Opinión

Cuidado, no confundir a Los Pumas con los All Blacks

Juegan al mismo deporte, provienen de países y culturas distintas. Discriminación, sensibilidad social, respeto y elite, divisorias de aguas. El desafío de un sanjuanino.
sábado, 5 de diciembre de 2020 · 10:43

Escribe estas líneas un fanático irracional del rugby. Capaz de perseguir datos insólitos, detalles mínimos, partidos viejos y nuevos, volverlos a ver. Espectador frecuente en cancha de los partidos de primer nivel en el país, desde aquellos All Blacks de la cancha de Ferro en el 85 a los que estuvieron a punto de derrotar Los Pumas si no se le caía esa bola final al flaco Ure, hasta cualquier otro en La Plata o Vélez.

Siempre viendo asombrado a los hombres de negro, admirando su conducta adentro y afuera de la cancha, esa danza tribal que te anuncia que serás pasado a demolición, y a los pocos minutos cumplen. Con la camiseta argentina puesta, lógico, pero sin el mínimo rastro de desazón ante el enésimo intento sin consumar. Y la esperanza de que ocurra algún día, lo que finalmente pasó ahora. Quince días antes de este naufragio.

El episodio del amargo homenaje a Maradona, en evidente contraste al enorme gesto de sus rivales neocelandeces, fue una especie de medidor de sensibilidad en sangre para todo el entorno –deportivo o de cualquier otro tipo-  nacional e internacional. Que reaccionó de modo unánime, con dolor genuino y reconocimiento digno. Excepto Los Pumas, incapaces de recoger del suelo una camiseta de luto dejada allí por el capital Sam Kane en señal de dolor compartido. Que aparentemente no fue tan compartido.

Semejante tamaño de deserción dio impulso a otras búsquedas, muchas injustas por las generalizaciones –todas lo son- otras certeras hacia los datos del pasado, que fueron subiendo niveles en el escándalo. Aquellas citas públicas –las redes sociales lo son- del capital Matera y los jugadores Petti y Socino avergüenzan no sólo a ellos y sus familias, sino a todo el rugby nacional. Y al país por completo.

Pero semejante comportamiento en público de referentes deportivos pronunciando frases imposibles no debe ser adjudicado por completo a sus protagonistas -Matera, Petti y Socino- sino al medio ambiente en que se producen.

El dolor que produjo el adiós a Maradona fue visible y evidente en todo el mundo, sin distinción de procedencia social, poder adquisitivo, lugar de residencia. Con una sola excepción: las elites argentinas.

Hubo auténticas muestras de consternación en todo el planeta, como seguramente no podrá ocurrir nuevamente con nadie: desde las velas en medio de la guerra civil siria, los modernos edificios de China o Dubai alumbrados con su imagen, los estadios brasileños iluminados de celeste y blanco (sí, brasileños), las canchas londinenses más top (la de Chelsea, en el sitio más exclusivo de la capital inglesa, el país víctima de la mano de Dios y del barrilete cósmico) teñidas del respeto más penetrante, el Brooklyn Bridge con su imagen.

Todos, sin segmentación posible. Solamente las elites argentinas –su propio país- se animaron a intentar bajarle el precio. Se puede asistir gratuitamente a su verificación solamente pulsando los medios y redes que expresan a ese sector de la sociedad. Se verá sin demasiado esfuerzo en las palabras caos, vandalismo, anarquía, descontrol oficial, pelea política.

Y Los Pumas son una expresión deportiva muy cercana la élite en Argentina. Como el rugby en general, en donde las experiencias inclusivas de clubes más alejados –como cualquiera de los de San Juan- no gravitan mucho ante el eje Pilar-Boulogne donde se apoya su mecánica. Sin que esa condición denote una calificación, sino apenas una descripción de la realidad.

Esa catarata que suele ser destilada a esas alturas puede ser visible a la distancia. A veces en eventos especiales como la desaparición física de la persona más reconocida e influyente no sólo de Argentina sino del mundo, a veces en la diaria de la vida cotidiana.

La condición de habitar bajo una campana con aislación térmica al exterior es la única explicación posible a una brutal falta de sensibilidad para captar lo que estaba pasando. Es la contraindicación de funcionar en general en una burbuja que se autoabastece, con un muro construido a su alrededor. Eso es una elite. Le ocurrió al rugby en enero con el crimen de Fernando Baez Sosa, hoy reincide por el mismo nervio.

La novedad de la conversión de esas sociedades en expresiones de redes, pudo haber facilitado que sobrevuele la sensación de que todo es posible, que nada tiene costo ni responsabilidad a la vista, aunque las expresiones de Matera hayan ocurrido hace 9 años. Propias de un país de neto corte racista como el nuestro, en el que –peor aún- ese racismo no intenta ser ocultado, sino a veces exhibido. Y celebrado.

En cambio, los All Blacks no son producto de una élite, y se les nota. No podría ser otra cosa, porque la sociedad neocelandesa no es en general racista como la nuestra. En el país de los hombres de negro, el rugby es un deporte de masas, no de elites: es una comunidad de 3 millones de habitantes -como Uruguay- que provee al mundo a los mejores jugadores, los mejores equipos, los mejores campeonatos.

En el que cada evento de los All Blacks o de los equipos regionales suele ser antecedido por la presentación de algún cacique tribal maorí, dando la bienvenida. Ellos, los maoríes, en condiciones de dueños originales de la tierra, luego colonizada como tantos otros. En su caso por la cultura anglosajona, en el nuestro por españoles.

Pero allí están los maoríes como dueños de casa, y cuidadito a alguien que pretenda levantar un dedo, hacer algún gesto despectivo. Absolutamente contraindicado. Para traerlo a nuestro país, sería como si un partido en Argentina fuera antecedido por una danza tehuelche. O un ritual mapuche, esa misma tribu aplastada en los últimos años y su nombre vandalizado por las mismas elites que se burlan del Pu lof. O como si en San Juan un partido de cualquier cosa fuera anticipado por un ritual huarpe. Absolutamente inimaginable en Argentina, teniendo en cuenta el lugar de desprecio y segregación que ocupan en el país los pueblos originarios.

El mismo partido del homenaje neocelandés a Maradona, la bienvenida fue dada por un jefe maorí australiano, porque el match fue cerca de Sydney. Fue largo, extenso. No voló una mosca, ni en los protagonistas, ni en el público. Lo que se llama respeto por los orígenes, racismo cero.

El propio haka es una expresión por excelencia maorí, una danza de guerra de los pueblos originarios preparándose para morir en su lucha contra el invasor anglosajón. Que hoy, vueltas de la vida, lo bailan los jugadores descendientes de maoríes como los Perenara o Umaga o Lomu o Mounga; juntos con los Smith, Jones, Taylor, es decir descendientes de los invasores. Respect, como dice el slogan.

El capitán San Kane explicó en la conferencia posterior que no tiene mucha idea de futbol, sí de sentido común. Y que fue TJ Perenara –medio scrum suplente, maorí y voz cantante en el haka- el que propuso el homenaje a sus compañeros. Hicimos lo que pensamos que era lo correcto, dijo después Kane. A diferencia de los compatriotas de Maradona.

Por esa conciencia del lugar donde están parados, en su última visita a la Argentina los All Blacks pidieron visitar el museo de la Esma, dedicado a la memoria de los desaparecidos en la última dictadura. Allí fueron las estrellas del rugby mundial a un sitio de alto significado para el mundo, excepto para las elites argentinas. Ubicado en un coqueto barrio porteño –Nuñez, a pocas cuadras de la cancha de River- posiblemente muchos pumas hasta vivan cerca pero sin saber de qué se trata. Y tengan la certeza de que “no fueron 30.000”.

No es culpa de ellos sino del ecosistema que los rodea, ahora su desafío es romper el cascarón de aislamiento. Como lo hicieron las viejas generaciones de Pumas, la de Agustín Pichot y la generación dorada del podio en Francia –incluido el actual DT, Mario Ledesma, los Conteponi, Hernández- que dedicó un caluroso homenaje de despedida al 10 y se mostró conmovido como pocos.

Salir del dominio plenipotenciario de las redes, de los fakes, de las movidas por Instagram que atrapan a cualquier incauto. Están creciditos, ya no son bebés. Matera tiene hoy 27 años, cuando produjo esa catarata de fobia racial tenía 19 y 20 años, no iba al jardín. Ya era capitán de los Pumitas.

Cabe reflexionar entonces sobre los motivos por los que el actual asombro no saltó antes, por unos tuits que estuvieron disponibles desde entonces hasta que jugador decidió cerrar su cuenta hace apenas días. Por el contrario, con esos datos a la luz y aún una pelea en un boliche que amenazó con dejarlo fuera del mundial de Inglaterra (le iniciaron un expediente), fue designado capitán de Los Pumas.

Mirar al mundo. Australia tampoco es un país de predominio social racista como lo es Argentina, lo atestigua ese reconocimiento a los originarios en cada cita deportiva importante, en un país con la mitad de los habitantes que el nuestro pero que juega en las grandes ligas del mundo. Siempre hay allí un cacique maorí al que escuchar con respeto. Lo saben ellos, los jugadores de Los Pumas, más que nadie porque son frecuentemente invitados al show.

En Australia, el rugby tampoco es de elite sino de masas, pese a que no es el más más popular: está detrás de cricket, el aussie rules (futbol asutraliano) e incluso el rugby league (con reglas más espectaculares que el rugby union). El año pasado, el mejor jugador por escándalo de Australia, el fullback Israel Folau, fue despedido por la unión de su país por publicar en Instagram comentarios homofóbicos. No pudo jugar más en los Wallabies.

El propio Reino Unido –la cuna del rugby- es otro país a espejarse. Podrán hacerlo fácil: muchos juegan allí. Si existiera un detector de niveles de racismo en sangre, Inglaterra tallaría bien alto, lo atestiguan las minorías asiáticas sin recursos que sufren el acoso diario. Evidente hace poco en el Brexit, un resultado excluyentemente migratorio. Pero a pesar de eso, no se permite la discriminación y menos en público.

Cualquier deportista de elite que hubiera pronunciado las barbaridades de los nuestros –ahora o en cualquier momento- sería automáticamente desacoplado para siempre. Nadie se lo permitiría, menos ahora que antes de cada partido apoyan rodilla en tierra por el Black Lives Matter luego del crimen de George Floyd que conmovió al mundo.

Lo mismo que en EEUU, país que encabeza cualquier ranking en sentimientos racistas en su sociedad. Donde abundan demostraciones de segregación social de manera permanente. Pero jamás un deportista de alto rendimiento diciendo las locuras de Matera y compañía.

En Inglaterra el rugby no es de elite, sino de masas. Llenan Twickenham –la catedral del rugby como Wembley lo es para el fútbol- con un partido de clubes. A full 60.000 localidades para ver un cruce de equipos, lo que pocas veces produce el fútbol en la Argentina. Su campeón de Liga es Exeter, de la ciudad homónima, con apenas 130.000 habitantes (6 veces menos que San Juan). Difícil discriminar y que no vaya todo el pueblo a la cancha. Como en cualquier otro lado de Gales, Escocia o Irlanda, donde el rugby es popular. Pese a su tamaño, Exeter es también campeón de Europa.

Francia es parecido. Hay pasión popular por el rugby, estadios llenos en la liga de clubes, incluso el parisino Stade de France, donde se coronó en futbol por primera vez en 1998. Allí mismo, en el Stade Francais, juegan hoy Matera y Petti. Nada les impide comprender quien es Maradona: el presidente Macron fue quien le dedicó una de las mejores prosas.

A todos los une un deporte que hasta los 90 hizo gala de su espíritu amateur, pero hoy es superprofesional.  Y como tal, tiene sponsors a los que no les hace ninguna gracia descubrir las locuras escritas por los argentinos en su adolescencia. Se vienen nubarrones para ellos en las propias estructuras de sponsors que los sostienen, lo mismo que a Los Pumas: los sponsors que hacían fila para entrar, ahora lo pensarán dos veces.

La solución para todo ese embrollo está en manos de un sanjuanino, Marcelo Rodríguez, a quien el rugby conoce como Manota y es nada menos que el presidente de la UAR. Hoy petardeado de manera furiosa nada menos que por Hugo Porta, quien aseguró que la responsabilidad del homenaje fallido es de los dirigentes, criticó las sanciones a los jugadores y propuso lisa y llanamente un recambio democrático.

Hay en el ambiente una sensación de scrum en favor de la generación anterior, con quienes no habría pasado ni el desplante a Maradona ni la catarata de furiosos tuits clasistas. Parece real: a Pichot, Ledesma, los Contempomi o Fernández Lobbe no les hubiera ocurrido.

Igual, Pichot no está hoy demasiado alejado de la conducción de Manota, ni en el deporte ni en los negocios: el propio Rodríguez atrajo a Agustín a la minera australiana Fortescue, una de las estrellas del firmamento sanjuanino donde tiene influencia el titular de la UAR y ahora el astro es country manager.

Habría que ver qué ocurre si Agustín salta a la conducción nacional. Probablemente no se le escaparía la tortuga, habría algo más de reflejos, podría convivir la sensibilidad social con los negocios de todo deporte superprofesional que, como en todo el mundo, marca límites muy claros que no se pueden desbordar. La ovalada no se mancha.

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