Todo empezó casi como un chiste, en medio de un entrenamiento. En vez de correr los 42K como tenían planeado -distancia para la que ya estaban inscriptos-, ¿por qué no animarse a los 75? No había nada planificado, solo entusiasmo y un rotundo "sí". Fue así que dos meses después, Federico Botella y Pablo Molina estaban largando a las tres de la mañana en el Desafío Punta Negra, con linternas en la frente, mochilas al hombro y la certeza de que iban a protagonizar una travesía inolvidable.
Una amistad a prueba de cerros, frío y kilómetros: la aventura de dos sanjuaninos en las entrañas de Punta Negra
Se conocieron hace tres años en un grupo de trail running y este fin de semana debutaron en el Desafío Punta Negra. Largaron y cruzaron la meta juntos. "A veces no es solo correr, es compartir la locura con alguien que está igual de loco que vos", expresaron.
Se conocieron hace tres años en el grupo de trail “El Patio”, cuando los dos daban sus primeros pasos por los cerros sanjuaninos. Desde entonces compartieron varios entrenamientos y algunas carreras, pero siempre corriendo cada uno a su ritmo. Esta vez fue distinto: decidieron hacer todo el recorrido juntos, de principio a fin.
Sin dedicarse al running profesional, entre trabajo, familia y obligaciones, lo dieron todo para preparar la carrera. Pablo tiene una agencia de autos, mientras que Federico labura en su supermercado. En plena rutina, armaron una logística de élite. Esto incluyó entrenamientos de madrugada, en la siesta o cuándo se pudiera. Doble turnos sin excusas, con cansancio encima y ganas de llegar enteros.
El resultado fue más que bueno. Este sábado llegaron juntos a la meta tras 9 horas, 58 minutos y 18 segundos de recorrido. En la general terminaron cuarto y quinto, por apenas un segundo de diferencia. En sus respectivas categorías, Pablo se llevó el tercer lugar y Federico, el segundo. Pero el lugar en el podio fue anécdota. Lo importante fue todo lo demás: compartir cada metro, empujarse cuando las piernas ya no daban más y reírse incluso cuando dolían.
Hubo agradecimientos a la montaña, al entrenador Juan Francisco Maldonado que los empujó hasta el final y a quienes formaron parte de la asistencia: familia, amigos, la “mesa chica” que los acompañó y bancó cada tramo.
El tramo más duro los agarró sin agua, con el sol pegando fuerte. Quedaban 15 kilómetros por delante y el cuerpo ya iba al límite. Apretaron los dientes, bajaron la cabeza y siguieron. Lo dieron todo. En el final, el sprint fue compartido, como todo lo anterior. "Porque a veces no es solo correr, es compartir la locura con alguien que está igual de loco que vos. Gracias a la montaña, gracias a mi amigo. Volveríamos a hacer una y mil veces más", expresaron los protagonistas.