Por Sebastián Saharrea
El anzuelo desde Córdoba
Fue una Fiesta del Sol que no se repetirá. Aparte de la mejor puesta en escena que recuerde la historia reciente de la celebración, este año el palco de invitados desbordó de algunos hoy caídos en desgracia del universo K: el cordobés José Manuel De la Sota había aceptado el convite en una provincia que le cae muy familiar y disfrutó desde su silla en el carrousel –estuvo sólo el sábado porque el domingo debía partir a su provincia-, y el mismo día había amenazado con aterrizar el jefe porteño Mauricio Macri para visitar el predio y amenazar con una foto incomodísima para un Gioja vestido de anfitrión.
No ocurrió este relato hace una década sino hace apenas seis meses, en febrero. La dinámica de la política fue tan potente que hizo el resto: el cordobés que coqueteaba con la Rosada pasó a reportar aparatosamente del otro lado, y Mauricio se afirmó como número uno excluyente entre los blancos de Cristina.
De la Sota y Macri son dos de los tres gobernadores a los que sus aspiraciones a la sucesión puso de punta con Cristina. El otro es Scioli: vueltas de la vida, gobiernan tres de los cuatros distritos más poblados del país, Córdoba, Buenos Aires y la Capital Federal (el otro es Santa Fé). Acaban de reunirse esta semana en un encuentro presentado como institucional, pero dedicado exclusivamente a desparramar comentarios políticos. Y no tuvieron mejor idea que salir a inocular el veneno opositor en las filas oficiales: buscan –afirmaron- ampliar el diálogo con los gobernadores y porqué no pensar en el sanjuanino. ¿Cómo en la Fiesta del Sol hace apenas medio año? Ni pensarlo, responden por lo bajo desde calle Paula.
Gioja es un gobernador indisimulablemente encuadrado en las filas oficiales, pero dueño de un perfil que no lo saca de la cancha en las charlas opositoras: Nunca dejó de mantener un tono cordial con el macrismo, ni tampoco con algunos provinciales ariscos como el puntano Rodríguez Saá o ahora el Gallego De la Sota. No pasa por sus mejores momentos en el universo presidencial, pero hace gestos de pertenencia todos los días y se quemaría los dedos antes de salirse del entorno K al que reportó a tiempo completo: desde su fundación en 2003 hasta hoy, pasando por todas sus variantes.
Ha conocido de tempestades en las filas oficiales y las ha conseguido gambetear a todas. Y esa noción del terreno resbaladizo por el que se mueven los hilos de las lealtades en las provincias le pavimentan una certeza: mal momento este para algún gesto -aunque mínimo- que pueda ser interpretado como un ojo guiñado hacia este nuevo eje del mal opositor. En febrero –a pesar de la crisis por los subtes en plena ebullición- hubiera podido pasar una foto de compromiso con Macri si es que el porteño no defeccionaba sobre el final y concretaba la visita a la Fiesta del Sol por la que tanto batió el parche. Hoy, no.
Y con De la Sota, febrero eran tiempos de coqueteos de Cristina con el cordobés, que había arrancado su regreso a la gobernación mediterránea con un ninguneo al kirchnernismo cordobés en las listas, pero luego había aceptado bajar su nómina a diputados nacionales para permitir la jugada de Cristina.
Desde las provincias unidas hasta el Tercer Cuerpo de Ejército de la dictadura, Córdoba siempre tuvo una reconocida influencia política sobre San Juan, devuelta nada menos que con un gobernador desde estos valles para los mediterráneos: Ramón Bautista Mestre. Y De la Sota forma parte de ese tan surtido como voluminoso intercambio.
Estuvo casado muchos años con una militante sanjuanina que dejó su sello en la provincia, Olga Ruitort. Con ella, se recuerdan varias campañas en San Juan, incluso una en la que su mujer era compañera de fórmula del actual senador Roberto Basualdo. Hay quienes lo tienen a De la Sota intentando cancelar las deudas de campaña con algún auto, o pasando derecho a Barreal, donde el matrimonio construyó un chalé de descanso en el que recalaban varias veces al año y que llamaron La Rosadita.
Hoy, la relación de De la Sota con Ruitort está rota. Se separaron hace años, el gobernador formó pareja nuevamente con una ministra de su gabinete, y se instaló en Río Cuarto. Olga siguió en la política cordobesa, y mal no le va: en la última elección para intendente derrotó al candidato oficialista Héctor Pichi Campana, pero perdió con el hijo de Mestre. Igual, por el sistema electoral cordobés, se coronó como concejal. Y se acercó a Cristina, buena oportunidad para cruzarse con su ex marido, a quien no ve desde que le estamparon la firma al divorcio.
Igual, la relación entre De la Sota y San Juan no se quebró por ese distanciamiento familiar. Y últimamente se intensificó con alguna fuercita de Gioja para integrarlo al lote de los mandatarios K y aquella sorpresiva visita de cortesía a la Fiesta del Sol. Tiempos que ya no volverán.
Hace 15 días, el gobernador cordobés salió a medir hasta qué punto estaba firme la fidelidad de sus colegas cuyanos con la presidenta, y se encontró con un rebote que no le gustó. Fue cuando acudió a la Corte para reclamar por una suma que considera que la Nación le debe a su provincia por la caja de jubilaciones –que Córdoba no giró a la Nación como hizo la mayoría, incluido San Juan- y que el gobierno de Cristina rechaza porque dice que no se puede pedir por decisiones autónomas, como bajar la edad de las jubilaciones.
El chiste fue que De la Sota lanzó una renuncia masiva a un pacto fiscal firmado por las provincias con la Nación en los 90 en el que las provincias cedían el 15% de la coparticipación junto a la creación de las AFJP, que luego fueron eliminadas. E invitó a sus colegas cuyanos a imitarlo. Los mandatarios se desentendieron rápido de la invitación: casi sin mirarlo, mandaron a la carpeta de reciclaje la invitación del Gallego. Y a otra cosa. Entendieron todos que se trataba de mucho más que una defensa de los recursos provinciales: el cordobés está lanzado en la búsqueda de la Casa Rosada y se tiró un piletazo a ver si conseguía un resonante respaldo de algún gobernador K como Gioja. No tuvo suerte.
Macri también es candidato presidencial y decidió visitar a su colega el mismo día que una represión policial en Córdoba contra el ajuste a las jubilaciones se cobraba algunos heridos. Pero no le importó: igual viajó con el argumento de algún convenio que ya nadie recuerda.
En San Juan, hace meses que se lo viene anunciando a Mauricio sin suerte. Aquella vez de la fiesta, la final de la Copa Argentina que también había amagado con acompañar a su escudero Angelici a una muy probable copa levantada y la tentación de verse ganador. Las dos veces hubo sondeos para ver si Gioja lo recibiría en su despacho, y las dos veces la respuesta fue la misma: justo a esa hora hay un evento impostergable, que será convenientemente organizado cuando sea el momento de recibir a Mauricio.
A las razones de los faltazos del porteño a San Juan hay que buscarlas por otro lado. No es San Juan un distrito que tenga un magnetismo electoral excluyente, y en el PRO local los dirigentes no paran de arrancarse los ojos por el protagonismo y la conducción. La otra razón tiene que ver con lo mismo que le ocurrió a De la Sota: tiraron el anzuelo, pero no picó el salmón.