Después de realizar los documentales “Encuentro en Medio Oriente”, reflexionando in situ sobre el conflicto territorial entre Palestina e Israel, y “Apartheid, voces en blanco y negro”, adonde viajó a Sudáfrica para reflejar aquellos tiempos de segregación racial, el guionista Federico Marcello había concretado la idea de un tercer trabajo viajando a China, con la finalidad de conocer, acercarse e interactuar con esas personas que, a diario, forman parte de la vida cotidiana argentina.
Desde el vamos Marcello tuvo en mente experimentar poniéndose en el lugar del otro, entender y acercarse al otro. En este caso el otro sería “el chino”, ese que vemos a diario en los supermercados, trabajando de sol a sol, de lunes a lunes, aparentemente siempre con la misma expresión y dueño de las mismas cinco palabras en español, que logró aprender del escaso ida y vuelta con el cliente.
Ese documental inicial fue mutando por otra idea que una noche de fines de 2012 lo fue desvelando... y conflictuando. “Una historia de ficción que se fue fagocitando el testimonio, la verdad”, confiesa Marcello.
Claro, la propuesta de ese guión fantasioso fue creciendo y cautivándolo: un argentino viaja a China para poner un supermercado allá, en venganza porque su padre, dueño de un almacén de barrio, tuvo que cerrar su local en los ‘90, ante la oleada de los súper chinos. Treinta años después, Facundo -el personaje- viaja al otro extremo del mundo para reivindicar el negocio familiar y quedarse allí hasta ser testigo del cierre de un comercio chino.
“Podía haber elegido filmar en el Barrio Chino, es cierto, me hubiera salido más barato, pero decidí respetar algo de la concepción inicial yviajé a Fujian, la provincia de donde viene el 85% de los chinos que viven en la Argentina, para conocer de verdad su idiosincrasia. Quería mostrar la cultura y la realidad china, y ponerme en los zapatos y en la piel de los chinos que están acá e intentan insertarse en nuestra sociedad como pueden”, explica el autor intelectual, que pagó viaje, estadía de tres meses y el alquiler de un almacén de su bolsillo.
Porteño, de 38 años, Marcello es un apasionado de su trabajo y lo defiende a pulmón, junto al productor Pablo Zapata (ambos, también, actores en el film). Terminarlo les llevó cinco años de ardua labor física y económica, pero lograron que la película fuera vista por miles de argentinos. “Nos costó lo que hoy vale un departamento de un ambiente en Caballito, pero el dólar estaba barato. Hoy sería una misión imposible”.
A principios de 2018 recorrieron durante dos meses diez provincias para difundir una película ingeniosa, distinta, sin ningún tipo de apoyo ni subsidio. Lo hicieron en un auto ploteado y con una propaladora anunciando los días y horarios de proyección, que se realizaron al aire libre. “Es muy difícil encontrar un distribuidor, parece que no logramos convencer a nadie”, sostiene -pese a todo- con simpatía este hombre orquesta, que llegó de Santa Fe, ciudad donde se proyectó el film y ahora espera ansioso que la promoción levante vuelo con su inminente desembarco en el BAMA y el Malba.
Con “De acá a la China”, Marcello desmitifica ciertas creencias urbanas que se tienen sobre los chinos, como, por ejemplo, que les paga su gobierno para abandonar el gigante asiático, o aquella otra que desenchufan la heladera durante la noche para aminorar costos. “Nosotros nos propusimos ponernos en el lugar del otro e invitar al espectador a reflexionar, a partir de una comedia dramática”, enfatiza el flamante debutante en la actuación “¿Quiénes son los chinos? ¿De dónde vienen? ¿Por qué vienen a la Argentina y por qué abren supermercados?” Fueron tres meses inolvidables pero cuesta arriba rodando en Fujian, provincia en el este de China, frente a las costas de Taiwán. “Teníamos muy pocos recursos e íbamos planeando cada día de trabajo adaptándonos a lo que se conseguía”.
Pero el esfuerzo trajo una dosis de fortuna y esas casualidades de ficción que no se creerían se produjo. “Tuvimos la suerte de conocer a Eugenio Donatello, un argentino radicado en Fujian que nos abrió las puertas de su mundo, nos facilitó contactos y hasta nos invitó a su casamiento al segundo día de conocernos”.
Donatello los ayudó a conseguir una locación y filmaron una semana en un almacén que nunca dejó de funcionar, pero cuando entraba algún cliente debían parar. “Conocimos la calidez, generosidad y simpatía del chino, pero sobre todo la del natural de Fujian, ese que forma parte del paisaje urbano argentino: tímido, retraído, quizás desconfiado”.
Los noventa días en China le sirvieron para plasmar lo que querían contar en esta película pequeña pero inmensa en su significado, ya que acerca y especialmente humaniza. “Me llamó la atención el nivel de respeto que recibimos por parte de la gran mayoría de chinos que conocimos a lo largo de toda la película. Nos ayudaron y colaboraron desinteresadamente, aún esos clientes que entraban a comprar a la tienda y esperaban, con paciencia, rodar la escena que les pedíamos. Sin esa ayuda invalorable, no habría película”.
Hace tiempo que Marcello está enfrascado en este universo particular y revela una curiosidad que se fue repitiendo entre tantas proyecciones por el país. “Mucha gente se acercó, en distintas provincias, y nos reconoció que había dejado de ir al chino ‘por rechazo, bronca, prejuicio’, pero nos dijeron que volverían después de haber conocido esta historia”.
Fuente: Clarín