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domingo 26 de abril de 2026

homilía

En la primera homilía de Monseñor Lozano, le apuntó a la violencia en el país

El ex titular de la Pastoral Social ofició su primera misa de fin de año en Casa de Gobierno. Leé acá la homilía completa.
Por Redacción Tiempo de San Juan

Monseñor Jorge Lozano, Arzobispo de San Juan de Cuyo, ofició hoy su primera misa navideña en los jardines de la casa de Gobierno sanjuanina.

Leé el texto completo su homilía:

 

Cuando estamos hablando con alguien y necesitamos aclarar o adjetivar es porque el sustantivo no es suficiente por sí solo. En estas Fiestas decimos “Noche Buena” porque no todas las noches lo son.

En la tradición judeo-cristiana la noche representa la oscuridad, el imperio del caos. En el libro del Génesis se nos cuenta que lo primero que Dios crea es la luz, para disipar las tinieblas. (Gn 1, 3)

En el Evangelio que recién proclamamos Dios irrumpe en la noche con buenas noticias, es una manera de volver a expresar el predominio del tiempo de la luz, que sigue en tensión con las tinieblas que intentan cubrirlo todo.

La Palabra de Dios nos presenta algunos binomios en tensión, como polos contrapuestos: palacio-establo, ciudad-arrabal, poder-debilidad, fuerza-fragilidad, los que mandan-los que obedecen, los importantes-los humildes. Tensiones que de una u otra manera siguen presentes en el corazón de cada uno, en cada familia, en el mundo. Teniendo en cuenta estos binomios, les propongo centrar nuestra mirada en el Niño Jesús y en los Pastores.

Comencemos por estos últimos. Ellos son los más postergados de aquella sociedad. Rudos, sucios, con mal olor, dormían al aire libre o en cuevas y pegados a los animales. Son de ir poco a la ciudad y cuando van no suelen ser bien recibidos. Sin embargo, son los que dan alojamiento a José y María para que ella pueda dar a luz, cuando no hubo lugar para ellos en la posada. También son los primeros pobres que se abren a la buena noticia, y acuden presurosos a ver la señal tan sencilla que indican los ángeles: “un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”.

Miremos entonces al Niño. Dios nos sorprende y elige el camino más pequeño, el más humilde, el más simple. Un Niño que —como dice el Profeta Isaías— es príncipe de la paz, padre para siempre, que rompe la soledad y la orfandad (dos experiencias tan extendidas hoy). El Evangelio de San Lucas nos trae en el anuncio de los ángeles a los pastores, un mensaje hermoso: “una alegría para todo el pueblo: hoy les ha nacido un salvador”. (Lc. 2, 10-11) Dios se hace Niño para que no le tengamos miedo, para que nos animemos a inclinarnos y tender a Él nuestros brazos. Es un Niño que nos hace hermanos.

Y permítanme una breve reflexión acerca de la alegría. Ella manifiesta la serena certeza de estar en el lugar adecuando desarrollando la tarea para la cual nos sentimos convocados. Sería como decir: vivir según la propia vocación.

Hay también momentos intensos de alegría ante un nacimiento, al alcanzar un logro importante (sobre todo si es comunitario), el reencuentro con amigos. Todos esos momentos están relacionados con la dimensión espiritual del afecto, el amor. Lo exterior puede ayudar pero no reemplaza lo interior.

Nos dice Francisco que “el gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada”. (EG 2)

Varias veces me he preguntado, ¿por qué cuesta tanto hoy la alegría? Las diversas ofertas tecnológicas o de placer multiplican posibilidades y, a la vez, excitan deseos pero no logran provocar o generar alegría. Disponemos de muchos instrumentos para la comunicación, y sin embargo es creciente la experiencia de soledad, aun estando rodeados de muchas personas de las cuales nos sentimos distantes, como “sapo de otro pozo”. 

Como decía el Papa Benedicto XVI “se pueden organizar fiestas, pero no la alegría” (VD 123), porque como enseña San Pablo, la alegría es fruto del Espíritu Santo (Ga. 5,22).

Cuando abrimos el corazón a Dios y a los hermanos sentimos que nuestro pecho se ensancha y es capaz de albergar otras vidas más desfavorecidas o atravesadas por el dolor o la angustia existencial. En los últimos días cuánta gente he visto amargada ante tanta violencia, abuelos tristes por no saber cómo será el porvenir, enojos y desencuentros.

Como en toda familia, la alegría no es completa cuando una parte de ella atraviesa situaciones de dolor. Ampliemos el corazón al mundo, a los países que padecen guerra, persecuciones, desplazamientos.

Finalmente, miremos también a la Virgen. Ella “es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura” (EG 286). “Cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes.” (EG 288)

En cada Navidad Dios nos vuelve a mostrar su ternura, la fuerza renovada y renovadora de su amor sin límites por cada uno de nosotros, y nos convoca a recibirlo en nuestros hermanos. Abramos el corazón a su venida.

 

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