Para quienes viven lejos de Iglesia, puede parecer una escena extraña: bajo un techo bajo, sostenido por postes de madera, un entramado de hilos tensos espera paciente mientras unas manos curtidas avanzan con precisión casi ceremonial. Pero en este rincón del norte sanjuanino, esa imagen forma parte del paisaje cotidiano, tan natural como la cordillera de fondo o el viento seco que baja de la montaña.
Tejedoras iglesianas: las manos mágicas que se mueven al ritmo de la herencia de las abuelas
Entre telares centenarios, mujeres de Iglesia sostienen un oficio que mezcla trabajo, memoria familiar y pasión por no dejar morir la tradición.
Allí, entre lana, husos y telares centenarios, sobrevive una tradición que nació junto a las primeras familias de pirquineros y que pasó de generación en generación como una herencia silenciosa, pero poderosa. Madres, abuelas, bisabuelas y hasta tatarabuelas tejedoras dejaron en esos hilos mucho más que técnica: dejaron identidad.
El tejido al telar sigue siendo en Iglesia una costumbre, una forma de sustento y, sobre todo, una pasión. Lo más llamativo es que esa práctica ancestral continúa realizándose casi exactamente igual que en sus orígenes. Cada poncho, cada alforja, cada frazada lleva horas, semanas y hasta meses de trabajo, además de una historia familiar que se resiste a desaparecer.
En un recorrido por distintos distritos del departamento, Tiempo de San Juan visitó a varias tejedoras para conocer de cerca ese arte tan antiguo como sanjuanino, parte del patrimonio intangible local y también una tradición que hoy enfrenta el riesgo de extinguirse.
Sentada frente a su telar, con la serenidad de quien ha pasado una vida entera entre lanas y urdimbres, Ermela Balmaceda resume su historia en una sola frase: “Yo he nacido para hacer esto”. La mujer que nació en 1944 y todavía hoy sigue trabajando con la misma pasión de siempre, muestra siempre una sonrisa. “Aquí estoy, sana, gracias a Dios y a la vida, y sentada en mi telar”, dice con orgullo.
Durante veinte años trabajó en la Escuela Técnica de Iglesia enseñando tejido. Cuando se jubiló, a los 49 años, se llevó consigo su propio telar y desde entonces le dedica el tiempo que quiere. “A veces duermo la siesta, a veces no, y me dedico a él. Aprendí de mi mamá y de mi abuela, y después pude enseñarles a otros. Lo sigo haciendo”, cuenta al confiar además que no tuvo hijos, pero se asegura de dejar su legado en otras manos.
“He ayudado a cuatro chicas que crié de corazón y una de ellas aprendió a tejer. Ahora vive en San Luis y sigue con el tejido allá”, dice con orgullo.
Ponchos, alforjas, tapices, pashminas: todo sale de sus manos con la paciencia de quien entiende que cada pieza tiene su propio tiempo. “Actualmente se vende muy bien. Ayer terminé una pashmina y hoy ya la entregué. Hay muchas señoras que compran para revender en distintos lugares y eso ha hecho que crezca mucho la posibilidad de vender”.
En Las Flores, Analía Espejo trabaja junto a su esposo, Roque Poblete, en un telar centenario que heredó de su abuela. La madera gastada y los hilos tensos guardan una historia familiar de generaciones.
En su caso, fue la tatarabuela quien comenzó con el oficio. La bisabuela no aprendió, pero luego apareció Lucila, la abuela de Analía, y tomó la posta. La madre tampoco siguió el camino del telar, pero Analía sí. Desde los siete años se sentó al lado de Doña Lucila, aprendiendo desde lo más básico: limpiar la lana, hilar, pasar los hilos.
“Esta es una herencia de mi abuela, y es una herencia que se fue trasladando generación por medio. Yo no quiero que se pierda, por eso me dedico a esto”, relata la mujer que hila sin siquiera mirar el huso.
La vida, sin embargo, le cambió el ritmo. Hace diez años, problemas de salud le impidieron seguir tejiendo como antes. “Tuve úlceras varicosas en las piernas y ya no pude seguir igual. Entonces repartimos las tareas con mi marido: yo hilo y él teje. Así seguimos”.
Pero detrás del amor por el oficio también aparece una preocupación. “Siento que en algún momento esto se va a terminar. A la gente joven no le gusta porque lleva mucho tiempo. Ahora son todos muy apurados. Para esto hay que tener paciencia. Hacer un poncho puede llevar tres meses”.
A su lado, Roque, quien aprendió el oficio de su madre y continuó conociéndolo junto a su esposa, acomoda los pies en los pedales del telar y acompasa las manos con naturalidad, describe la experiencia como una forma de calma. “Yo me siento muy bien haciendo esto. Uno se relaja, tiene todo el cuerpo, el movimiento y la cabeza puestos en el hilo. Todo tiene que ser exacto: los pies, las manos, todo”.
Entre animales, huerta y tejidos, su rutina encuentra equilibrio. “Si no vengo al telar, ya me pongo medio malo”, dice entre risas. “Por eso tratamos de estar aquí lo más que podemos. A veces empezamos a las nueve de la mañana y seguimos hasta la noche”.
Un poco más al norte, en Tudcum, María Díaz también sostiene esa herencia. “Me gusta mucho hacer tejidos. Fue mi madre quien me enseñó. A los 14 años ya le ayudaba a hilar en el huso y hoy tengo mi propio taller, con mi telar”.
Su producción es amplia y tan diversa como la tradición misma. “Hago de todo: alforjas, peleros, ponchos, frazadas, jergones… de todo. Esta tarea forma gran parte de mi vida”. Cada palabra suya suena sencilla, pero detrás hay décadas de trabajo silencioso y una vida marcada por el sonido repetido del telar.
Faustina Godoy, por su parte, carga además con una herencia reconocida a nivel nacional. Su madre, Margarita Luna, ganó en 1999 el primer premio en la Rural de Palermo por un poncho de lana de oveja tejido al telar.
Hoy, por su edad, Margarita ya no puede tejer, pero Faustina sigue cada una de sus enseñanzas como si todavía estuviera sentada a su lado. “Desde ahí vengo con esta actividad y para mí es un orgullo inmenso poder mantenerla y seguir transmitiéndola”, asegura con entusiasmo.
Su vínculo con la lana comenzó en la infancia, entre ovejas, esquilas y juegos de campo. “Yo me he criado en un hogar donde siempre hubo ovejas. Mi madre las esquilaba y nosotros íbamos a ayudarle. Les teníamos las patitas para que ella las esquilara. Desde ahí nace la pasión, desde el juego de pillar la oveja, de andar con el corderito como si fuera un bebé”.
De diez hermanos, cinco mujeres, fue la única que decidió seguir ese legado. “Es una cosa que a uno le nace del alma. Lo hago con tanto gusto que cuando urdo una tela y algún hilo está mal, lo primero que pienso es en mi madre, que no dejaba nada fuera de lugar”. Habla de ella y también de sus tías Genara y Tomasa, quienes ya fallecieron, como si siguieran presentes entre los hilos.
Al mismo tiempo, sostiene: “El secreto está en saber que en esto no se termina de aprender nunca. Siempre hay cositas para innovar”.
A Faustina le gusta tejer de todo, aunque tiene una debilidad especial por los jergones: “Me encanta por la diversidad de colores que llevan”. Y allí aparece quizás la parte más íntima de su arte: el significado. “Yo uso lana teñida con anilina porque me gusta trabajar con colores vivos, que cuenten una historia. El verde me recuerda a mi casa paterna rodeada de árboles, el azul al arroyo que pasa al lado, el amarillo es por el sol… y pensando en eso voy creando”.
Así, en cada hilo, en cada nudo, en cada trama y en cada técnica, las tejedoras de Iglesia no solo fabrican ponchos o frazadas. Tejen memoria. Sostienen una forma de vida y conservan la voz de sus abuelas.