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viernes 1 de mayo de 2026

LOS RIESGOS DE LA HIPERFARANDULIZACIÓN

Vida reality

Los ricos y famosos proponen un nuevo entretenimiento, con entregas ilimitadas, que consiste en resolver sus conflictos privados al aire. Moria, Carmen, Doman, Jelinek y Rial. Narcisismo peligroso y el papel de las redes sociales.
Por Redacción Tiempo de San Juan

POR FLORENCIA GUERRERO          



"Cómeme maldito, es una orden”, dijo Jim Carrey en 1998, mientras rompía la regla principal del cine: no mirar a cámara. Con sus ojos clavados en los del espectador, durante la filmación de The Truman Show, en 1998, el actor desnudó un artilugio, y dio a los espectadores novatos aún en la separación de la fantasía y la realidad el extremo de una soga que comenzaban a transitar con la llegada de los realities a la televisión. Después de algunos años, hoy, cuando todo parecía inventado, la caja boba da un paso más: los ricos y famosos proponen un nuevo entretenimiento, con entregas ilimitadas, que incluye el escarnio público del circo romano en vivo y en directo, todo el día.

“Yo empiezo a rezar antes de entrar a su casa y no deprimirme. El marido, los amigos no la ayudan, no hacen nada por ella. La droga nunca es buena”, advirtió el martes 15 Moria Casán, luego de pelearse frente y tras de cámaras con su hija Sofía. Después de hacerlo, la diva comenzó un raid televisivo en el que no escatimó detalles sobre la vida privada de su única heredera. Mientras intentaba defenderla, su compañera en Malas muchachas, Carmen Barbieri, aprovechaba para cuestionar a su hijo, Federico Bal, por no llamarla tan seguido como quisiera. El joven venía, el año pasado, de quedar en medio del escándalo cuando su padre, Santiago, dejó a Carmen por la bailarina Ayelén Paleo.

“Hay algo de narcisista en la posición de quien se erige como juez del otro, que observa lo que pasa. Una hija que se va y calla mientras su madre insiste en pegarle aun cuando ya fue derribada. Lo mismo ocurre en las separaciones de famosos, cuando él o ella avanzan cambiando su perfil para mostrar su nueva vida, sin pensar en que su ex ni empezó el duelo”, analiza la psicóloga clínica Beatriz Goldberg.

La tendencia comenzó hace algún tiempo y en estos meses dio como resultante a grandes exponentes del nuevo género televisivo: venga, destruya y cobre. En el archivo de la retina aún están frescas historias de amores truncos como el de Karina Olga Jelinek y Leonardo Fariña, que por estos días se disputan en los medios un departamento y una pava eléctrica.

Para promocionar algún espectáculo o por inseguridad personal, ciertos representantes de la farándula siguen apostando a abrir el boquete de aquella ventana que una vez sólo tuvo 21 pulgadas. “Todas las personas tenemos de un modo u otro vida pública. Lo que podemos exigir es el derecho a la exposición o no exposición mediática. Cuando alguien permite o sale a contar lo que pasa en su fuero personal, hay una búsqueda de otra cosa, una especie de satisfacción en ello”, analiza la socióloga Rosa Julia Bellizzi.

Ya lo anticipó George Gerbner a fines de los ’90 con la mentada teoría del cultivo. La alta exposición permanente de entre tres y cuatro horas al televisor lleva a una pérdida segura de la reflexividad. La realidad cambia de plano y las razones y cristales con las que se analiza la vida cotidiana se distancian de alguna esperanza de realidad. A esto, Bellizzi agrega nuevos elementos: “La inmediatez de las redes sociales sumó vertiginosidad. Todo se volvió urgente y es pasible de ser exhibido en el cóctel sin hielo que sirve la pantalla chica”.

Lejos quedaron los bellos tiempos en que las figuras públicas mostraban menos de lo que vivían. No hay red que contenga un fenómeno en el que las vidas ya no son privadas y la intimidad ya no se guarda en un placard. Gracias a Facebook y Twitter, mostrarse es una manera de pertenecer. El deseo de ser alguien en esta era mediática parece apocalíptico para el psicoanálisis. El narcisismo parece haber encontrado, a fuerza de empujones, la manera de ser bien recibido socialmente.

La psicóloga Beatriz Goldberg suma elementos: “Antes, la comidilla estaba en los reality shows; ahora esa mirilla de la vida ajena se expandió y se mete en la vida de los ricos y famosos. Hurga en su intimidad y les demanda más”. “Sangre, quiero ver sangre”, parece gritar la platea enardecida ante cada retazo de intimidad.

“No te voy a dejar ver más a Helena”, amenazó en el fragor de la pelea Sofía Castiglione. Entonces, la niña de 5 años dejó de ser “hija de” para tornarse en botín de guerra. “Por más que los hijos sepan que hay reglas del juego que implican exponerse –critica la psicóloga–, todos terminan lastimados y la autoestima de los chicos es golpeada. ¿Alguien se preguntó cómo afectará todo esto a la menor? Helena puede ser la próxima Sofía Gala o puede ser una víctima del show”.

Semanas antes, el periodista Fabián Doman subía el perfil haciendo pública su separación de Evelyn Von Brocke en la tapa de las revistas y tampoco se privó de hablar sobre el supuesto de sus dos hijos menores, Cocó y Marc, fruto de su relación con la periodista. “Ellos me piden que busque novia”, afirmó sin pelos en la lengua. Algo similar ocurrió cuando su colega Jorge Rial mediatizó el divorcio conflictivo con Silvia D’Auro, y esta lo acusó de manipular a sus hijas.

Cuando la norma de usos y costumbres decía que el promedio en las mediciones de rating era de 30 puntos, todo parecía en orden. El problema para los programadores apareció este año, cuando Marcelo Tinelli se bajó de la grilla y los números con suerte superan los 16 puntos. Frente a esos resultados, algunos abonan la teoría de la probeta virtual. “Estamos en presencia de un proceso de experimentación. La falta de Tinelli obligó a los canales a reaccionar, y en ese juego se llega casi hasta el hueso. Siempre parece que hay algo más para contar. Antes eran las vidas privadas de gente pública. Ahora se abren las puertas de la casa de personas con bajo perfil”, dice Goldberg sobre el fenómeno abierto.

No es un secreto: la televisión es un negocio y lo que no vende, no sirve. Eso es lo que subyace en los dichos de la socióloga: “El público en general consume como entretenimiento todo lo que le permita escandalizarse. Los programas de chimentos ya no son los únicos que exponen estas cosas y eso tiene que ver con el interés de sumar al encendido más público cuyo interés está en el apego a las cosas que combatimos”, opina Bellizzi. Hay un deseo que en el fondo implica en el espectador una diferenciación, un proceso de evasión. El tema es cuando divertirse masivamente con el dolor ajeno se vuelve costumbre.

¿Cuál es el límite o quién puede ponerlo, cuando lo que está en juego es la propia existencia de los involucrados? Bellizzi propone su mirada: “Estamos frente a un cambio radical que también expone la diferencia en el ejercicio de la comunicación. Cuando se hiperfaranduliza la vida privada de las estrellas, lo que hay de trasfondo es el empleo del rumor por sobre los datos concretos. Para mí, hoy más que nunca, en cuestiones que involucran menores, en lugar de decir lo que sabés, hay que callar lo que debés, porque cuando quieras parar la bola, será tarde”. Según la socióloga, existe un deber en los programadores de televisión, de frenar lo que ocurre.

Las estrellas actúan mientras nosotros las miramos extasiados. La fascinación por la vida pública de los famosos no tiene límite y la voracidad por consumir parece la nueva droga de diseño.

Algunas veces es por los cinco minutos de fama. Otras, por mantenerse en ese estatus. Pero en ambos casos, alguien paga el precio. “Ahora se destroza mediáticamente la imagen de las personas próximas. Madres contra hijas, esposos contra esposas y no hay pruritos en meter menores de edad. Estas cosas perjudican profundamente a los chicos, no hay costumbre que pueda servir para evitar un daño tan certero como el exponer tanto la vida de alguien”, aporta Goldberg.

Pero a esta instancia no hemos llegado por generación espontánea: hay mecanismos y herramientas que operan agilizando los procesos. “Es un circulo vicioso. Uno consume lo que le dan, pero a la vez le dan lo que consume”, sentencia Bellizzi, casi sin esperanzas de solución inmediata. Mientras tanto, allí, en el firmamento de lo que se ve, están ellos. Nuestra nueva fascinación, las celebridades dispuestas a darnos más y que el ritmo no pare hasta que no quede nada para destrozar. Por ahora, la fiesta parece gratuita. Pasen y vean, mientras dure.

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