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martes 28 de abril de 2026

editorial

Por algo se empieza

El presidente de la Corte disparó una radiografía despiadada del servicio de justicia. Y habló mucho más que eso entre líneas. Mensajes encapsulados y un primer paso: admitir el problema. Por Sebastián Saharrea.
Por Redacción Tiempo de San Juan

¿De qué tamaño es la crisis de la justicia sanjuanina? Más o menos del siguiente: una letanía desesperada en cada juzgado por la falta de personal, con demoras consecuentes e intolerables; personal altamente incalificado, producto de un gran desastre de años y hasta décadas, con designaciones a dedo, ascensos por preferencias, nutricionistas que instruyen causas, arquitectos en la mesa de entrada y hasta la inmoralidad de empleadas domésticas de cortistas recibiendo cargos; más personal repartiendo causas entre abogados “amigos”; falta de espacio físico para trabajar, causas que demoran años y encima, ahora, la novedad de una presunta asociación ilícita en el intestino de Tribunales dedicado a saquear al Estado con sus fallos, con expedientes adulterados dentro de juzgados, o armas que son robados desde los despachos de los jueces.
A ese potro aceptó subirse, por fin, el presidente de la Corte Adolfo Caballero. “¿Está en terapia intensiva el servicio de justicia de la provincia, tocó fondo?”, le preguntó este periodista en la apertura de la entrevista que dio a Paren Las Rotativas la semana pasada (vienes a las 23 por Telesol). La máxima autoridad de un servicio rengo miró la mesa, calibró la respuesta y buscó el centro, ni apocalíptico ni acá no pasa nada: “no sé si tanto, pero estamos mal”. Certero, un paso gigante: primera admisión pública de un drama visible a buena distancia, pero que hasta ahora ninguno de los involucrados concedió al menos su reconocimiento.
Dio el primer paso Caballero en una demanda que llora a gritos, que los jueces hablen como seres humanos que son y no como encumbrados dignatarios que se pronuncian por escrito y en difícil. Para eso montó una oficina de prensa que atemorizó a algunos jueces, que lo consideraron un efecto mordaza. El presidente de la Corte corrió con el ejemplo: fue, dijo, y dijo mucho.
Lo primero fue esa frase de telegrama, sin historia en los tribunales locales. Que el máximo responsable del sistema acepte que “estamos mal” no es poco. Para suavizar le puso esperanza con eso de que “es mejorable”. Repasemos.
Si es verdad que el recambio formidable de los últimos meses –en jueces y personal- los sobrepasó, algo de ese imprevisto habrá que computar a la cuenta de la conducción. Porque semejante dique de contención como fue durante años la retención de los jueces de sus cargos, disconformes con el sistema jubilatorio general, era previsible que ahora ocurra lo que ocurrió: se fueron todos y quedó el desierto, mientras la vida sigue y las causas aumentan.
Hizo Caballero lo que pocas veces se ha escuchado en ámbitos del poder: un mea culpa. Su autocrítica fue que se demoraron el recambio del personal y debieron ir contra su propia acordada para ascender a los abogados en los juzgados. Claro que tiene su incertidumbre: ¿por qué se demoraron si se veía desde lejos lo que se venía?
Ahora la situación, en palabra del juez, es de “agua a la altura de las fosas nasales, no al cuello”, término también despiadado para definir a un servicio que es el eje de la convivencia en sociedad. Y hay que darle la derecha, nos tapó el agua en parte porque Tribunales fue desde hace décadas una mesa servida para cuatro o cinco, con designaciones, ingresos, promociones y nuevos jueces al uso nostro.
El resultado es esto. Un concurso inminente para designar a no menos de 110 personas en el que nadie confía. Incluso el magistrado: “usted jura ante los miles que están viendo por televisión que será un concurso limpio, sin cartas marcadas”, se le preguntó. “Yo aseguro que habrá un concurso”, respondió. La hilera de aspirantes será de miles, y la lupa bien grande para que no pase lo de la última vez.
También hubo pases de torero y guiños cómplices. Entre los primeros estuvo el concepto sobre los jueces y su laboriosidad, un tema espinoso que inició con el clásico pase de que “no hay que generalizar” pero luego descargó artillería para la popular. En la tarde, recordó, el turno es de 17 a 21 –como el de la mayoría de los empleos bien pagos por tiempo completo, como es un juez-, pero acordó en que si un día cualquiera a alguien se le ocurre ir a la tarde a tomar asistencia, apenas encontrará 2 de 10. Y fue más allá con la idea de trabajar los sábados. ¿Los sábados? “Menos cafeteo”. ¿Alguien le hará caso?
Otro pase de magia fue con el reclamo salarial de los empleados, tal vez el pasaje en el que Caballero más sorprendió. Lejos de los que se esperaba, terminó reclamando también que se unifiquen los sueldos con la justicia federal: “somos todos iguales”. No le dio para ir tan lejos como aceptar entonces que el reclamo del gremio es justo, pero casi.
Igual, el capítulo más provechoso fue el de las guiñadas de ojo, lo dicho y lo inducido, coqueteos al Ejecutivo incluidos. Reveló Caballero un dato desconocido hasta ahora, y de fuerte peso, en especial en tiempos políticos con la seguridad de por medio. Contó que desde que circulan los patrulleros en los municipios, los detenidos crecieron exponencialmente y hay menos inseguridad. Caricia al gobierno que puede ser interpretada como mensaje de convivencia y estabilidad.
Entregó también la primicia de que hay decisión tomada por el esperado y manoseado asunto del edificio 9 de Julio para despachos de jueces. Un tema en que aseguró que no hay vuelta atrás, pero que hasta ahora no pasó de esa voluntad a un proyecto sobre papel. Por algo se empieza.
Pero tal vez el batacazo lo dio con el escándalo de las expropiaciones, un tema que no le es ajeno por razones que se verán, pero en el que el magistrado entregó la sintomatología más contundente. Nunca se había escuchado a un cortista dimensionar de esa manera al escándalo, en parte por lo dicho de que nunca hablan y en parte porque el tono intimista de la entrevista lo permitió. “Nunca he visto una cosa tan gran de la justicia”, sacudió. Y agrandó: peor en jueces y abogados, y se trata de una vergüenza fuera de la provincia.
Sin pliegos ni medias tintas, con la contundencia que tamaño escándalo requiere y la sorpresa ante la dificultad de la patria judicial local de avanzar entre sus pares. Conoce de sobra el asunto, y se animó a contarlo. El fue dueño de una parcela expropiada por Cuesta del Viento: por 5 hectáreas cobró unos $32 mil, según recordó. Al lado suyo, el vecino Anes embolsó $10 millones por algo más de 11 hectáreas. Las proporciones no cierran de ninguna manera, de ese tamaño es el escándalo.
En suma, Caballero se comportó como un ídem, en tanto primer y único cortista al que se le conoce la voz en público durante años (también a Medina Palá, aunque apenas conduciendo el jury). Queda en cada uno conceder crédito en la solución de este precipicio al mismo tribunal que fue partícipe de la enfermedad, la actual constitución de la Corte. Que seguirá formando parte del eje del poder, según telegrafió su presidente la semana pasada, al menos un año más: pese a que todos están en condición de jubilarse, ninguno amaga con dar las hurras.

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