El jueves 17 de enero de 2013, una fuerte explosión se produjo en el interior de un taller metalúrgico de Villa del Carril, en Capital, y como consecuencia fatal un operario murió dos días después del incidente y el otro damnificado resultó gravemente herido. El único sobreviviente, que se quemó el 60% de su cuerpo y se sometió a más de 10 operaciones, recuerda 7 años más tarde la pesadilla que atravesó y por la que- hasta hoy- nadie respondió frente a la justicia.
A 7 años de la explosión del taller metalúrgico en Capital, la pesadilla que sufrió el único sobreviviente
Miguel Ángel Romero, quien realizaba tareas junto al fallecido Gonzalo Luna en el taller situado en la calle Juez Ramón Díaz donde tuvo lugar el accidente laboral, permaneció dos meses internado en el Hospital Rawson en Terapia Intensiva y en el Marcial Quiroga en el área de Quemados. Con problemas en las vías respiratorias, además de las heridas que sufrió por las quemaduras, cuenta que nunca recibió un resarcimiento económico pese a la demanda judicial que inició contra su patrón Roberto Lunas.
"Después de todo lo que pasé, mi salud está a un 70% cuando debería estar en un 100%. Sufro de convulsiones y, además de las marcas en mi cuerpo, en las piernas, el pecho, la espalda y los brazos, me amputaron un dedo de la mano derecha", describe el joven de ahora 27 años que fue intervenido quirúrgicamente por última vez en 2018 y que cuenta que estuvo un año sin voz. "Estuve un año sin poder hablar, me tenía que comunicar a las señas", detalla.
Es que el sobreviviente fue entubado, operado de la traquea varias veces y, producto de una complicación de su cuadro, sus cuerdas bocales resultaron seriamente afectadas. "En una de las operaciones, los médicos trataron de sacarme un stén que obstruyó las vías respiratorias. Me dijeron que al menos estuve unos 5 minutos sin respirar y, como el cerebro no fue oxigenado durante ese tiempo, tuve daños neurológicos. Es por eso que debo tomar anticonvulsivos", explica.
Si bien asegura que durante todos esos años su preocupación mayor fue su recuperación, confiesa que al mismo tiempo vivió un calvario para que alguien se haga responsable por lo que pasó. Por ese motivo, denunció penalmente al propietario del taller ya que consideraba que el accidente ocurrió porque no cotaban con las medidas de seguridad necesarias. "Ese día soldamos sobre un tacho que contenía nafta y no lo sabíamos. Lo hicimos porque no teníamos ni una mesa de trabajo", asevera.
El dueño del taller aseguró el día del siniestro que todo el predio estaba en regla, que contaban con las medidas de seguridad y que “hubo exceso de confianza” por parte de los obreros heridos. Sin embargo, los damnificados y sus familias lo contradijeron.
Acorde al relato de la víctima, la causa judicial contra su ex jefe, su mujer y su hija -quienes habrían participado del manejo del taller- no avanzó demasiado y tras un conflicto con su abogado Diego Sanz desconoce si aún prospera. "Cuando fui al juzgado no me quisieron informar y solo supe con una nueva letrada que el Dr. no había hecho nada. Me dijo que tenían embargados sus bienes pero no pasó nada", reseña.
Un año después del siniestro laboral, dice que Lunas vació el galpón donde tenía montado el taller metalúrgico, demolió la construcción que allí había y vendió el terreno. "Ahora tiene un taller en Pocito el hombre que se portó muy mal conmigo. Hasta me quedó debiendo plata de esos primeros días que trabajé de enero. Estaba en negro, al igual que mi amigo Gonzalo, pero a él lo blanqueó justo después del accidente", manifiesta.
Encarnar el infierno
A pesar de que el recuerdo lo afecta emocionalmente, no ha olvidado ningún detalle del fatal episodio: "Eran las 20 y ya había finalizado el horario de trabajo, pero nos pidió que soldáramos un caño para un amigo (el conocido periodista Rodolfo Uriza). Nos apoyamos en el tanque que había estado todo el día bajo el sol y comenzamos. Primero soldé yo y luego él. Cuando le pasé los electrodos, me di vuelta y sentí el estallido. No teníamos idea que eso podía tener nafta y lo más probable es que un chispazo haya generado la explosión".
Cuenta que la explosión lo tiró a unos metros y cuando se puso de pie se vio prendido fuego. "Miré a un costado y mi compañero estaba en llamas. Yo, desesperado, me saqué la ropa como pude y salí corriendo a la calle", narra y sigue: "Me desmayé y caí en la vereda de enfrente. Cuando me desperté, vi mucha gente, ambulancias y a mi amigo sentado en un sifón".
Cuando llegó la asistencia, ambos fueron trasladados al Rawson. Luna -que no logró sacarse la ropa- fue el más perjudicado. Tenía el 97% de su cuerpo quemado. Dos días más tarde fallecía y Romero recién lo sabría al ser dado de alta.