Opinión

La copa, la copa, se mira y…

Breve historia de un país fallido y sus parches económicos para seguir adelante. ¿Dónde está parado San Juan para enfrentar esta pretensión de dar las cartas de nuevo?
sábado, 12 de septiembre de 2020 · 11:00

De Menen a Duhalde, de CFK a Scioli, de Macri a Vidal y ahora de Alberto a Axel. De presidentes a gobernadores bonaerenses está plagada de gestos la historia reciente argentina, algunos en fondos como el del conurbano (Menem), otros con ATN (Cristina), otros con las dos cosas (Macri) y ahora el flamante fondo especial para la policía. Siempre, dinero por debajo de la mesa, calmar a los leones, patear para adelante.

Lo que depara capítulos cada día más tortuosos. De aquellos malestares políticos transmitidos bajo cuerda a esta verdadera sedición desatada por la fuerza policial del distrito más importante del país. Una paritaria a cielo abierto con armas en la cintura que deja a Moyano a la altura de un frijol y puso en peligro el sistema democrático como nunca desde la recuperación en 1983.

De desactivar los peligros de un país caprichosamente diseñado se trata, que hace centro en pocos kilómetros cuadrados y descuida flagrantemente al resto. Y que cada tanto depara alguna salida de curso previsible, ocasionada por esa historia de centralismo descomunal y desmedido que pone a desestabilizar a un país por cuatro cacerolas en Palermo.

Si se tratara de aplicar políticas de fondo a este diseño fallido de país, habría que atacar el huevo de la serpiente: mucha gente en el mismo lugar, poca gente en grandes extensiones. Es la resultante de la historia nacional de los últimos dos siglos, desde su concepción: todo el nudo industrial en un mismo lugar, el puerto, las centrales comerciales, las vías de transporte apuntando todas hacia ese pivote neurálgico, los medios de comunicación.

Encima, toda la burocracia política de los tres poderes del Estado. Hasta la dispersión del virus Covid puede ser atribuido a este accidental diseño nacional. Hasta hace un mes, el 90% de los contagios ocurrían en Capital o provincia de Buenos Aires, que en conjunto reúnen 20 millones de habitantes, es decir menos de la mitad del país. Pero como el resto del país no puede vivir sin contacto con el AMBA, ocurrió lo que ocurrió: Desde San Juan, cualquier mercadería o servicio esencial (desde carne o pollo hasta envíos de compra por internet), vienen desde Buenos Aires en camiones y es imposible no caer en esa red de contagio.

Por todo eso, dos señoras con cacerola en una esquina de Colegiales comunicadas por un canal de noticias “nacional” (esa que informa el clima y el estado del tránsito en el AMBA) puede llegar a desestabilizar un país, mientras que de un encuentro multitudinario en Santa nadie se entera. Ningún país con futuro ha superado un diseño tan absurdo. Alcanza con repasar en nuestro continente a EEUU o Brasil (dos potencias con regiones claramente diversificadas y estructura burocrática desconectada de la económica), en Europa, Asia, donde se busque.

Pero como esos eventuales ataques al asunto de fondo aparecen alejados de la mira (el último fue Alfonsín con su propuesta de trasladar la Capital, hubo anteriores de Perón con las colonias agrícolas para fogonear la radicación de familias porteñas en el interior, incluso en San Juan), la cultura política de turno fue aplicando parches variados.

Desde que se estableció la última ley de coparticipación federal en 1988 (gobierno de Alfonsín) el entonces gobernador radical bonaerense Alejandro Almendariz aceptó una reducción de sus márgenes que depositaron a la provincia en su actual déficil sistémico: menos de un 19% de los recursos para la provincia más grande, con el 40% de los ciudadanos. Por cuerda separada, la Capital fue agigantando su aspiración de fondos hasta convertirse en postal de otro país: ahí, bien pegadito a La Matanza.

Duhalde lo emparchó con el Fondo del Conurbano cuando Menem le ofreció pasar de vice a mandatario bonaerense: era el equivalente a U$S 2 millones diarios, que ante la queja del resto de los colegas, años después se congeló. Cristina abasteció surtido a Scioli a ATN, aportes discrecionales. Macri mantuvo esos aportes y “arregló” un reclamo judicial de Vidal ante la Corte por el congelamiento de aquel fondo. Mientras con la otra mano, decretó sólo con su firma que la Capital pasaría a más que duplicar sus ingresos de manera directa de la Nación justamente para atender a la policía metropolitana.

Ese incremento que acaba de desandar Alberto con la mano extendida y el salvavidas para Kicillof, que seguirá levantando polvareda en el tablero del reparto de fondos federales. Un tópico que hasta despierta nacionalismos huecos, debates antediluvianos de los tiempos en que Buenos Aires estaba separada del país a mediados del siglo XIX.

Argumenta Buenos Aires, como en aquel viejo debate previo a la configuración actual del país, que le conviene ser independiente: aporta más de 20% del PBI y recibe el 5%. No podría ser de otra manera, si tiene al país entero inclinado hacia allá: no sólo el puerto y todos los sistemas de transporte sino las casas matrices comerciales y la burocracia estatal.

Hasta Mendoza se queja y ensaya un separatismo creciente, que ahora hasta amenaza con convertirse en opción electoral: sostiene ser perjudicada por el casi 4% que recibe de coparticipación, pero no ingresa en el cómputo su otra ventanilla abierta. La de los ingresos petroleros, un recurso federal que no es coparticipado con las provincias que no tienen el hidrocarburo.

Por eso, a la situación hay que mirarla con los dos ojos, no con uno solo. Y empieza a tallar San Juan en este efecto revisionista de los ingresos provinciales desatado a raíz de la decisión del Presidente. Lo pronunciaron los propios gobernadores el día después de la decisión presidencial de retrotraer otra decisión presidencial, y por la misma vía (un decreto): la de quitar un punto coparticipable a Capital y dárselo a Buenos Aires, con el argumento de financiar el aumento a la policía rebelada.

Dijeron los gobernadores alineados a Alberto que se sintieron siempre discriminados por aquella decisión de Macri de hacerles firmar el pacto para privilegiar a Larreta con más del doble de los recursos, con el argumento del traspaso de la policía. Por aquel tiempo corría una férrea marca de no levantar un dedo contra la gobernabilidad del presidente, dejarlo hacer. Y Macri lo hizo: dedicó la mayor parte del aumento de fondos coparticipables a su sucesor capitalino.

Ese fue el camino que ahora fue desandado por Alberto, por la misma vía. Y sobre el que muchos mandatarios han expresado satisfacción, con la expectativa de “comenzar a corregir los desequilibrios de un país concentrado”. Punto que requiere más que especial atención en San Juan por lo que implica abrir esta caja de pandora.

Los fondos federales que llegan a la provincia son los que se coparticipan por sistema legal sobre los tributos al consumo (Iva) y a las utilidades (Ganancias). De eso que se recauda, el 61% va a las provincias, que tienen una tabla porcentual. Y sobre esa torta, San Juan recibe el 3,15% del total, un porcentaje generosamente mayor a lo que representa la provincia en cantidad de habitantes, extensión geográfica u otros parámetros.

Para encontrar los motivos de esa buena tajada hay que remontarse hasta la sanción de la ley, en 1988, cuando el entonces presidente Alfonsín requería votos en el Parlamento para su proyecto del divorcio vincular (sí, no era legal). Los encontró, entre otros, en el senador Leopoldo Bravo, quien como compensación obtuvo ese porcentaje decorado que aún hoy se mantiene (sí, también entonces se cambiaban las figuritas en el Congreso).

Para desatar ese nudo, la posterior reforma constitucional de 1994 (post pacto de Olivos Menem-Alfonsín), estableció que hace falta una ley del Congreso ratificada por todas las provincias, es decir que cada distrito tiene derecho a veto si está disconforme. Por ese motivo, nunca fue reformada la ley, ni nunca lo será de no mediar otra reforma constitucional.

Visto de ese modo, lo que le conviene a San Juan es que la copa(rticipación) no se toque. Claro que no sólo operan esos fondos en los estados económicos y financieros de las provincias: también hay otros fondos (los citados ATN o petroleros), los subsidios, los fondos federales en obras, infinitas asignaciones. Y situaciones geográficas que benefician o complican: para San Juan, la distancia al puerto que encarece los fletes y quita competitividad a su economía. Eso sí habría que tocar.
 

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