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sábado 4 de abril de 2026

Historias del Crimen

Mary, la mujer sanjuanina de los dos asesinatos que conmocionaron

Es una de las pocas mujeres que carga con dos asesinatos en su haber. Tuvo una niñez y una juventud muy dura. Quitó la vida a su propio hijo y posteriormente asesinó a su amante.
Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Walter Vilca

Huérfana de pequeña, maltratada en su niñez, explotada en su adolescencia por su familia adoptiva y sufrida durante su paso por un instituto de menores. Ese fue el terrible pasado de Mary, el mismo que la forjó a duras penas y la convirtió en una de las mujeres más recordadas en la historia policial de la provincia por cargar en su haber con los asesinatos de su propio hijo y el de su amante, en dos hechos que conmocionaron la década del `80.

La mujer no tiene pasado, reza el dicho. Pero para entender la historia de Mary Riveros, es imposible no revisar su turbulenta biografía que empezó a escribirse el 10 de octubre de 1955 en el seno de una familia pobre de Santa Lucía. Sin tener conciencia aún, recibió su primer golpe siendo apenas una beba de 2 meses con la inesperada muerte de su madre. Como si eso no fuese un castigo suficiente, a los 3 años perdió a su padre.

Su única familia fueron entonces sus sietes hermanos, que la criaron en medio de las adversidades. Peor todavía, padeció las golpizas de su hermana mayor y de niña salió a lustrar zapatos en la plaza departamental. Su suerte parecía estar echada desde el principio. Al tiempo la entregaron a una familia conocida esperando que tuviera un mejor destino, pero otra vez la pasó mal en un hogar en donde la trataban como una sirvienta y un despojo. Así formó un fuerte carácter y se rebeló. Eso acarreó que a los 16 años la enviaran al internado del instituto San Juan Eudes. Nada la ató y llegada la mayoría de edad escapó a Buenos Aires buscando ese futuro incierto. Curtida por su penosa historia, trabajó en lo de siempre: de empleada doméstica. Y así vivió en la gran ciudad por algunos años hasta que conoció el amor y formó pareja con un hombre con el que tuvo un hijo.

Un regreso maldito

La felicidad no llegó con ese amor ni con ese niño llamado Martín. Por el contrario, Mary regresó sola, con un hijo de apenas meses que, aparentemente, empezaba a resultarle una carga y tan pobre como se había ido. Volvió a la casa de sus hermanos, pero su desprejuiciada vida y la poca atención que le daba a su nene, le trajo problemas con su familia y la corrieron de la casa. Sin hogar, trabajo ni dinero, anduvo deambulando de un lado a otro de prestado con su pequeño en brazos.

Fue en esas noches de soledad en las que pensó que su hijo estaba sufriendo y que era un estorbo para ella, pero no quería entregarlo para su adopción o regalarlo, pese a que ya se lo habían pedido. Confundida y maltrecha, empezó elucubrar lo imperdonable: el deshacerse del chico. Y esa maldita pesadilla que rondaba en su cabeza, se materializó la tarde del 25 de abril de 1980 en Las Chacritas, 9 de Julio.

Mary cargó a su hijo, caminó a la ruta 20 y consiguió que un camionero la llevara ese distrito. Ahí enfiló por la calle Gilberto Sánchez hasta el canal La Majadita. Miró a su alrededor, se sentó a un costado del cauce y dejó al niño, de sólo un año y medio, parado en el borde. Ella misma después lo confesó: reconoció que en el momento en que el pequeño miraba distraído el agua, lo empujó con uno de sus brazos y lo lanzó a la correntada.

Con total frialdad, miró como el agua se llevaba la vida de su hijo y caminó en la dirección contraria intentando huir. Dio la causalidad que en esos instantes se acercaba un motociclista, que alcanzó a ver al niño llorando en el cauce. Mary reaccionó de inmediato fingiendo estar desesperada y empezó a gritar pidiendo ayuda. Se acercaron otras personas y corrieron a socorrer al nene. Una de ellas se arrojó al agua y rescató a la criatura, que ya estaba inconsciente. Esa tarde, el pequeño fue llevado al hospital pero llegó sin vida.

El caso fue interpretado como un accidente. Los familiares de Mary sospecharon lo contrario. Una de sus hermanas la fustigó diciendo: “¡Qué has hecho con tu hijo!”.  Los policías averiguaron más sobre la vida de la mujer y empezaron a hacerle preguntas. Sus versiones fueron contradictorias, muy dispares a lo que afirmaban los testigos y sus familiares. Su cargo de conciencia no la dejó en paz y finalmente confesó muy arrepentida que arrojó al niño a propósito para no hacerlo sufrir más.

La llevaron presa acusada de asesinato y al año siguiente la condenaron a la pena de 15 años de cárcel por el delito de homicidio agravado por el vínculo. Sus custodios afirman que su castigo fue doble, no sólo soportó el tremendo encierro sino ese gran sentimiento de culpa que la persiguió por siempre por quitar la vida a su propio hijo.

Una corta libertad

A partir de las conmutas de pena, Mary Riveros obtuvo la libertad condicional en julio de 1987 y volvió a la calle intentando borrar su violento pasado. Al tiempo entró a trabajar a una cafetería de calle Laprida, en el centro sanjuanino, y en ese ajetreo diario conoció al taxista José Guerrero, con el que inició un amorío que se convirtió en una verdadera obsesión. Sabía que él era casado, pero poco le importó. Igual esa relación de amantes entró en crisis a los meses a raíz de las supuestas golpizas y las promesas incumplidas del chofer, y entonces el enamoramiento de Mary se transformó en despecho y luego en un odio perverso.

La mujer no esperaba mucho del taxista pero continuaba viéndolo, a su vez mantenía encuentros con otro hombre llamado Juan Salinas. Este último sería justamente el instrumento utilizado por Mary para vengarse de Guerrero, que tenía su parada en las calles Mitre y General Acha, en pleno centro. La propuesta fue concreta, habló directamente de matarlo, y Salinas aceptó sin dudar.

La versión es que Salinas buscó la complicidad de su amigo Orlando Yanabel, que estuvo de acuerdo en ejecutar el macabro plan para aniquilar a ese hombre que ni siquiera conocían. Ambos se reunieron con la mujer y acordaron la forma de asesinarlo. Yanabel sólo puso una condición para participar, que Mary le devolviera la gentileza: le pidió que matara o, al menos, tajeara el rostro a su hijastra, a quien aborrecía.

Los dos hombres planearon abordar el taxi de Guerrero como cualquier cliente y llevarlo lejos para después asesinarlo. Llegado el día pusieron en práctica la maniobra, pero en el momento que debían atacarlos se arrepintieron y bajaron del Peugeot 404 de alquiler sin decir ni una sola palabra.

El fallido intento no frustró a Mary ni a los sujetos, que volvieron a reunirse y nuevamente acordaron asesinar al taxista. La mujer quiso asegurarse, de modo que propuso actuar de entregadora en lo que sería un falso asalto. Pidió evitar los disparos, lo quería ver sufrir. Dicen que pensaba llevar un bisturí para cortarle los testículos.

La noche del 14 de abril de 1989, ella llamó por teléfono a la parada de taxis e invitó a Guerrero a encontrarse cerca de la Plaza Aberastain. El chofer concurrió a la cita, minutos más tarde estacionaron el coche en la esquina de Mitre y Güemes. Ahí aparecieron Salinas y Yanabel simulando que necesitaban urgente hacer un viaje. Obvio, Mary hizo como si no los conociera. Es más, ellos dijeron al taxista que no les molestaba que la señora viajara en el asiento de adelante con tal que los llevara.

Guerrero cayó inocentemente en la trampa. Fue así que le ordenaron que tomara rumbo al Norte en dirección a la esquina de Tucumán y Rodríguez, en Chimbas. El viaje no llegó a destino. Cuando transitaban a la altura de la calle Oro, Yanabel tomó del cuello al taxista y le puso un revólver en la cabeza, mientras tanto Salinas agarró con fuerza a Mary para que creyera que ella era una víctima más del atraco.

Desesperado, Guerrero detuvo su coche y atinó a entregarles la billetera, pero empezaron a golpearlo con un cortafierros hasta que lo dejaron desmayado. Una vez que lo tuvieron dominado, lo pusieron en el asiento del acompañante y Yanabel condujo el auto hacia el Este. No perdieron tiempo en el camino. Salinas sacó un cordel que había llevado especialmente para la faena, se lo envolvió en el cuello al taxista y junto con Mary tiraron de los extremos con una furia demencial. En cuestión de segundos lo estrangularon. Como parte del plan abandonaron el coche en una zona de San Martín, próxima al puente de Alto de Sierra, y acomodaron el cadáver de Guerrero en su asiento.

Los tres homicidas escaparon a pie y al rato tomaron un colectivo que los llevó de regreso a Capital. Horas más tarde, durante la madrugada del 15 de abril, encontraron al taxista asesinado dentro de su Peugeot. El crimen despertó conmoción, con decir que sus compañeros tacheros realizaron una marcha en el centro reclamando Justicia y protección para los trabajadores de taxis. Para colmo, en medio de la tragedia de la familia Guerrero ocurrió otra. Araceli Domínguez, la madre del tachero, no soportó la angustia y el dolor por la muerte de su hijo y murió de un infarto el mismo día que velaban al difunto.

Para los investigadores no fue complicado llegar a los autores del asesinato. Un policía había visto a Mary en ese taxi. Además, a partir de las averiguaciones supieron que la mujer mantenía una relación amorosa con el chofer. Todo eso, más su antecedente criminal, la pusieron como principal sospechosa y en cuestión de horas la detuvieron en la pieza que alquilaba en Avenida Rawson. Una vez que cayó presa, no hubo margen para la mentira y terminó por confesar el crimen y delató a sus dos cómplices.

Su segunda condena

Mary tenía 36 años cuando un tribunal la condenó a prisión perpetua por el asesinato de Guerrero, en marzo de 1991. La misma pena recayó sobre Juan Salinas y Orlando Yanabel. La prisión volvió a ser el hogar de la doble homicida, que se hizo respetar en aquellos años dentro de sus muros. Los guardiacárceles cuentan que fue eterna enemiga de Patricia Astorga –la asesina de la médica María Hans de Feldman-, aun así ligó las represalias por la fuga de esta última.

Los años de encierro calmaron a Mary, que aplacó su complicado carácter con el trabajo de fajina y la costura. En esas reuniones en las ranchadas se reencontró con el amor y más tarde contrajo matrimonio con su novio, de apellido Silva. La unión no duró mucho y otra vez se quedó sola. Pero tuvo otra oportunidad y años después formó pareja con el hermano de otra presidiaria, quien la acompañó en los últimos años.

Desde el 2000, Mary comenzó a gozar de los permisos de salidas transitorias y en enero de 2004 consiguió definitivamente la libertad. En los años siguientes se la vio junto a su marido vendiendo diarios en los semáforos de un cruce de calles. De seguro no es la cruel criminal que muchos conocieron, pero su rostro tiene las marcas de su sufrida vida, de sus violentos antecedentes y de los años bajo la sombra en la cárcel. No se sabe si hoy está viva, pero alguno la recuerda de vez en cuando y remueve con nostalgia la memoria de su pasado.

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