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domingo 5 de abril de 2026

Columna

Cuando un policía mata a un ladrón: el testimonio de un sistema que falló

El 30 de enero un uniformado abatió a un delincuente que ingresó a robar a su domicilio. El ladrón tenía 17 entradas por robo y hasta por agresión sexual. El festín social.
Por Natalia Caballero

“El más santo y el más poderoso que el mundo ha poseído se ha desangrado bajo nuestros cuchillos: ¿quién limpiará esta sangre de nosotros?". La frase pertenece a Friedrich Nietzsche. El filósofo se murió en 1900 pero su reflexión resucitó el 30 de enero de 2021 en San Juan, en el Lote Hogar 24, de Rivadavia. Ese día un policía abatió a un ladrón que entró a robar a su casa. El delincuente tenía 20 ingresos a la comisaría, entradas por robo y por agresión sexual y hasta estuvo preso unos años en el Penal de Chimbas. Un tiro impactó directamente en la arteria femoral del Porteñito, que cayó muerto en un baldío. Hubo un festín social en las redes sociales, una celebración del hecho que demostró cómo falló el sistema desde la génesis.

El 30 de enero a las 4 AM dos ladrones ingresaron a robar a la casa de un policía en Rivadavia. Fue el padre del uniformado quien le avisó a su hijo que había ladrones dentro de la vivienda. El policía se encontró con dos delincuentes intentando llevarse una moto. Allí, según la versión policial, le gatillaron dos veces al dueño de casa, pero los disparos no salieron. Ante el ataque, aseguran, que el policía respondió disparando con su arma reglamentaria. Como resultado del enfrentamiento, los dos ladrones terminaron con heridas de bala. Uno de ellos, Carlos Alberto Gutiérrez, alias “El Porteñito”, terminó muerto. El balazo letal impactó directamente en la arteria femoral.

El caso, que es investigado por el Quinto Juzgado de Instrucción, está caratulado como “robo agravado en grado de tentativa seguido de muerte”. El otro delincuente baleado, está detenido luego de haber sido operado en el Hospital Rawson por los daños internos que le provocó el balazo que recibió en el abdomen.

En un acercamiento inicial al caso, lo primero que cualquier persona se pregunta es por qué un hombre con 20 ingresos a la policía está libre, aún cuando dos de esas causas lo vinculan a robos agravados y a una agresión sexual. Los abogados y la justicia responden lo mismo: “con causas menores, quedan libres”. Si el delicuente, que se escapó de una comisaría y le dio una paliza al calabocero, hubiera estado preso, quizá la historia podría haber tenido un final diferente. Quizás no.

El Porteñito viene de una familia ligada al ambiente delictivo. Un hermano murió en un ajuste de cuentas en el interior del barrio 17 de Agosto. Lo apodaban el “Perico”. Otro de los hermanos, el mayor, está alojado en el Penal de Chimbas tras quedar involucrado en la muerte de una mujer en Chimbas, luego de robarle en un violento ataque en moto. La familia vive en Villa Hipódromo y todos fueron bautizados como la banda de los Porteñitos porque venían de Buenos Aires y aún conservaban el acento.

Ni el ladrón abatido por el policía, ni el hermano -que ahora está alojado en el Servicio Penitenciario- salieron de prisión con una perspectiva distinta de vida. Aunque sea un debate eterno, nuevamente se impone al replanteo sobre el sistema carcelario argentino. Un documento elaborado por la Universidad Nacional Tres de Febrero indicó que uno de cada dos presos que sale de la cárcel tras haber pagado su condena, reincide en el delito. El acento en las políticas pos liberación y de acompañamiento a los delincuentes dentro del encierro no han permitido que los encarcelados encuentren oportunidades en el afuera. A esto se le adiciona otro factor: las adicciones de los condenados. En el mismo informe de la universidad se detalla que el 37% de los presos argentinos vienen de hogares con padres adictos y el 44% de la droga que se intenta ingresar a las cárceles es llevada por los mismos familiares de los reclusos.

La cárcel es percibido como un lugar inseguro, no sólo para los delincuentes, que protagonizan con bastante frecuencia grescas y ataques a sus pares, sino también por los propios trabajadores del sistema penitenciario. El espacio que viene a dotar de cierto sentido de justicia y seguridad se terminó transformando en lo contrario. Un oxímoron.

Desde el punto de vista social, se percibe un culto a la celebración de la muerte. El festín que la ciudadanía genera en las redes, redoblando incluso las apuestas del horror dando detalles de cómo asesinarían delincuentes, no genera buenas perspectivas para pensar en la reinserción social de los presos. La gestión de la muerte como medida de justicia es una señal de alerta en las sociedades. Aquellos países a los que los argentinos miran con admiración, como son las democracias de Europa del Norte -en donde cierran cárceles porque cada vez hay menos delincuentes- armaron sus sistemas carcelarios en base a la necesidad de generar segundas oportunidades para los reos. Fue así como lograron combatir la inseguridad. Fue así como bajaron las tasas de delito.

La muerte de un ladrón, de una persona, da muestra de otra grieta en Argentina. Una grieta que expone algo en común entre ambos bandos: todos perciben que el sistema carcelario y el sistema social no está generando las respuestas esperadas. Para algunos la solución está en el “ojo por ojo”, la fe se ha agotado; mientras que para los otros hay una mirada compasiva, que pone en valor las chances de lograr la reinserción social.

Si una verdad emerge de todo el debate, es que en general nadie quiere tener las manos manchadas de sangre. Nadie quiere despertarse con ladrones adentro de la casa. Nadie quiere ser parte de un enfrentamiento armado dentro su vivienda. Nadie quiere hacer uso del derecho a la defensa propia. Nadie quiere vivir encerrado por temor a las represalias. Nadie quiere ser el eslabón final de un sistema que falló desde la génesis.

¿Quién limpiará esta sangre de nosotros? Esa es la última oración de la frase de Friedrich Nietzsche. Ese nosotros entendidos como parte de un sistema social que no ha restaurado la fe en la justicia porque no encuentra respuestas en los Tribunales, como parte de un sistema social que califica de inseguro el espacio en donde los presos deben encontrar posibilidades de rehabilitación, como parte de un sistema social que ha llevado a gran parte de la ciudadanía a creer y militar la ley del “ojo por ojo, diente por diente”. El sistema falló. Y la mancha de sangre no parece que esté cerca de ser limpiada.


 

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