Laburan hasta diez horas en una obra de cloacas para luego dejar hasta el alma en una cancha de fútbol, donde juegan ad honorem, por amor a la camiseta y a la redonda. Esta es la historia de Darío Agüero (31) y Sergio Saavedra (24), hermanos y dos de los protagonistas del campeón de la B Local, Juventud Unida.
Del pico y la pala, al ascenso
Para ellos jugar al fútbol significa todo un sacrificio. Sí, un sacrificio. Ambos trabajan en una empresa privada, a donde ingresan a las ocho de la mañana y se retiran cerca de las cinco de la tarde, horario en el que arrancan los entrenamientos en el club pocitano. Pasan largas horas con pico y pala para luego ponerle el pecho a sus sueños y el de todo Juventud Unida.
"Al trabajo vamos siempre con el botinero y toda la ropa para cuando termine la jornada dirigirnos al club. Los encargados a veces nos hacen el aguante cuando hay partido por semana. Pero es complicado, a veces llego a mi casa a las nueve de la noche. Mis compañeros de laburo dicen que estoy loco, que no descanso, pero esto es lo que me gusta”.
Los muchachos se criaron en el Médano de Oro, a seis kilómetros de la Calle 10, donde se ubica la sede de la "Juve”. Hermanos por parte de madre, fueron criados por Beatriz y don Sergio, de quienes heredaron las ganas de trabajar y ganarse la vida.
Alguna vez soñaron con crecer de la mano de la pelota, con llegar al fútbol grande y vivir de él. Sin embargo, desde que se pusieron los botines en el equipo pocitano supieron que las cosas no iban a ser fáciles. "Nosotros esto siempre lo hicimos a pulmón, siempre fue igual. Sabíamos que había cosas que no estaba al alcance nuestro, pero igual seguimos jugando. Alguna vez me ilusioné cuando hice una prueba en San Martín, pero nada más que eso”, cuenta Darío.
En Juventud, club en el que juegan desde muy chicos y vivieron hasta la histórica participación en el Federal C, aprendieron que los domingos se juega por la gloria personal y los colores. No reciben sueldos y el premio del que muy pocas veces gozan se trata de la recaudación de los partidos o de alguna que otra comida que el club les brinda, la cual a veces es solventada por ellos mismos. Igual, son felices.
"Lo más importante de esto es jugar con tu hermano, es un sueño hermoso. Toda la familia nos apoya y nos sigue, son todos fanáticos del club. Mi mujer Erica y mis hijos son fundamentales, ellos me alientan y me aguantan en esto”, expresa el más grande.
Hoy, de "vacaciones” hasta su regreso a la Primera del fútbol sanjuanino, aprovechan esas horas que tenían de entrenamiento para disfrutar de la familia y del logro cosechado hace días en cancha de Trinidad, cuando se quedaron con la final de la B Local ante Sportivo Rivadavia.