta y solemne voz por su nombre, ‘levántate —le dijo— que aún te quedan luengos años de vida’, con grande estupefacción de los circunstantes y mayor confusión de los médicos que lo habían asistido, al ver incorporarse el supuesto cadáver, paseando miradas aterradas sobre el lúgubre aparato que lo rodeaba”, escribió Sarmiento sobre Castro.
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