Tenía 22 años en 1982, era cabo segundo electricista y ya llevaba cinco años en la Armada cuando la guerra lo encontró sin avisar. "Yo había elegido esa vida", arrancó diciendo Héctor Naveda a Tiempo de San Juan, en plena vigilia por los Veteranos y caídos en guerra de Malvinas. En ese tiempo era jugador de fútbol en San Martín, y ya había pasado por el ARA General Belgrano, donde estuvo cuatro años y donde armó su primera familia lejos de casa. "Después me tocó el pase al portaaviones ARA Veinticinco de Mayo, otro destino, nada más. Subí y algo no me cerraba, es que éramos muchos más de lo normal, cargábamos más víveres, pero nadie nos decía nada. Salimos a navegar como siempre, sin saber que a los cinco días todo iba a cambiar. Su voz se carga de angustia por el recuerdo, la pérdida de sus amigos y ese dolor imborrable desde hace 44 años. El relato.
Héctor Naveda, el relato en carne viva: era un pibe, jugaba de fútbol en inferiores y vivió de cerca la guerra de Malvinas
Está entero, pero el recuerdo por esas imágenes y el ruido de los torpedos no se le van de la cabeza. Ese día perdió muchísimos amigos y le tocó seguir. Ahora tiene 66 años, mantiene sus lágrimas en silencio y la vida lo premió con el paso del tiempo: una de sus nietas se llama Malvinas y otra de ellas nació justo el 2 de abril, tiene apenas tres años y desde ese momento la fecha tiene otro sentido.
Fue por los altoparlantes, en silencio total, cuando escuchó: 'Prestar atención a la tripulación… estamos en guerra. Destino, recuperación de Malvinas'. Ahí entendió por qué todo era distinto. Al principio fue sorpresa, después vino la tensión. Héctor recordó que 'ordenaron dormir vestidos, con los zapatos al lado o con los cordones desatados, el salvavidas en la cabecera y una pequeña muda lista. "Yo llevaba también unas fotos de mi familia. Nos dijeron que cualquier zafarrancho que sonara era real, y el zafarrancho era la alarma de combate, de ataque o de abandono. Cuando sonaba, corríamos. Cada uno sabía lo que tenía que hacer. En mi caso, mantener la electricidad del barco, asegurar que el sistema funcionara, que el puente de comando no se quedara sin energía. Nosotros no disparábamos, pero sin nosotros el barco no funcionaba".
"La primera vez que me tocó correr a mi puesto cerré la puerta y me quedé esperando, con los auriculares puestos, escuchando el mar. La segunda vez la dejé abierta. Pensé, con la cabeza de un pibe de 22 años, que si venía un torpedo lo podía esquivar. Sabía después que era imposible, que no quedaría nada del barco si eso pasaba, pero en ese momento no lo entendía. Escuchaba una ola y pensaba que era un impacto. No veíamos nada, no sabíamos qué pasaba afuera. Era una guerra psicológica, de incertidumbre constante", aseguró Naveda, el ex Veterano de Malvinas que hoy es director técnico nacional y mantiene su vida ligada al semillero de San Martín.
La noticia llegó en medio de la incertidumbre y marcó un antes y un después en su experiencia durante la guerra. Aunque no estaba a bordo, Naveda recuerda ese momento como el más doloroso de todos: "El golpe más grande llegó igual, aunque yo no estuviera ahí. Nos enteramos por mensajes internos que habían atacado al ARA General Belgrano. No lo nombraban directamente, usaban códigos, pero entendimos. Y ahí empezó lo peor: las listas. Buscar nombres, esperar encontrar a un amigo, a un compañero, a alguien con quien habías compartido cuatro años de su vida, y que no apareciera. Yo perdí a mis amigos ahí. Perdí a gente con la que me reí, con la que tomé mate, con la que compartí todo. Ese barco había sido mi casa, por eso siempre dije que ese era mi Malvinas".
"Muchos creían que la guerra había sido solo para los que estuvieron en la isla, pero era un error. A la isla alguien los había llevado. Fuimos todos parte. No hacía falta que te hubieran tirado o haber tirado para quedar marcado. Lo que se rompía era otra cosa, el alma dolía. Yo no tenía secuelas físicas, pero sabía que algo había quedado. A todos nos había pasado. Nos evaluaron recién 30 años después y yo mismo decía que algún problema tenía, como todos. Nunca pude sentarme a hablar de esto con mi familia, no porque no quisiera, sino porque sabía que me iba a quebrar", dijo, directo, sin vueltas y envuelto en lágrimas por ese grupo numero de jóvenes inexpertos que tuvo que pasar de la casa a la guerra.
Con el paso del tiempo, la guerra empezó a resignificarse de otra manera, y fue desde la ausencia y la memoria. En ese proceso, Naveda encontró cómo sostener el recuerdo: "Con los años, uno empezaba a mirar para atrás y dolía distinto. Porque no solo se habían ido los compañeros, después se empezaba a ir la familia. Y uno seguía buscando caras, seguía esperando encontrar a alguien. Yo todavía lo hacía. Mientras tanto, me fui armando mi refugio. Tenía en mi casa un pedazo de madera de la cubierta original del ARA General Belgrano, donde yo había caminado. Eso era lo más importante que tenía. Y aunque siempre fui enemigo de los tatuajes, a los 60 años me tatué ese barco. No el que me tocó en la guerra, sino ese. Porque ahí estaba mi historia".
Hoy, a los 66 años, Héctor tiene ocho nietos, pero hubo dos que transformaron su manera de vivir, por lo que significan... Una recibió el nombre de Malvinas, y la otra, de tres años, que nació un 2 de abril, fecha que hasta ese entonces le traía solo recuerdos dolorosos. Desde ese comienzo de abril, el peso del pasado empezó a suavizarse y encontró otro sentido a sus días.