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domingo 5 de abril de 2026

En Rio Ceballos

Hallan el cadáver enterrado de una mujer que había desaparecido en 2011

Los restos óseos de Mónica del Valle Molina estaban en una chacra de Río Ceballos. La reconocieron por su dentadura postiza. El principal sospechoso es un constructor que era su amante.
Por Redacción Tiempo de San Juan
Los locales lo repiten, casi ufanándose frente a los que están de paso, que en Colanchanga, una villa serrana a casi tres kilómetros de la cordobesa Río Ceballos, nunca pasa nada. El martes, al fin, sucedió el espanto: el desentierro en los fondos de una chacra del cadáver de Mónica del Valle Molina, desaparecida hace más de dos años. Por el crimen hay un trabajador de la construcción detenido que supo ser novio de la víctima cuando todavía ni él ni ella se habían casado con sus nuevas parejas. Los investigadores, sin embargo, tienen probado que la relación entre ambos siguió vigente, de manera clandestina, mucho tiempo más, hasta que el hombre decidió el peor final.

Mónica, de 48 años, fue vista por última vez el cuatro de agosto de 2011 en la parada de colectivos de la línea urbana N4, frente al Orfeo Superdomo, en la capital provincial. Eran cerca de las diez de la noche y su padre la había llevado hasta allí, luego de visitarlo en su casa de Villa Allende, aunque no se quedó a acompañarla. Una cámara de seguridad de la zona la captó unos minutos después subiendo al colectivo que la llevaría hasta el barrio Empalme, donde vivía junto a su familia.

También se sabe que en el camino envió un mensaje de texto a su esposo: "Poné la comida para las 23 que a esa hora llego", escribió. Pero Mónica no cumplió y su paradero fue una incógnita hasta el funesto hallazgo.

La investigación comenzó al día siguiente y el caso llegó a la fiscalía de Liliana Copello. La primera medida que se ordenó fue reconstruir el círculo de relaciones de Mónica. Así se descubrió que frecuentaba a Ítalo Herrera, un hombre de 50 años dedicado a la construcción, que conocía a Mónica desde la infancia. Los investigadores supieron enseguida que Herrera había sido el primer novio de la mujer, incluso confirmaron que una hermana de ella y un hermano de él se habían casado y estaban viviendo juntos en España. La confianza entre ambos, entonces, era mucha, tanto, que a veces se confundían y la amistad se convertía en un romance furtivo.

Pero ninguno de los dos podía mostrarse. Mónica estaba casada, era madre de tres hijos y se ganaba la vida improvisando arreglos de modista que le aportaban unos pesos al escueto presupuesto de la familia. A Ítalo, en cambio, las cosas le iban mejor: dedicado al rubro de la construcción, tenía gente a su cargo y se daba el lujo de rechazar algunas obras por falta de tiempo.  La solvencia le permitía regalarle a su esposa una vida cómoda, con casa de veraneo incluida, ubicada en un paraje a cinco kilómetros del Dique de La Quebrada, el lugar ideal para concretar un encuentro amoroso y, sobre todo, discreto.

Los detectives descubrieron que Mónica había estado en Colanchanga por testimonios recogidos en la zona. No fueron pocos los vecinos del paraje que contaron haber visto a una mujer de esas características ingresando al campo de los Herrera, aunque nunca les llamó la atención porque venía acompañada del dueño de la estancia.

"Desde el inicio de la investigación Herrera fue considerado el principal sospechoso, incluso se le imputó el crimen cuando todavía no había aparecido el cuerpo", confió una fuente del caso.
El viernes, con las pruebas aportadas por el Departamento Homicidios de la Policía de Córdoba, la fiscal Copello se convenció y ordenó la detención de Herrera. Junto a él se detuvo a un ex empleado suyo que se cree pudo haber ayudado a ocultar el cadáver.

El martes al mediodía, bomberos y policías volvieron a la chacra del detenido pero no hallaron nada. Distinto fue el resultado en el campo de la madre de Herrera, lindero al de su hijo: debajo de piedras y a la sombra de un árbol, las excavadoras  se toparon con los huesos.
A pesar del deterioro, las presunciones apuntan a que se trata de los restos de Mónica. La dentadura postiza, idéntica a la que ella usaba, permanecía intacta. También se reconoció el pullover de lana blanca que vestía el día de su desaparición y hasta la pulsera con dijes de un santo que, estaba segura, la protegía.

(Fuente: Tiempo Argentino)
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