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sábado 21 de marzo de 2026

Historias del Crimen

Sergio Guerrero y el Día del Niño más triste

El chico, de 13 años, salió a cazar pajaritos en las afueras de la villa cabecera de Ullum. Nunca más volvieron a verlo. Es un misterio, jamás se supo si se fue por su propia voluntad, lo raptaron o lo asesinaron. Por Walter Vilca
Por Redacción Tiempo de San Juan

Aquel domingo prometía ser una jornada de fiesta. Era Día del Niño y en la casa de los Guerrero todos los chicos  pensaban solamente en el chocolate que iban hacer en la plaza central de Ullum. Sergio estaba contento al igual que sus hermanos, pero como faltaban unas horas no quiso desaprovechar el tiempo y salió con su gomera a cazar pajaritos. Dicen que lo vieron cruzar un alambrado para internarse en una finca. Era una de sus escapadas, cuestión de un rato nomás, pero aquel fue un paseo que se tornó dramáticamente interminable. Hace 16 años que todavía esperan a ese chico de 13 años del cual aún no se sabe si está vivo o muerto.

Fue el Día del Niño más triste para Antonia Molina, esa mujer humilde madre de diez hijos que ya no sonríe de la misma manera desde aquel 11 de agosto de 2002. Sergio David Guerrero, su hijo, se fue como quien va a la esquina y no regresó más. Su caso es otro de los grandes enigmas en San Juan, y su nombre figura, como el Matías “Yiyo” Villafañe, en la larga lista de chicos desaparecidos en el país.

El paisaje en la villa Santa Rosa y el aspecto de su gente hoy es otro, pero el tiempo parece haberse detenido en ese mediodía de domingo en el que Sergio daba vueltas por su casa, ansioso por salir. Su leve retraso mental lo hacía más inocente y despreocupado, tanto que ese día pensaba más en ir a ayudar a su madre en su labor de peón de finca, que en el festejo del Día del Niño. Antonia le explicó que no se trabajaba, que se distrajera que a la tarde tenían el chocolate en la plaza de Villa Ibáñez, en el centro de Ullum.

Ese día supuestamente no hubo discusiones ni regaños. Sergio andaba tranquilo por el patio de su hogar, un rancho de adobe y caña en el que vivía junto a su madre, sus nueve hermanos y una sobrinita. Es más, nadie se dio cuenta cuando se marchó. Una vecinita contó que lo vio por los fondos del asentamiento y que cruzó un alambrado para adentrarse a los campos de una finca.

No era la primera vez que se ausentaba de esa forma. Sergio jugaba en ese entonces a ser Rambo o Arnold Schwarzenegger y le gustaba divertirse imaginando que era un héroe poderoso o un gran cazador. A su mamá y a sus hermanos no les extrañó que saliera o se demorara, pero un silencio aterrador se apoderó de la casa con el transcurso de las horas. El chico no regresó y la incertidumbre empezó a crecer.

Como en la historia de “Yiyo”, también supusieron que se había extraviado o que se había ido por propia voluntad, quizás molesto por un reto. Primero fueron sus familiares, después los vecinos. Los comentarios por el chico perdido comenzaron a propagarse y al otro día los policías de la Seccional 15ma ya lo andaban buscando o pidiendo colaboración a las otras dependencias policiales.

Pedían información o cualquier dato de quien haya visto a ese chico morocho y bajo, que vestía un jeans azul, un pullover azul con amarillo con la inscripción de “Mickey” en el pecho y unas zapatillas de cuero color marrón. Su desaparición conmocionaba y día a día se sumaba gente a la búsqueda. Los baqueanos de la zona, las brigadas de rescate de la Policía y de Gendarmería, el club de amigos de camionetas 4x4, grupos de motociclistas y muchos particulares que con sus caballos rastrillaban las afueras de la villa cabecera de Ullum, los ríos y los diques. Hasta un helicóptero sobrevoló Ullum y Zonda.  Otros revisaban los campos, las fincas y los pozos de agua o de las viejas bodegas, pero todo era inútil. Una huella de zapatillas, similar al calzado que usaba Sergio, fue encontrada en una margen del río y generó esperanzas. Supusieron que quizás andaba deambulando y no quería regresar a su casa. Sin embargo, no hallaron otros rastros ni indicios de su posible paradero y entonces volvió la angustia.

Al final descartaron que estuviese escapando. Ya eran muchos días y era imposible que un niño de esa edad y con su discapacidad sobreviviera en medio del campo y burlara a tremendo operativo. También desecharon la hipótesis del extravío, de ser así tendrían que haberlo localizado con los kilómetros que rastrillaron en los alrededores. Entonces se centraron en la sospecha de un accidente o una caída casual en algún pozo, pero hurgaron todas las excavaciones o recovecos y no hubo suerte.

Viendo que no había nada por ese lado, los investigadores policiales despuntaron los entretelones de la familia. El único dato era que el padre de Sergio había abandonado a la familia hacía tiempo y que era un alcohólico que divagaba por las calles de Ullum. Existían rumores del posible maltrato de los chicos por parte de la madre, pero no era algo acreditado por testigos. Incluso llegó el comentario de que habrían asesinado al chico y que el autor era un miembro de la familia. La versión resultaba descabellada. El juez que estaba al frente del caso lo pensó y sin muchas alternativas prefirió sacarse las dudas. En un inesperado operativo en horas de la mañana, un grupo de policías de civil y bomberos allanaron la vivienda de los Guerrero, requisaron todo y revisaron hasta el fondo de la letrina del baño. Y nada. Ni la hipótesis más terrible parecía tener un mínimo indicio. Porque si bien especularon sobre un homicidio o un secuestro, no hubo ninguna línea investigativa que tuviese sustento en ese sentido.

A la par de las noticias, el caso de Sergio Guerrero empezó a perder vigencia y espacio en los medios. La familia, muy pobre, no pudo sostener la búsqueda y menos interesar a las autoridades de Gobierno que dejaron de mostrar interés en el caso, lo mismo que la Justicia. El nombre de Sergio quedó relegado en un expediente para la estadística.

Si se fugó para no volver nunca más, si se extravió o murió en un accidente en el campo. O lo asesinaron y ocultaron su cadáver o lo secuestraron como otra víctima de Trata de personas para llevarlo a otra provincia. Son interrogantes que rodean a la misteriosa historia de este chico de Ullum, cuya angustia lleva ya 16 años. Antonia Molina quizás carga con esa pesadilla o sueña que su hijo aún sigue vivo, caminado errante por algún extraño lugar hasta el día de su regreso. En el medio pasaron muchas cosas, entre ellas la trágica muerte de una hermana de Sergio por una descarga eléctrica, pero esa mujer y sus hermanos lo siguen esperando.

 

 

 

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