Nada distinto a lo que ocurre hoy con muchas maestras. El esfuerzo de trasladarse a escuelas alejadas para sostener un trabajo, las largas jornadas y el peso por peso que hay que cuidar para llegar a fin de mes. No resultaba caprichoso, entonces, que aquella tarde las señoritas Mónica, Alicia y María hicieran dedo a la salida de la escuela. El ómnibus no aparecía y volver a casa, como siempre, apuraba.
La tragedia de Alto de Sierra: el último viaje de tres maestras
El conductor de una camioneta se ofreció a traer a tres docentes desde San Martín hasta Santa Lucía. Era un viaje como tantos otros, solo que esa tarde de 1976 las tres señoritas ni ese hombre llegaron a sus casas.
Una imagen que hoy se repite y que, ese miércoles 4 de agosto de 1976, a fuerza de apuro pusieron en práctica las tres maestras de la Escuela Primera Ernestina Echegaray de Andino de La Puntilla, San Martín. A Mónica Beatriz Gil de López le esperaba en casa su bebé de 1 año y a Alicia Lucero de Avendaño, su hijo de 2 años. María Raquel Navarro, que había sido novicia durante dos años, era la más paciente de todas ellas.
Ya eran más de las 15. Las tres esperaban con sus portafolios en la parada cerca de las calles Colón y 20 de Junio, pero el colectivo no venía. Dio la casualidad de que pasaba por ahí José Sojo en su camioneta Chevrolet pick up y vio a las docentes exhaustas y abrigadísimas de pies a cabeza, al costado de la banquina. El hombre de 51 años, que tenía hijos de la misma edad de esas jóvenes, frenó la marcha y desde su ventanilla les dijo que si querían las llevaba, que iba hasta Santa Lucía. Su domicilio estaba situado sobre la calle José María del Carril, del mismo departamento.
Las tres maestras, sonrientes y agradecidas, subieron en cuestión de segundos a la camioneta modelo 1973. A la señorita Lucero la dejaba cerca, ella residía por la zona de la avenida Libertador y calle Balaguer. La maestra Mónica Gil después tenía que seguir hasta la calle Tucumán, cerca de Concepción, y Navarro debía continuar rumbo a Chimbas, pero el aventón les ayudaba demasiado, pensaron.
La camioneta salió hacia el Gran San Juan y entró al departamento Santa Lucía por el puente ubicado en el ingreso este, por Alto de Sierra. Después tomó por avenida Libertador. Lejos de allí, en sentido contrario, venía un camión Mercedes Benz con tanque y acoplado, cargado con 18.905 litros de mosto de la bodega Kalejman y con destino a San Martín. Al volante viajaba Jorge Edgardo Tapia, de 18 años, acompañado por Ramón Miranda.
Las maestras hablaban de las tareas de la escuela y le daban charla a don Sojo, que marchaba de este a oeste a una velocidad de no más de 60 kilómetros por hora. Un par de kilómetros al oeste, Tapia puso la palanca de cambio en quinta para ganar minutos sobre la avenida Libertador. En ese trayecto alcanzó al camión Fargo guiado por Antonio Gutiérrez, que también se dirigía a San Martín, pero a una velocidad más baja. El joven chofer del transporte de mosto se impacientó al ver que la marcha se hacía lenta y decidió pisar el acelerador para rebasarlo.
Esa también implicó una peligrosa maniobra con el Mercedes Benz. Se abrió hacia el carril izquierdo para pasar al otro vehículo de carga. Esa acción de cruzarse a la mano contraria y de aumentar la velocidad no se la perdonaría nunca.
Durante los segundos en que intentaba adelantarse, apareció de frente la camioneta Chevrolet. Fue sobre la misma Libertador, a la altura de Callejón Arroyo. Don Sojo no había visto al Mercedes Benz porque venía saliendo de una curva y se topó con el vehículo pesado que se iba encima de ellos. De los dos lados hicieron juego de luces con el fin de que alguno de los conductores detuviera la tragedia. También se escucharon los chirridos de las cubiertas frenando sobre el pavimento.
Ni Sojo ni Tapia pudieron hacer demasiado. El conductor de la camioneta intentó salir a la banquina derecha para esquivar al vehículo de gran porte, pero observó que no tenía margen entre la banquina y el canal. El chofer del camión, instintivamente, realizó la misma maniobra para esquivar a la Chevrolet y no tuvo salida.
En una última acción desesperada, Sojo pegó un brusco viraje para tirarse al centro de la avenida y evitar el choque frontal, pero no le dio tiempo. En esa maniobra recibió el tremendo impacto del Mercedes Benz. El golpe provocó que la Chevrolet diera un trompo y, al abrirse la puerta del acompañante, la propia inercia hizo salir despedidas del vehículo a las tres docentes.
En esas milésimas de segundo, una de ellas voló hacia la banquina, mientras que las otras dos quedaron tendidas sobre la calle, en la línea por donde venía zigzagueando y tambaleando el camión. Hasta que el pesado vehículo volcó y toda su estructura pasó por arriba de las mujeres, con el acoplado desprendiéndose.
El ensordecedor estruendo del choque y el ruido del arrastre de los vehículos aturdieron a los vecinos de la avenida Libertador, a metros del callejón Arroyo, en Alto de Sierra. Cuando el polvo y el caos se disiparon se vio el desastre: el camión y el acoplado volcados y la camioneta destruida en su frente. El olor al mosto derramado le daba a la escena una imagen terrorífica. Más allá, los cuerpos sin vida de Mónica Gil y Alicia Lucero, y de fondo se escuchaban los quejidos de José Sojo y los ocupantes del camión, como también la agonía de María Navarro.
El chofer de la línea 12 detuvo el colectivo y tanto él como sus pasajeros corrieron a auxiliar a los heridos. Los vecinos también colaboraron como pudieron hasta que llegaron las ambulancias y los móviles policiales. Más tarde, se supo que la maestra Navarro falleció apenas llegó al Hospital Guillermo Rawson y que Sojo fue operado y pasado a terapia intensiva. Tapia y Miranda sufrieron heridas y, aunque quedaron internados, estaban fuera de peligro.
La imprudencia de ese joven de 18 años había costado la vida de las tres maestras, pero la tragedia de Alto de Sierra cobraría una cuarta víctima fatal. El domingo 8 de agosto de 1976 dejó de existir José Sojo, después de luchar cuatro días en el internado en el Rawson.
Nada exculpó a Jorge Edgardo Tapia. En la causa testificó una vecina que vio toda la escena previa al choque, lo mismo que su acompañante, quienes declararon que el joven chofer llevó el camión sobre el carril norte para intentar rebasar al otro y desató el accidente. Las pericias en el lugar permitieron corroborar que el choque se produjo sobre la mano por donde transitaba la camioneta y que había actuado de forma temeraria y con total imprudencia.
El joven camionero estuvo preso un par de meses y luego fue excarcelado. El 3 de junio de 1977, el juez Arturo Velert Frau lo declaró culpable del delito de homicidio culposo —cuatro hechos, en concurso ideal— y lo condenó a la pena de 3 años de prisión y 10 años de inhabilitación para conducir vehículos automotores.
Resulta curioso que luego de la tragedia, el caso no se trató más en los periódicos Tribuna y Diario de Cuyo. Solo se dio la noticia del fallecimiento José Sojo, sin hacer referencia a los avances de la causa. Es de suponer que el caso continuó en el fuero civil. Hoy muy pocos se acuerdan de esas docentes que murieron de regreso a sus casas.
FUENTE: Documentos del Poder Judicial de San Juan, artículos de los periódicos Tribuna y Diario de Cuyo, y hemeroteca de la Biblioteca Franklin.