"Como si una vaga e indefinida premonición hubiera gravitado sobre sus páginas, un diario de San Juan publicó 24 antes del cataclismo una nota que asume después de la tragedia un valor singular”. Esa era una de las oraciones que dominaba el texto de un diario de Buenos Aires, poco de dos meses después del terremoto ocurrido en la provincia el 15 de enero de 1944, el desastre natural más terrible vivido en el país, del que se cumplen 80 años. Como ese diario, otros medios nacionales habían notado la crónica aparecida un día antes del horror en un periódico local, que advertía: “Estos viejos edificios –erigidos en la Ciudad- están a punto de convertirse en escombros”, debido a su mal estado. Así como esa tarea periodística había tratado de salvar a los pobladores de lo que venía, otras acciones vinculadas al área de la comunicación desarrolladas por héroes anónimos ayudaron a salvar y salir adelante a muchos sanjuaninos que quedaron vivos en medio de la tragedia.
El "presagio" de destrucción que copó los medios nacionales tras el terremoto del '44 y los héroes anónimos
La historia considerada “un presagio” del terremoto que dejó en ruinas a la Ciudad, ocurrido a las 20:49, con una magnitud de 7,4 y una Intensidad máxima de IX grados; había sido publicada en la mañana del 14 de enero. El título de la noticia del diario Tribuna, el más importante de ese momento en la provincia, rezaba: “Amenazan derrumbarse en San Juan muchas casas”. Bajo él, se observaba la imagen de una vivienda ubicada en el centro, sobre calle Mendoza entre General Paz y 9 de Julio, con sus paredes agrietadas y sostenidas por palos que funcionaban de puntales. En el texto se encendía una señal de alarma, a través de la cual se marcaba que existía un “grave peligro para la vida de los transeúntes y de los moradores de las casas”. Y se ponía el acento en que había gran cantidad de construcciones de la zona con características similares.
Fue aquel relato el que, después de la destrucción provocada por el movimiento sísmico, llamó la atención de diarios de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe que, de inmediato, lo consideraron un “presagio”. Aquellas palabras, de las cuales no hay registros del autor, no habían hecho más que buscar acciones que impidieran accidentes y muertes, aunque fueron tan inmediatamente anteriores a lo que sucedería, que no lo lograron. Como aquel periodista, hubo otras personas que, después del horror, buscaron colaborar a través de la comunicación.
Los telefonistas emitieron el primer pedido de socorro
Sentados frente a las máquinas de la central, el espacio desde el cual recibían las llamadas telefónicas que luego transferían manualmente a los vecinos en la provincia, fue que los sanjuaninos Omar Torres, Ramón Salinas y Alfredo Poroli sintieron el terrible movimiento del suelo. De repente, la oficina de la Compañía Argentina de Teléfonos local, quedó a oscuras y las comunicaciones se cortaron. Mientras presentían el horror ocurrido, los tres hombres decidieron quedarse en su sitio y, pronto, notaron lo que se terminó transformando en un milagro: algunas líneas aún funcionaban. Entre los tres pusieron en marcha “un trabajo de hormiga”, que los llevó a ser los primeros en contar lo sucedido afuera de San Juan y pedir auxilio.
“A consecuencia del terremoto, la mayoría de las líneas telefónicas quedaron interrumpidas. Por suerte, la línea Mendoza que atendía Torres, no sufrió inconvenientes”, contó casi tres meses después del terremoto Salinas, en una entrevista que también publicó el diario Tribuna.
Fue entonces, que el hombre avisó a la central de aquella provincia que San Juan había sufrido las consecuencias de un fuerte temblor. “Momentos más tarde, yo trajinaba entre la Plaza 25 de Mayo y nuestra cabina de trabajo haciendo conocer a Torres las disposiciones del interventor federal y los pedidos de auxilio, que inmediatamente él retransmitía a Mendoza y otras capitales. Así mismo, informaba al interventor sobre las noticias procedentes de Buenos Aires y otros puntos en las que solicitaban informes sobre la catástrofe y ofrecían los auxilios más necesarios. Mientras tanto, Poroli atendía las líneas rurales que no habían sufrido daño”, agregó el telefonista.
En otra parte de su relato, el trabajador ofreció un detalle de la tarea que plasma a las claras la desesperación y el horror que se vivieron en ese momento. “La Ciudad quedó sumida en la más absoluta oscuridad por la falta de corriente eléctrica. Para poder cumplir mi cometido fue necesario que me alumbrara con una vela para no andar a tientas sobre los escombros y realizar con la premura que el caso exigía la misión que me habían impuesto. Frecuentemente, al salir del local de la Compañía, me interceptaban muchas personas que pedían comunicación telefónica para dirigirse a sus parientes a quienes les harían saber la ingrata noticia de la muerte de algún miembro de la familia, otros para informarles que estaban bien, los demás preguntaban si llegarían auxilios. Y, en cierto momento, llegó a la Compañía una persona con el rostro cubierto de sangre que con ademanes desesperados nos pidió una pala para remover los escombros de su casa, bajos los cuales habían quedado sepultado su padre”, comentó.
El comportamiento de aquellos hombres fue clave en aquel momento. Incluso Salinas recibió un reconocimiento por parte de la empresa, a través de una nota escrita por el entonces presidente de la firma, Ángel Montes de Oca. “Tengo el agrado de hacerle llegar nuestras felicitaciones por la serenidad y eficiencia de que hizo gala. Un exacto sentido del deber y un concepto de la responsabilidad le ha permitido permanecer en su puesto en momentos tan aciagos para el país, asegurando la continuidad de los servicios en las circunstancias en que eran más imprescindibles”, resaltaba el escrito.
El salvador de la oscuridad y las voces que resonaron desde el corazón de la Ciudad
En medio de todo el desastre, sin que sus protagonistas lo supieran, algunos puntos se conectaron en los momentos posteriores al desastre y terminaron dando buenos resultados.
Antes de que el telefonista Salinas haya tenido que caminar desde la central de teléfonos hacia la Plaza 25, ida y vuelta, para trasladar información alumbrado por una vela en medio de la oscuridad; había sido Fernando Jorge Angelini el responsable de la falta total de energía eléctrica. Aquel hombre se desempeñaba en la Compañía de Electricidad de Los Andes y se terminó transformando en un héroe para la sociedad por su decisión. Ni bien pasó el terremoto y al notar lo que podría suceder, cortó por completo el suministro de electricidad, de ese modo evitó cortocircuitos e incendios en medio de los escombros.
Pero al mismo tiempo, dejó mudas las radios locales, que en ese momento eran el medio de comunicación clave para que la información llegara de modo inmediato a cada rincón de San Juan y a otras provincias del país. Sin posibilidad de transmitir desde sus estaciones por falta de energía, periodistas y técnicos trasladaron sus equipos a la plaza 25 de Mayo, donde se había realizado una conexión eléctrica única y que se había transformado en el centro de operaciones provincial.
Quien dio el puntapié inicial para desarrollar ese tipo de transmisiones fue José L. Rocha, que se desempeñaba como técnico de Radio Colón. “Rocha tenía mucha capacidad en su tarea. Él fue el primero en decidir trasladar parte del equipo de transmisión del sótano del edificio de calle Mendoza casi Rivadavia, a la Plaza 25. Con gran habilidad y conocimiento se comunicó con el resto del país en las primeras horas del 16 de enero. Su papel fue súper importante porque las comunicaciones radiales estaban cortadas”, contó sobre ese aspecto Luis Meglioli, exsecretario de Cultura de Capital y periodista. Y agregó: “A partir de ahí otras radios se instalaron allí y, en las horas posteriores, comenzaron a llegar periodistas de Mendoza, de La Rioja y de San Luis, a los que después se sumaron reporteros de otras provincias”.
De ese modo, las radios cumplieron un rol fundamental en medio de la tragedia. Según un informe de la Universidad Nacional de San Juan, fueron las que dieron información a todo el país sobre la gravedad de lo acontecido y establecieron conexión con los familiares de sanjuaninos que estaban afuera de la provincia. Entre los datos que brindaban, iban indicando el número y los nombres de las víctimas, de los sobrevivientes y de las personas que eran rescatadas con el paso de las horas.
El horror plasmado en los textos, un imán para la ayuda
“San Juan, destruida”, decía Crítica; “San Juan en ruinas”, informaba La Razón; "Miles de víctimas causó el terremoto en S. Juan", anunció Los Andes; mientras el título principal del diario La Libertad era "Ruinas y luto en S. Juan"; y “Un terremoto devastó San Juan”, el de La Gaceta.
De ese modo, después de que trascendiera la noticia, las portadas del país le daban los títulos principales al terremoto que dejó al menos 10.000 muertos en la provincia, según los datos conocidos. Ese fue el imán para atraer la ayuda. Más allá del accionar de los distintos gobiernos, ciudadanos de Argentina y de países vecinos, como Chile, ofrecían donaciones para ayudar a los sanjuaninos.
El máximo exponente de solidaridad se recibió desde Mendoza, que habilitó el Hospital Central recientemente construido para recibir a miles de heridos llegados a pocas horas de producida la tragedia. Además, enviaron auxilios médicos, enfermeros y medicamentos en dos trenes que partieron a partir de las 00:40 del día siguiente, junto a coches particulares que se ofrecieron en grandes cantidades, sumándose con víveres, ropa, abrigo y agua potable.
Otras provincias también prestaron auxilio. Fue Córdoba la segunda en llegar con sus trenes cargados de ayuda. Luego se hicieron presentes La Rioja, San Luis, Salta y Santa Fe. Tres días después de la catástrofe arribó a la Estación San Juan del Ferrocarril Pacífico el presidente General Ramírez con su comitiva oficial. El Gobierno nacional desde la Secretaría de Trabajo y Previsión organizó una gran colecta nacional hasta llegar a reunir poco más de treinta y ocho millones de pesos.
De ese modo, el dolor sanjuanino se hizo nacional y hasta hoy es plasmado en relatos y crónicas que se sigue escribiendo aún 8 décadas después.