Algunos lo intentaron demasiado tarde, como Fernando de la
Rúa, cuando el poder se le escurría de las manos y andaba a los manotazos para
ver de qué manera podía hacerse de dólares que le permitiesen mantener la
vigencia de la convertibilidad.
Hubo excepciones como Néstor Kirchner, que en sus cuatro
años de gestión no tuvo necesidad de impulsar una norma de esas
características, pero su esposa compensó al promover dos blanqueos, uno por
cada período de gobierno que tuvo.
El Gobierno provisional de Eduardo Duhalde hizo muchas cosas
durante su breve mandato, pero no tuvo blanqueos, mientras que Mauricio Macri ha
impulsado el suyo bien temprano, a la mitad de su primer año de gestión.
Por más antipático que parezcan los blanqueos, no pueden
hacerse cargos contra los presidentes que han impulsado este tipo de medidas.
Las crisis recurrentes, sumadas a la fuga de capitales constante y las
necesidades de caja de la economía doméstica son razones más que suficientes
para justificar estas decisiones. Y no solo aquí en la Argentina: en todo el
mundo suelen aplicarse blanqueos, incluso en el Primer Mundo, donde países como
Estados Unidos o Alemania han impulsado moratorias para atender razones como
las que le asisten a nuestro país.
La historia en materia de blanqueos desde la recuperación
democrática se inicia obviamente con Raúl Alfonsín, quien además de tener que
lidiar con militares aún jóvenes y levantiscos, tuvo que vérselas con una
economía en crisis, producto de una herencia calamitosa, una deuda externa
colosal, y errores propios, claro está. La primavera alfonsinista alcanzó para
superar con éxito las elecciones de 1985, con el Plan Austral como punta de
lanza. Cuando los problemas amenazaban con desmadrarse, se decidió impulsar una
ley de blanqueo de capitales, resistida en un principio incluso por el propio
ministro de Economía Juan Vital Sourrouille, quien desbordado por los
desequilibrios presupuestarios y la urgencia de recaudar fondos para atender el
déficit del Tesoro y mantener vivo el Plan Austral terminó accediendo.
La Ley 23.495 fue aprobada el 11 de febrero de 1987 y
promulgada el 3 de marzo venidero. El régimen establecido preveía la
normalización de impuestos a las Ganancias, sobre los beneficios eventuales,
sobre los capitales, al patrimonio neto; al impuesto al valor agregado e
internos, y un régimen de condonación de sanciones y remisión de intereses.
Vale recordar que la gestión alfonsinista no logró
enderezarse. Se impulsó una segunda fase de ese programa económico, en el que
se buscó incrementar exportaciones y promover importaciones, manteniendo un
delicado equilibrio. Paralelamente trataron de establecer flexibilizaciones,
permitiendo un aumento controlado de tarifas y el tipo de cambio, más la
autorización de incrementos salariales. Las cosas no resultaron como se
esperaba, pues se produjo un rebrote inflacionario, llegando el costo de vida
en julio de 1987 al 8,8% mensual. El año cerraría con una inflación del 80%,
exportaciones en caída libre, y Argentina integrando junto a Brasil y México el
grupo de los tres mayores deudores. Completaba el cuadro una derrota en las
legislativas, incluida la pérdida de la provincia de Buenos Aires, resultados
que comenzaban a edificar el camino de salida del poder del radicalismo.
Cuando para el blanqueo de 2013, diputados del Frente para
la Victoria marcaron similitudes entre el proyecto impulsado entonces con la
ley sancionada en tiempos de su padre, el diputado radical Ricardo Alfonsín
diferenció en el recinto ambos casos, por cuanto el de su padre, dijo, "no se
trataba de un blanqueo”, sino "una normalización tributaria. Los registros eran
absolutamente insuficientes. Se podía decir que no existían registros por los
defectos que tenían los registros existentes. El control de los registros
tributarios en la Argentina era un desastre”.
Señaló entonces que en el blanqueo de su padre "no se
permitía blanquear ningún fondo proveniente de una actividad distinta que fuera
ajena a la empresa que se estaba regularizando; es decir, contenían normas que
claramente impedían que se incluyeran recursos que no provenían de la empresa
que se regularizaba”. Por otra parte, "se establecía una penalización, a
diferencia de lo que ocurre con este proyecto que los premia pagándoles tasas
de interés. Se los obligaba a pagar el 11 por ciento del total de lo que
rectificaban en las declaraciones juradas, porque lo que había que hacer era
una rectificación de la declaración jurada por las ganancias que se habían
registrado desde 1980 hasta 1985”.
El blanqueo de 1992
El presidente que sucedió a Alfonsín también tuvo su
blanqueo. Fue en 1992, a tres años de haber asumido; esto es, cuando transitaba
la mitad de su mandato de 6 años. Carlos Menem impulsó ese blanqueo de
capitales a través de su ministro de Economía, Domingo Cavallo, y supo ser
comparado con el blanqueo de fondos que en 2013 se impulsó durante el segundo
mandato de Cristina Kirchner, por cuanto los fondos no declarados quedaban
exentos de penalidades tributarias.
A principios de la convertibilidad, Cavallo promovió aquel
blanqueo de activos a través de avisos en los medios. En los diarios se
proclamaba la consigna: "Tráigala de vuelta… y póngala a producir”.
El blanqueo sugería el retorno al país de ahorros en moneda
extranjeras y depositarlos por un mínimo de 180 días en el Banco Nación, u otra
entidad financiera que adhiriera expresamente a destinar esos fondos a créditos
para la actividad productiva. Podía blanquearse además la tenencia de divisas
en el país, siempre y cuando se tratara de valores iguales o inferiores a 500
mil pesos, y en esos casos tampoco era necesario declarar el origen de esos
fondos.
El Estado ofrecía beneficios impositivos como anzuelo para
atraer interesados. Así lo señalaba el aviso de marras: "En esta forma, usted
invertirá legalmente esos fondos hasta ahora ocultos, regularizando plenamente
su situación impositiva”.
Ese blanqueo se convirtió en la Ley N° 24.073, denominada
"Modificación del Impuesto a las Ganancias. Impuesto sobre los Activos.
Exteriorización de la Tenencia de la Moneda Extranjera, Divisas y demás bienes
en el exterior”, sancionada el 2 de abril de 1992 y promulgada el día 8 de ese
mismo mes.
El plan estuvo vigente hasta 1994, y tenía como condición
que cuanto más se tardara en repatriar el dinero, más caro resultaba para quien
lo hiciera, y según los especialistas, aportó entre 1,9 y 2,4 por ciento de la
recaudación total durante esos años. A cifras de hoy, hubieran sido entre cinco
y seis mil millones de dólares.
El primer blanqueo K
Promovido como "repatriación de capitales”, el impulsado en
2009 terminó siendo prácticamente un blanqueo de fondos que ya estaban en el
país. Es que apenas el 4,3% de los 18.113 millones de pesos que fueron
declarados por los argentinos en el marco de ese acuerdo fiscal correspondían a
dinero y bienes que se encontraban en el exterior.
Fue impulsado por el Gobierno de Cristina Kirchner hacia
fines de 2008, ya concluida la crisis con el campo y presentado en el marco de
un paquete de medidas anticrisis que incluían cuestiones tributarias y
laborales. Con la intención de sancionarlo en sesiones extraordinarias, fue
presentado por el ministro de Trabajo, Carlos Tomada, y el titular de la AFIP,
Claudio Moroni, el 2 de diciembre en un plenario de las comisiones de
Presupuesto y Legislación laboral de la Cámara de Diputados. En ese marco,
Tomada aseguró que el proyecto constituía "una respuesta racional para
enfrentar los posibles impactos de la crisis en el empleo y la actividad
económica”.
El proyecto establecía que quienes blanquearan fondos sin
repatriarlos, deberían abonar una tasa del 8% sobre el monto, en tanto que los
que trajeran el dinero al país deberían pagar una alícuota del 6%. Si los
invertían en compra de títulos públicos, la tasa bajaba al 3%, pero ascendía al
5% si se hacía en un plazo mayor a los tres meses, pero menor a los 24.
Si se destinaba el dinero a inversiones industriales,
inmobiliarias o agropecuarias, la alícuota bajaba al 1%.
Como ahora con Carrió y los radicales, el Frente para la
Victoria tuvo cuestionamientos de parte de sus aliados: los diputados que
entonces conformaban el bloque Encuentro Popular y Social Ariel Basteiro, Vilma
Ibarra, Cecilia Merchan y Victoria Donda, manifestaron su rechazo a la
iniciativa de blanqueo por considerar que abría las puertas al ingreso de
capitales de dudoso origen, premiaba a los grandes evasores y dejaba en peores
condiciones frente al fisco a quienes han cumplido sus obligaciones legales.
Sostenían que, además de ser desaconsejable desde el punto de vista de la legalidad,
esa iniciativa iba a ser ineficaz para atraer capitales al país.
Exoficialistas como el diputado nacional Felipe Solá, el
exministro Roberto Lavagna y el exgobernador José Manuel de la Sota, lanzaron
por su parte una campaña contra el blanqueo de capitales, en cuyo marco
proponían que, de aprobarse el proyecto oficial, se aplicara un seguimiento
administrativo "de por vida” a quienes optaran por utilizar la herramienta que
ofrecería el Estado durante seis meses. Y proponían una acción judicial, castigo
legal y plena publicidad de los nombres y montos repatriados, "haciendo cumplir
la Constitución Nacional, las leyes y los compromisos internacionales en
materia de prevención del fraude, lavado de dinero y por lucha contra el
narcotráfico”. Adhirieron a esa campaña el economista Javier González Fraga; el
senador nacional Adolfo Rodríguez Saá y el entonces jefe del bloque de
diputados del PRO Federico Pinedo, entre otros.
Le costó bastante al Gobierno de Cristina Kirchner aprobar
ese blanqueo, debilitado como había quedado tras la guerra con el campo. El 11
de diciembre consiguió darle media sanción tras más 10 horas de debate y con
polémica por la metodología de votación. Varios aliados no apoyaron la
iniciativa y algunos kirchneristas no asistieron. Sin embargo, el Frente para
la Victoria superó ese día los fantasmas de la resolución 125.
La votación estaba muy reñida y los tratados políticos con
los sectores políticos afines al kirchnerismo habían fracasado, pero la
conducción del bloque oficialista logró convencer a la peronista disidente
Paola Spatola, al cordobés José Delich, a Lorenzo Borocotó, y a los
legisladores del Partido Renovador de Salta. Con el apoyo de esos inusuales
aliados, sumados al bloque de la Concertación, al Frente Cívico de Santiago del
Estero y al Movimiento Popular Neuquino, el kirchnerismo obtuvo 131 votos a
favor y 104 votos en contra.
Pero para mayor polémica, el sistema informático jugó una mala
pasada y de los 236 diputados presentes, sólo registró el voto de 215
(131+75+9). A los 236 hubo que restarle el voto del presidente de la Cámara,
Eduardo Fellner, ya que en una votación por mayoría simple no vota. Por lo
tanto, faltaron 20 votos.
Los diputados con problemas en la votación fueron todos
opositores: Fernando Iglesias, Patricia Gardella, Norma Morandini, Esteban
Bullrich, Eugenio Burzaco, Omar De Marchi, Luis Galvalisi, Héctor del Campillo,
Liliana Bayonzo, Luciano Fabris, Miguel Angel Giubergia, Alejandro Nieva, Pedro
Morini, Silvia Lemos, Oscar Aguad, Heriberto Martínez Oddone, Daniel
Kronenberger, Laura Montero, Margarita Beveraggi y Rubén Lanceta.
Tuvo que salir la Secretaría Parlamentaria a aclarar que la
última versión de la votación nominal del título III obtuvo 128 votos a favor,
100 en contra y 1 abstención. La discusión se había desatado por distintas
interpretaciones del reglamento y la necesidad de conseguir la mayoría
absoluta. Si era necesario, el voto del presidente del Cuerpo, Eduardo Fellner,
inclinaba la balanza a favor del Gobierno. Pero desde la oposición afirmaban
que Fellner podía votar solo en caso de empate.
Para indignación del ARI, fueron clave para obtener el
quórum los fueguinos Leonardo Gorbacz y Nélida Belaus, quien de todos modos
votaron en contra de la ley. No apoyaron el proyecto anticrisis del Gobierno
nacional Vilma Ibarra, Cecilia Merchán y Victoria Donda, pero también fueron
claves para asegurar el quórum.
A estos nuevos críticos del kirchnerismo se sumaron entonces
el diputado Miguel Bonasso y varios kirchneristas como los santafesinos Jorge
Obeid, Ariel Della Fontana y Walter Agosto, que no asistieron a la sesión para
no provocar una mayor debacle interna, por lo que costó aún más juntar el
quórum pero no se puso en riesgo la votación en general.
Obviamente que la oposición más dura encarnada por la
Coalición Cívica, la UCR y el Pro se opuso al proyecto realizando duras
críticas a la iniciativa del Poder Ejecutivo. A estos bloques, se sumaron
también los peronistas disidentes, los cobistas, el diputado Claudio Lozano,
los socialistas y el SI que lideraba Eduardo Macaluse.
Una semana después ese paquete anticrisis fue convertido en
ley en el Senado. La polémica repatriación de capitales se aprobó con 38 votos,
y en esa misma sesión se eliminó por una unanimidad "la tablita” de Machinea.
Al defender el proyecto, el presidente de la Comisión de
Presupuesto, Fabián Ríos, hoy intendente de la capital correntina, señaló que
la moratoria impositiva para fondos no declarados "no abarca al dinero ilegal o
dinero sucio” y apuntó que el bloque oficialista "tiene perfectamente claro que
aquel que exteriorice capitales no está eximido de ser penado si esos capitales
tienen origen doloso, o se originan en el narcotráfico, o son blanqueo de
dinero”.
Al cuestionarlo, la salteña Sonia Escudero -que integraba el
bloque FpV, pero que solía votar en contra del oficialismo en proyectos clave-
advirtió que si se aprobaba el blanqueo "Argentina será un paraíso fiscal por
unos cuantos años”. Se quejó entonces porque "hay tanto dinero negro
proveniente de delitos que ya hay un problema físico de donde guardarlo fuera
de los bancos”. El kirchnerista neuquino Marcelo Fuentes rechazaba estos
argumentos: "Me alegra que habremos logrado al menos la mitad, el paraíso”,
enreferencia al planteo sobre la Argentina como un "paraíso fiscal”.
La senadora justicialista disidente Liliana Negre de Alonso,
como otros legisladores de la oposición, hizo una fuerte advertencia sobre el
posible lavado de dinero proveniente de la droga que ingresaría al país gracias
al blanqueo de capitales que impulsa el kirchnerismo. "¿No sabemos que el
narcotráfico está invadiendo Latinoamérica? Nosotros le estamos abriendo la
puerta, y estamos sacrificando a nuestros niños, que van a ser envenenados por
la droga”, remarcó la senadora puntana.
Para el radical Juan Carlos Marino, con el blanqueo de
capitales se abría la puerta "al ingreso de dinero del narcotráfico”, al hablar
durante la sesión en que se trata esa iniciativa del oficialismo.
Ya al frente de la AFIP, Ricardo Echegaray sostuvo al
finalizar el blanqueo que la Ley 26.476 había permitido el ingreso al sistema
de 4.700 millones de dólares. Bastante menos de los 19.000 millones de dólares
que el Gobierno esperaba repatriar. Los críticos advirtieron que se trataba de
una parte ínfima de los 45.000 millones que se habían fugado entre 2008 y 2009.
Blanqueo K, parte II
Cuando el kirchnerismo quiso poner en marcha un nuevo
blanqueo, ya en el segundo período de Cristina Kirchner, gozaba de amplias
mayorías que no impidieron las críticas, pero sí consiguieron aprobaciones
holgadas.
El proyecto impulsado por el entonces ministro Hernán
Lorenzino autorizaba al Ministerio de Economía a emitir el Bono Argentino de
Ahorro para el Desarrollo Económico (BAADE) y el Pagaré de Ahorro para el
Desarrollo Económico, que estaban denominados en dólares. Se autorizaba además
al Banco Central a emitir lo que se conoció como el Certificado de Depósitos
para Inversión (CEDIN) en dólares, endosable como un medio de pago para
cancelar obligaciones en moneda estadounidense.
El anuncio fue hecho el 7 de mayo en una conferencia de
prensa brindada por el ministro de Economía Hernán Lorenzino, su viceministro
Axel Kicillof, el titular de la AFIP, Ricardo Echegaray y la presidenta del
BCRA Mercedes Marcó del Pont.
"La idea es transformar ahorros en nuevas inversiones”,
sostuvo entonces Lorenzino, mientras que Kicillof indicaba que "la poca
confianza en la moneda ha llevado a atesorar fortunas no declaradas en dólares”
y que la intención era "encauzar (esos ahorros) hacia el activo más rentable de
nuestra economía, que es la inversión en energía y en construcción”. El
viceministro de Economía explicó que "hubo 50 años donde han ocurrido
devaluaciones recurrentes” por las cuales "la moneda argentina fue perdiendo
solidez” y los argentinos incorporaron una "tendencia a ahorrar en dólares”.
Ese mismo día el diputado de la Coalición Cívica Alfonso
Prat-Gay salió al cruce de la medida afirmando que el Gobierno estaba dando
otra señal de que el modelo y el relato se estaban desmoronando. "Busca
amortiguar la fuerte caída de reservas de us$8.000 millones desde el inicio del
cepo cambiario, tentando a los ahorros en negro”, manifestó, advirtiendo que se
trataba del segundo blanqueo de capitales del kirchnerismo y, sugestivamente,
"lo anuncian en medio de crecientes escándalos por presunto lavado de dinero de
gente muy cercana al poder”.
"Por primera vez se presenta todo el equipo económico en
pleno -dijo- y lo hacen con una medida absolutamente coyuntural que busca
comprar tiempo y que no resuelve ninguno de los problemas de fondo que aquejan
a la economía nacional: la inflación, el atraso cambiario, la caída del empleo
y los inaceptables niveles de pobreza que siguen casi tan altos como cuando
asumió Cristina Fernández en 2007”.
Desde ese mismo partido, pero por entonces en la Legislatura
porteña, Fernando Sánchez recordaba entonces que "ya en el 2008, siendo
diputado nacional, miembro informante de la Comisión de Lavado de Dinero,
anticipé en la discusión del Congreso que este Gobierno iba a hacer una ley que
sólo facilita la impunidad a los corruptos y que carga al pueblo argentino con
la degradación moral que esto significa”. Y concluía: "Lázaro Báez y Cristóbal
López le van a agradecer al Congreso por el favor que les hagan”.
El proyecto comenzó a ser tratado en el Senado dos días
después de haber sido anunciado, y al defenderlo en el debate en las comisiones
de Presupuesto y Hacienda, de Economía Nacional e Inversión, y de Justicia y
Asuntos Penales, Kicillof expresó: "Ahora que la economía ha recobrado un
proceso de crecimiento con inversión, busquémosle una salida productiva, por el
lado bueno de la economía”. Negó en ese sentido que el proyecto de blanqueo de
capitales fuera una "amnistía no legal, porque no vamos a pasar por alto
aquellos relacionados con delitos como la trata”. "Les decimos que ese dinero
úsenlo para algo que le sirva a todos los argentinos”, expresó Kicillof.
Mercedes Marcó del Pont defendió el proyecto relacionado con
el blanqueo de capitales al destacar que el sistema "se ha utilizado en la
Argentina y se utiliza en el mundo”, ya que "es válido para poner recursos
nacionales que han quedado fuera del circuito de la producción”. En cuanto al
Certificado de Depósito para Inversión (CEDIN), Marcó del Pont sostuvo que
estaba orientado "a movilizar parte de esos dólares ociosos y transformarlos en
ahorro potencial que puede financiar sectores importantes para sostener la
inversión y el crecimiento económico”.
Desde la oposición, el senador Gerardo Morales advertía que
no correspondía tratar una iniciativa de esas características "cuando están
apareciendo datos concretos que demuestran de qué manera se ha
institucionalizado un sistema de corrupción en algunas áreas”.
El bloque de diputados nacionales de la UCR, en tanto,
emitió un durísimo comunicado en el que consideró "una burla que poco tiempo
después de conocer las andanzas financieras del expresidente y sus testaferros,
el Gobierno comunique su intención de aprobar el proyecto que necesita para
garantizar, finalmente, la total impunidad de todos sus amigos. El proyecto
prevé que quienes no hayan declarado activos ni hayan pagado los impuestos
correspondientes, puedan blanquearlos comprando bonos del Estado, sin decir
cuándo ni de dónde consiguieron los fondos”. Señalaban que "la ley dice que los
fondos provenientes de delitos de corrupción, el lavado de dinero, trata,
narcotráfico y financiamiento del terrorismo van a seguir siendo perseguidos”,
y se preguntaban: "¿Cómo es que se espera saber si el dinero blanqueado está
vinculado con esos delitos si no hay que indicar el origen de los fondos ni la
fecha de su adquisición?”.
Se hacían también otras preguntas, a saber: "Se supone que
los funcionarios públicos y personas imputadas de otros delitos quedan
excluidos del régimen del proyecto. ¿Qué impide que los Báez, los Fariña y los
Cirigliano puedan blanquear sus activos usando testaferros como los que ya
usan?”.
Tal era el rechazo de la oposición a ese blanqueo, que aun
antes de que llegara a la Cámara baja, los diputados nacionales se reunieron en
conferencia de prensa para expresar su firme rechazo, anticipando que
derogarían la futura ley en caso de recuperar la mayoría parlamentaria en las
elecciones de ese año. Así opinaron representantes de la UCR, el PRO, el Frente
Peronista, el FAP y la CC-ARI sobre la iniciativa que otorgaba bonos para
financiar a YPF y el sector inmobiliario a cambio de dólares de declarados.
"Esta ley no va a reactivar la economía, sino que abrirá una
puerta peligrosísima en Argentina para que se convierta en un paraíso fiscal y
consagrará la impunidad de los delitos de corrupción”, lanzaba el jefe del
bloque radical, Ricardo Gil Lavedra. En el mismo sentido se quejó Gabriela
Michetti (Pro), al sostener que "este Gobierno avasalla todas las normas que
tiene nuestro país” y que "se está destruyendo tanto la Justicia como la
libertad de expresión”, mientras Prat-Gay sentencoaba que "esta ley quiere
llevar a los amigos del poder, los testaferros, del purgatorio al paraíso
fiscal”, al tiempo que Patricia Bullrich (Unión por Todos) consideraba
"insólito” que "la Justicia esté investigando el lavado de dinero y el Gobierno
proponga una ley de este tipo”, a la vez que manifestó la intención de la
oposición de "que se procese a todos los funcionarios que permitieron este
delito”.
El 22 de mayo de 2013 el proyecto recibía media sanción del
Senado por 39 votos positivos contra 28 negativos, en un debate en el que el
presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda, Aníbal Fernández, afirmaba
que el proyecto permitiría al país "seguir en la senda del crecimiento y la
generación del empleo”.
Apenas siete días después el proyecto fue convertido en ley
en Diputados, donde el oficialismo lo aprobó por 130 votos contra 107. "No es
una ley que busca recaudación fiscal ni que aumenten las reservas”, aclaró en
esa sesión que se extendió por casi doce horas el presidente del bloque del
Frente para la Victoria, Agustín Rossi, quien también garantizó que el GAFI "va
a terminar aprobando” el blanqueo, tal como lo hizo en 2008.
Desde el oficialismo aseguraron que la norma permitiría
volcar el ahorro a la reactivación del sector energético y sobre todo al
inmobiliario, uno de los más resentidos en los últimos tiempos. "Se busca
generar la posibilidad y las condiciones para que una parte de ese dinero que
se fue pueda volver y ponerse al servicio de proyectos productivos”, explicó el
titular de Finanzas, Carlos Heller, quien recordó que "el modelo tiene como
pilar que el financiamiento del crecimiento se base en el ahorro interno y no
en el endeudamiento externo”.
La oposición volvió a advertir que quienes blanqueen sus
dólares gozarían de exenciones impositivas y no estarán obligados a informar a
la AFIP el origen de los fondos. "Se le está otorgando un traje a medida a los
evasores, más atractivo (que el blanqueo de 2008), porque es sólo para los que
tienen dólares y no le pedimos nada a cambio”, arguyó el expresidente del Banco
Central, Alfonso Prat-Gay, y añadió que "al que esté fuera de la ley se le pone
la alfombra roja para que no pague impuestos a la AFIP”.
Roberto Feletti, miembro informante del oficialismo,
aclaraba por su parte que "cuando (la moneda no declarada) ingresa en el
circuito bancario formal, las instituciones financieras de Argentina tienen la
obligación de aplicar íntegramente la normativa de lavado de dinero”. A su vez,
Heller recordaba que quienes ingresen en el régimen de exteriorización deberán
cumplir a fin de año con las obligaciones de los impuestos a las Ganancias, a
la Ganancia Mínima Presunta y sobre los Bienes Personales.
Pero la oposición rechazó los argumentos. "Esta ley
solamente puede atraer a los grandes delincuentes, no van a conseguir que el
pequeño evasor saque la plata del colchón para obtener el CEDIN”, opinó el jefe
del bloque radical, Ricardo Gil Lavedra, mientras que el macrista Federico
Pinedo sentenciaba que "Argentina será un país financiado por la delincuencia”
y vinculó el proyecto a la caída de reservas del Banco Central y a "una fuga de
capitales que superó los 100 mil millones de dólares”.
Por su parte, la socialista Alicia Ciciliani interpretaba
que "el objetivo es llegar a octubre más aliviado y garantizar impunidad a
algunos grupos”. "No queremos una devaluación brusca que perjudique a los
sectores populares, pero tampoco queremos poner a Argentina en riesgo de
financiarse en actividades ilícitas”, justificó.
De los votos afirmativos, 110 correspondieron al Frente para
la Victoria y el resto a sus aliados tradicionales. Siete del Frente Cívico
Santiago, cuatro de Nuevo Encuentro y dos del Partido Justicialista La Pampa.
El Movimiento Popular Neuquino aportó sólo dos votos a favor, ya que José
Brillo se inclinó por la negativa. También acompañaron el proyecto los salteños
María Cristina Fiore Viñuales (Partido Renovador) y Walter Wayar (Frente Peronista
Federal). Asimismo el kirchnerismo recuperó los votos de Mariana Veaute (Frente
Cívico Catamarca), el bonaerense Julio Ledesma (Corriente de Pensamiento
Federal) y Jorge Garramuño (Movimiento Popular Fueguino), que en la sesión
anterior habían sorprendido con su rechazo a la reforma al Consejo de la
Magistratura.
El bloque oficialista también perdió el voto de Alfredo
Olmedo (Salta Somos Todos), aunque contó con su ayuda para el quórum. Sin
embargo la sorpresa la dio un diputado propio, Oscar Martínez. Distanciado de
Agustín Rossi en Santa Fe por las alianzas para las próximas elecciones, el
diputado que en el futuro se sumaría al massismo, prefirió no participar de la
sesión.
Además de Brillo y Olmedo rechazaron el blanqueo de
capitales la Unión Cívica Radical, el interbloque Frente Amplio Progresista, el
Frente Peronista, el Pro, Proyecto Sur, la Coalición Cívica-ARI, la bancada de
Felipe Solá y un puñado de monobloques. Completaron los votos negativos los
díscolos del Frente para la Victoria: Omar Plaini y Facundo Moyano de la CGT
opositora y la diputada Blanca Blanco de Peralta, esposa del entonces
gobernador santacruceño.
No dio quórum, pero tampoco participó de la votación,
Alberto Roberti recurriendo así a una estrategia que buscaba no poner en
aprietos a su jefe político, Sergio Massa, quien por entonces no dejaba
entrever si se cortaría solo en las elecciones venideras.
Ahora ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat-Gay puso
fin a ese blanqueo el último día hábil de 2015. Lo hizo al cabo de nueve
prórrogas y un magro resultado. De los 4.000 millones que se había propuesto
conseguir el Gobierno, apenas lograron captarse 2.022 millones de dólares en
Cedin y 349 millones de dólares en Baade.