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domingo 5 de abril de 2026

Crimen en Montañita

“¿Dónde estaba Dios cuando mataron a las dos chicas?”

Es la pregunta que se hizo Gladys Steffani -mamá de Majo- en un extenso diálogo con Los Andes. Habló de lo que vio en la morgue, de la lamentable instrucción judicial y de la firme decisión de volver a Ecuador para conocer la verdad de lo ocurrido.
Por Redacción Tiempo de San Juan
Hoy no hay lágrimas en sus ojos. Las hubo el día antes de que su hija partiera, junto con su amiga de toda la vida, en un viaje de vacaciones. También lloró cuando desde Ecuador la "invitaban" a viajar a aquel país para sumarse a la búsqueda de su hija, mientras la televisión, a la misma hora, informaba que en Montañita habían encontrado los cuerpos de las dos mendocinas.

Estalló en llanto en la morgue de Guayaquil, mientras identificaba a su hija. No pudo evitar las lágrimas cuando fue descubriendo mentiras y una instrucción plagada de dudas.

Sollozó en el avión en el viaje desde Ecuador a Mendoza, con los cuerpos de las chicas y previo al velatorio, en la morgue mendocina -donde se hizo una visión ocular y otra prueba de ADN- y finalmente cuando los cuerpos fueron sepultados.

Hoy, Gladys Steffani no llora sino que tiene tanta bronca por lo ocurrido, como esperanzas por conocer la verdad, por la cual sigue luchando cada día y que la lleva a renegar de su fe cristiana: "¿Dónde estaba Dios cuando mataron a las dos chicas..?", fue la frase con la que cerró el diálogo con Los Andes la mamá de María José Coni.

"La despedí con un beso”

Reconociendo ser católica de toda la vida, ahora el dolor por lo irreparable hace que ponga en duda su fe: "por lo menos por ahora. Más adelante veremos".

La mujer, que aún se emociona cuando recuerda que la noche previa al domingo 10 de enero despidió a Majo con un beso en su casa, pero no fue a la estación terminal donde su hija, Marina y cuatro amigas emprendían las soñadas vacaciones de verano.

Y ahora reflexiona asegurando: "Estoy acá, donde vivo, pero quisiera estar allá, donde mataron a las chicas. Son momentos difíciles, tristes, por eso a veces estoy bien y en otros momentos muy mal".

El último contacto lo tuvo con Majo a las 15.36 del domingo 22 de febrero, y "empecé a sospechar que algo les había pasado cuando le contesté con un WhatsApp que nunca recibió. Días después me informaron que el chip de su celular se había roto". Por lo cual, y ante la falta de noticias, denunció el hecho al teléfono 145 por trata de personas, lo que llevó a Interpol a poner un alerta "amarilla".

Una semana después, en la tarde, recibió un llamado de Ecuador, donde se le ofrecía "viajar a Ecuador" para sumarse a la búsqueda de las jóvenes, cuando por televisión vio la noticia de que habían encontrado  a las dos argentinas asesinadas en Montañita. "Tuve una crisis, tiré el teléfono y entonces decidí viajar a aquel país".

Y cuando llegó a Guayaquil, junto con su hijo Felipe, no fue a un hotel, sino que directamente quiso ir a la morgue (inaugurada un par de días antes).

"Y lo que vi me espantó. Un cuerpo deformado por los golpes, al que pude reconocer como el de mi hija por su dentadura, por sus manos y sus pies". Al lado, los restos de Marina, asesinada con un arma blanca, no pudieron ser reconocidos por su cuñado que había anticipado 24 horas el viaje a Ecuador.

"Nunca imaginaron...”

Gladys y su hijo llegaron a Montañita. Recorrieron el terreno de malezas, la arena de las playas y encontraron un estuche que la Policía no había visto, recuperaron prendas, un celular y una cámara filmadora que vecinos del balneario le habían "comprado" a Mina Ponce (uno de los acusados por el hecho), pero ante la difusión del caso entregaron a la Policía.

"En mi visita al lugar me hablaron de un robo, pero ese domingo 22 le vendieron una gaseosa y mi hija sacó de entre la ropa (no usaba riñonera) 10 dólares. Con ese dinero podrían haber llamado a la familia, pero no lo hicieron...".

Siempre la mujer calificó la actuación judicial como "lamentable" y lo refirma: "El primer fiscal (Eduardo Gallardo) llegó a poner en su informe que las "chicas se habían vendido por dinero". El segundo  (Juan Pablo Arévalo) no hizo absolutamente nada y por eso, en solo 23 días, se nombró a un tercer fiscal, en este caso María Coloma Pazmiño, que está trabajando muy bien, haciendo lo que habría que haber hecho cuando se encontraron los cuerpos. Buscando testigos, secuestrando vehículos, es decir todo lo necesario para llegar a la verdad".

También se preguntó de dónde salió la versión de que las chicas habían sido "drogadas" con burundanga (escopolamina, un alcaloide tropánico). "Eso nunca se mencionó en el expediente, pero junto con mis hijos, en la intimidad de una habitación del hotel, a punto estuvimos de probarla para conocer cuáles pueden ser sus efectos".

En medio del diálogo, Gladys reconoció el trabajo de sus abogados en Ecuador, aclarando que el primero que se ofreció para representarlas fue Héctor Vanegas y Cortázar, que terminó tomando  la defensa técnica del principal imputado. Después, por intermedio del juez mendocino Carlos Parma, llegaron a los profesionales Osiris Sánchez y  Hernán Ulloa, a los que después se sumaron otros dos abogados, que "están siguiendo paso a paso el caso".

Finalmente, sobre los detenidos (Alberto Segundo Mina Ponce "el moreno" y Eduardo Rodríguez (a) "El Rojo"),  Gladys dudó sobre si son los "verdaderos culpables", aunque está segura de que "han tenido alguna participación en los asesinatos".

Hoy Gladys Steffani vive rodeada por el cariño y el estímulo de sus hijos: María Emilia, que le dio el primer nieto, Martina, Juan Manuel y Felipe, que la acompañó a Ecuador, mientras sigue firme en su decisión de conocer lo que verdaderamente pasó en Montañita, a donde "volveré en unos días más, porque nunca imaginaron que voy a seguir buscando la verdad que permitirá que las chicas, recién en ese momento, puedan descansar en paz".

 

Eduardo Luis Ayassa para Los Andes


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