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sábado 21 de marzo de 2026

Historias del crimen

"El Loco del Sifón": de violador y asesino serial a padre de familia

Pasado y presente de Eduardo Villavicencio, un sádico criminal que tras 18 años en la cárcel ahora busca redimirse de su oscura historia que lo marcó para siempre. Por Walter Vilca.
Por Redacción Tiempo de San Juan

"El Negrito". "El Negro Villa". Quizás tuvo otros apodos, pero desde que unos periodistas lo bautizaron "El Loco del Sifón", dejó de llamarse Eduardo Adán Villavicencio para recibir ese mote que lo marcó para siempre como sinónimo de crueldad y sadismo. Más de 18 años pasaron desde que empezó a escribirse esa espeluznante historia del joven violador y asesino serial que hoy se reinventa dentro de la cárcel, lejos de ese reciente pasado sangriento y más cerca de su insólita nueva vida como miembro evangélico y padre de una nena.

Hace sólo 6 días cumplió sus 39 años y con seguridad se puede afirmar que pasó más de la mitad de su vida preso. El destino de Eduardo Adán Villavicencio estaba signado, sin querer, desde la pobreza misma de su hogar en Villa José Dolores, el trauma de tener un padre violento y el rencor contra una madre supuestamente ausente en su niñez, y la marginalidad de la calle que lo llevó a delinquir siendo apenas un chico. Según los registros, a los 12 años "El Negrito" ya había probado el alcohol. Después sería el pegamento el que con cada aspiración fue minando su cabeza y forjando su precoz y violenta adolescencia en Rawson. No la pasó bien. Él mismo contó que estando preso en la Comisaría del Menor fue abusado, relató un investigador.

El delito en su sangre

En su prontuario figuran una docena de detenciones por diversos delitos, aun siendo menor. Los policías que lo conocieron relataron que entre esos hechos hay un ataque sexual cometido contra una chica en un baldío de Villa Hipódromo y por el cual nunca pagó por ser inimputable. También existe registro de que estuvo detenido en junio de 1996 por tentativa de homicidio y atentado y resistencia a la autoridad, pero al mes volvió otra vez a la calle.

Para entonces "El Negrito" ya era "El Negro Villa", un adolescente escuálido de tez morocha y rulos con cara de niño que cargaba el odio en su sangre y un perturbador deseo por el sexo violento. Así llegó la madrugada del 6 de abril de 1997 cuando en una de sus andanzas por la noche tomó por sorpresa a una fogosa pareja que se había adentrado a un matorral próximo al viejo boliche Ozono, en inmediaciones de ruta 40 y calle 5. No se anduvo con vueltas. Golpeó al muchacho con un palo e intentó violar a la chica, pero no pudo. Los dos se resistieron y lo obligaron a escapar.

Existe la sospecha de que antes o después de este hecho, hubo otros ataques sexuales de Villavicencio que nunca se conocieron. Lo que sí se sabe es que la madrugada del 21 de diciembre del mismo año repitió la maniobra, también cerca de ese boliche de Rawson. En esa ocasión la víctima fue otra pareja que tenía sexo en un descampado. Tampoco tuvo piedad con ellos. Al muchacho lo dejó desmayado de un golpe con un pedazo de concreto. A la chica la sometió sexualmente. Días más tarde, el mismo Villavicencio le dijo a un policía a modo de confidencia, y con total frialdad: "Parecía una loca..."

A los días fue detenido por la Policía. Por aquella época, los adolescentes en conflicto con la ley tenían un pabellón de menores en el Penal de Chimbas. Y ahí fue a parar. Tuvo sus vaivenes, sus momentos de depresión y autoflagelación y otros de claras muestras de recuperación con actividades como sus artesanías de madera, su interés por la escuela, su gusto por participar en la radio del Penal, su apego a la religión y su inspiración con aire de poeta que le hacían escribir versos para una enamorada anónima.

Un año y medio estuvo entre rejas hasta que el por entonces juez de Menores Carlos Ramírez lo llevó a juicio. El magistrado lo condenó a 10 años de prisión, pero el fiscal y la asesora de menores argumentaron que no se le había dado el tratamiento tutelar y, en razón de que mostraba predisposición para reinsertarse en la sociedad y una excelente mejoría en su comportamiento, correspondía dejar en suspenso la pena. Tenía concepto de "muy buena" conducta.

El despertar de la bestia

El 30 de noviembre de 1999, "El Negro Villa" fue puesto en libertad. O era un gran farsante, o ni él medía su grado de impunidad. Y es que cumplió las exigencias impuestas por el juzgado y el 21 de enero inicio el tratamiento psicológico exigido. Increíblemente, al otro día de esa primera sesión, salió en su bicicleta de madrugada a buscar a sus víctimas como un animal salvaje en busca de sus presas. Fue al azar. Podría haber sido cualquiera. La mala suerte quiso que fuese el matrimonio Quiroga, que la noche del 22 de enero del 2000 dormía en su casa del barrio Sarmiento. Con el más sigiloso silencio trepó el portón y entró a la casa como un ladrón cualquiera para desatar una masacre en el dormitorio de la pareja. Llevaba un cuchillo, pero también agarró un sifón decorado con flores pintadas a mano que había sobre una mesa de luz.

Villavicencio descargó su furia golpeando hasta dejar moribundo a Francisco Quiroga mientras que amenazó a su mujer no vidente y la violó en la misma cama. Cuando se cansó de someterla, la dejó maniatada a lado de su marido que aún tragaba su propia sangre y agonizaba. Como un fantasma, él se esfumó arriba de su bicicleta en medio de la oscuridad. Minutos más tarde, la pequeña hija del matrimonio ayudó a la señora a liberarse. Desde esa noche, el padre de familia quedó en terapia intensiva.

Por aquellos días nadie sabía que el autor de tremendo ataque era Villavicencio. Él, por su parte, permanecía inmutable: su cinismo fue tal, que el 3 de febrero volvió a visitar al psicólogo en otras de sus habituales sesiones. Entre tanto, el desconcierto en la Policía se extendió por dos semanas tratando de buscar pistas firmes sobre ese sádico desconocido. 

Su sed criminal quiso que nuevamente apareciera la madrugada del 6 de febrero como un perro rabioso en el barrio Escobar, en Rawson. Otra vez andaba en su bicicleta. Villavicencio se coló por una ventana y entró a una vivienda. Puede que sea pura coincidencia o no, pero esa noche blandió en una mano un sifón de soda que encontró en la cocina y en la otra empuñó un cuchillo. Fue directo a la habitación de los dueños de casa. La arremetida fue más dura y sanguinaria que la anterior. Le pegó tanto en la cabeza a Daniel Fernández con ese sifón, que lo mató en su lecho sin que éste pudiera defenderse. El sufrimiento de su esposa fue doble. Además de ver cómo asesinaban a su marido, tuvo que soportar el humillante y despiadado ultraje con el cadáver al lado.

El asesino y violador la maniató y empezó abusar de ella de una forma demencial. Fueron cuatro horas de la más terrible tortura. Villavicencio se regocijaba introduciéndole objetos en sus partes íntimas, insultándola y escupiéndola. Sus manos llenas de sangre quedaron marcadas en distintas partes de la vivienda. Se dio hasta el gusto de levantarse de la cama y comer en medio de todo ese infierno. Como si nada, después robó algunas cosas en un bolso y escapó en su bicicleta. Tras sus pasos dejaba otra violación y un homicidio. 

Sólo fue cuestión de horas. Los investigadores consiguieron la descripción del supuesto atacante gracias a una testigo que lo vio escapar, eso terminó de poner en la mira a "El Negro Villa". Conocían sus antecedentes por violación. Es así que la misma tarde en que unos periodistas lo bautizaban "El Loco del Sifón", Eduardo Villavicencio caía preso.

Once días más tarde moría Francisco Quiroga, la víctima del ataque del 22 de enero. Se consumaba el segundo asesinato y "El Loco del Sifón" ya era tristemente famoso. No mostró arrepentimiento ni negó sus crímenes en aquellos días, su resentimiento no daba espacio para compungirse. Hubo momento en que hasta parecía jactarse de sus crímenes, contó un policía.

Su presidio 

Al tiempo vino el remordimiento, la soledad y su cargo de conciencia. Las largas jornadas bajo la sombra y la condena social eran su castigo. Fueron esos días en que a modo de martirio se lastimaba, como esa vez que se grabó una cruz en la frente con un hierro caliente o se quemó el rostro buscando tal vez borrar su lado maligno y su propia desgracia.

El jueves 22 de noviembre de 2001, el tribunal compuesto por los jueces Diego Román Molina, Raúl Iglesias y Arturo Velert Frau coincidió con el fiscal de cámara Gustavo Manini y lo condenó a reclusión perpetua con la accesoria por tiempo indeterminado. Lo consideraban tan peligroso que lo mantuvieron esposado en todo el juicio y durante la lectura del veredicto.

Su nueva vida

Villavicencio tuvo distintos estados de ánimo y vivió de todo en la cárcel con otros asesinos y violadores. Tampoco faltaron las peleas. Dicen que protagonizó al menos tres violentos incidentes contra otros internos. En uno de esos últimos episodios, le partió la cabeza con un hierro al reo Alfredo Galleguillo en julio de 2014.

Es que era complicado. No era cualquier preso, sino un peligroso sujeto con una personalidad psicópata y una marcada inestabilidad por su inmadurez afectiva y la sensación de abandono familiar que lo seguía persiguiendo y lo mortificaba como la soledad de su presidio.

Los años igualmente lo fueron domando y a fuerza de encierro encontró alivio en la palabra de los hermanos de la Iglesia Evangélica. Logró terminar la escuela primaria. Otro de sus refugios fueron las actividades manuales con la talla de madera. Y por primera vez en muchos años sintió que una mujer lo amaba como nunca antes lo habían hecho. Lo que empezó como una amistad con la hermana de otro reo se convirtió en un noviazgo y luego consiguió que ella fuese su mujer. De esa unión nació una niña, la que recorre los pasillos interiores de la cárcel y comparte la ranchada como otros tantos chicos que visitan a sus padres privados de la libertad.

Puede que la paz haya llegado por fin a este hombre que hoy tiene 39 años y parece redimirse del calvario que él mismo sembró allá entre 1999 y 2000, mientras tanto pasa sus días entre rejas en el pabellón 9 -destinado a los agresores sexuales- del Sector II del Penal de Chimbas esperando las visitas de su mujer, su nena y sus padres que reanudaron sus vínculos afectivos con él. 

La jueza de Ejecución, Margarita Camus ya adelantó en declaraciones públicas que el doble homicida y violador podría volver a la calle en el 2021 a partir de las salidas transitorias. Hay quienes dirán con razón que merece otra oportunidad en la vida y que ya está pagando sus deudas, pero también es cierto que nadie podrá borrar el sufrimiento que causó a sus víctimas y a los que los heredaron ese dolor. El tiempo dirá qué sucederá con él, pero por ahora Eduardo Villavicencio seguirá siendo para todos "El Loco del Sifón". 

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