Cuando se podía llegar a suponer que el protagonista de cuatro patas dentro de la Cabalgata en homenaje al natalicio de Eusebio de Jesús Dojorti ‘Buenaventura Luna’ podría llegar a ser un percherón de mil galopadas, un zaino carismático o un tímido potrillito haciendo sus primeras armas junto a la tropilla, apareció él. Un perro flacuchento, de lomo negro degradado a cobrizo. Desaliñado, algo confianzudo y portador de una mirada de bueno que no podía disimular. Ipso facto -y aprovechando el contexto- pasó a llamarse ‘Firulais Luna’.
'Firulais Luna', el perro huaqueño que homenajeó a 'Don Buena'
Entró en escena a metros del río Huaco, zigzagueando los cascos de los pingos que se estaban convocando para subir al mirador desde el cual partiría la comitiva de gauchos y arrieros. El mismo mirador en el que, según cuenta la tradición, el gran poeta huaqueño se llenó los sentidos de inspiración para escribir su afamado ‘Vallecito’.
La cabalgata, con Firulais presente desde el primer metro, comenzó el mirador en el que, según cuenta la tradición, el gran poeta huaqueño se llenó los sentidos de inspiración para escribir su afamado ‘Vallecito’.
Al igual que los caballos y los jinetes, el inquieto can se protegió del sol que une la siesta con la tarde bajo un imponente algarrobo. Minutos más tarde, cuando la paisanada presente terminó de ensillar los animales y acomodarse las pilchas de gala, comenzó el empinado ascenso. Arriba ya se podía divisar a otros participantes en esta cabalgata que llevaba nueve años sin realizarse por motivos que son harina de otro costal.
‘Firu’ también se sumó a la columna de orgullosos huaqueños, pero a escasos metros, donde la Ruta Provincial 49 cruza el Río Huaco, se tiró a la arenosa banquina. Se acostó bajo una buena y aliada sombra y contempló, con la misma tranquilidad que impera en el lugar, como la tropilla seguía su rumbo. No había llegado a desaparecer el anca del último equino y Firulais se animó a meterse en las refrescantes y animadas aguas del citado río.
Tras una caminata reconfortante y comedida dentro del cauce de no más de 3 minutos, el perro dio por terminado el baño. Se sacudió unos segundos para secarse un poco -el intenso sol se encargaría del resto-, retrocedió hacia agua para pegar unos sorbos y retomó el derrotero ya transitado por sus compañeros de expedición.
Cubrió a paso firme el kilómetro y medio que lo separaba del resto, con su larga lengua saltando de un lado al otro de su boca como los péndulos de esos relojes de otros tiempos. Obviamente no con tanta rigidez, pero sí respetando a rajatabla el compás que dictaba el trotecito de sus patas. Cuando arrancó el descenso se ubicó de la mitad para adelante de la fila. Llevó el ritmo lento de la caballada y al volver a pasar por la zona del río, miró de reojo como sopesando un nuevo chapuzón. ‘Será en otro oportunidad’ debe haberse dicho y siguió viaje.
Cubrió a paso firme todo el recorrido, con su larga lengua saltando de un lado al otro de su boca como los péndulos de esos relojes de otros tiempos
Si bien la mayor parte de los lugareños que salieron al encuentro de la cabalgata apuntaron las cámaras de sus celulares a los jinetes y sus compañeros equinos, también hubo alguno que otro que reparó en la presencia de ‘Firu’. Tal fue el reconocimiento que, a lo largo de los 11 kilómetros que distan entre el mirador y el cementerio donde reposa ‘Don Buena’, ligó algún pedazo de semita, un puñado de pochoclos y hasta la colita de un sándwich en la que ya, sin su respectivo relleno, se 'chapaban' las dos tapas de pan.
Por asfalto y por terrosos caminos transitó la tropilla y a la par, el choco Luna. En la entrada triunfal por la calle 2 de Noviembre, al final de la cual se encuentra la tumba de Eusebio de Jesús Dojorti, se ubicó a la vanguardia del grupo. Sin afán de protagonismo, cuando los gauchos y arrieros presentaron honores al eterno compositor huaqueño a la puerta del camposanto, ‘Firu’ aprovechó para mendigar agua, llenarse el pecho de los aromas de la zona y se echó a descansar bajo uno de los enormes sauces que custodian el lugar.
Tarea más que cumplida para este perro que a su modo también abrazó y reconoció el legado de su tocayo de apellido, el enorme e inmortal Buenaventura Luna. Más tarde, con el sonido de las guitarras criollas repercutiendo en las históricas paredes del Molino Viejo, Firulais Luna dio unas vueltas a un predio repleto de brindis, reencuentros y sentimientos. Pellizcó algo de cena entres los puestos de comida, recibió algunos que otros mimos en su despeinada cabeza y desapareció en la siempre poética noche de Huaco.