Tantas cosas se dijeron de Santos Guayama en los libros de historia. Los que lo asesinaron como a un bandolero (para borrar de la faz de la tierra todo vestigio de las montoneras de Felipe Varela, de quien llegó a ser Teniente Coronel) nunca supieron que era uno de los mejores amigos del Cura Brochero, hoy camino a su beatificación.
Impactante: así será el primer monumento a Santos Guayama
José de los Santos Guayama tendrá en su tierra natal, San Juan, el primer monumento en su memoria, una escultura de 4 metros de alto realizada en cemento por el artista Claudio Domínguez. Se colocará en la plaza de Bermejo, Caucete, actualmente en construcción.
"Me inspiré en su historia, en esa mezcla entre mito e historia que queda en el aire; como los cuentos de antes que viven en quien los recuerda y transmite. También me motivé mucho con la idea de que Caucete, mi departamento, tenga una obra grande mía", contó Domínguez.
“Montonero de Guayama,
el del poncho calamaco
y la vincha colorada…
el del caballo de acero
y la montura chapeada;
el que lleva su hidalguía
en la punta de su daga
y el que tiene cien victorias
en su lanza de tacuara…
¿Adónde vas, montonero,
montonero de Guayama?”.
Miguel Martos
Guayama había nacido en la zona de Lagunas de Guanacache cerca de 1830, por eso le decían el gaucho lagunero.
Hábil con el cuchillo y los caballos, se sumó de joven a las filas del Chacho Peñaloza y después a las de Felipe Varela, oponiéndose a la política de la oligarquía porteña. Norberto Galasso lo menciona en su libro "Los Malditos".
"Participa en la “revolución de los colorados” que insurrecciona Cuyo y provincias vecinas, contra el mitrismo y la Guerra de la Triple Alianza. En 1868, logra posesionarse de La Rioja y Chilecito, con el apoyo de montoneros de Varela. Si bien es derrotado, luego reorganiza su montonera y vuelve a la pelea. Por entonces, ya empieza a hacerse famoso entre el gauchaje de esas provincias como enemigo de los ricos y amigo de los pobres. Su audacia y valentía provocan admiración en el pueblo y comienza a gestar la leyenda de que es invencible y que invariablemente, regresa, después de las derrotas, con más enjundia que nunca".
Es que cuando circulaban noticias de su muerte, Guayama reaparecía por otro lugar.
Pero es su relación con los pobres (quienes se decía lo escondían y curaban sus heridas) lo que llamó la atención del Cura Brochero quien quiso conocerlo y quien intentaría salvarlo.
Cuentan los historiadores que se encontraron en algún monte riojano por primera vez Brochero y Guayama. Sarmiento había puesto precio a la cabeza del montonero por lo que era un fugitivo. El cura quería llevarlo a Córdoba y entregarle tierra para que se asentara.
"Ya anochecía en medio de la nada, y abandonándose en íntima y franca conversación los dos hombres, protagonistas ineludibles de la historia gauchesca de la patria, hablaron largo y tendido. Nadie quiso interrumpir ese momento sublime, de allí la soledad que los rodeó. Aseguró el cura Brochero que lo sorprendió la cultura y la corrección en el habla que mostraba José Santos Guayama. Que, incluso, demostraba cierta elegancia en el vestir. Tenía en la ocasión, asegurará el propio Brochero años más tarde, un chaleco blanco de piqué y gran cadena de oro".
Según reseña el sitio Revisionistas, Monseñor Audino Rodríguez y Olmos dijo acerca de Brochero, al que había conocido personalmente: “Es posible que Guayama en presencia del sacerdote experimentara la tortura de sus remordimientos. Lo único que consta con certeza es que Brochero invitó a Guayama a los Ejercicios, y que Guayama aceptó. Más, estando fuera de la ley, podía ser prendido por cualquiera y sometido al último suplicio. Hizo entonces presente al cura que para ir a los Ejercicios necesitaba de un salvoconducto otorgado por el presidente de la República, documento que tan sólo él podía conseguirle. El cura se comprometió a ello. Y se despidieron”.
“Cuando muere triste el día
y el paisaje entre la bruma
lánguidamente se esfuma.
Tras la larga lejanía
en muda melancolía,
conmigo a solas medito,
hundida en el infinito
la vigilante mirada.
De mi conciencia aterrada
entonces escucho el grito”.
Atribuido a Santos Guayama
Brochero ofreció pagarle todas sus deudas y conseguirle un indulto por parte del Gobierno Nacional. A pesar de sus contactos, el sacerdote no consiguió el indulto ya que en el gobierno nacional nadie quería perdonar a los gauchos montoneros.
En 1878, mientras Guayama caminaba por las calles de San Juan fue capturado y luego fusilado, el 4 de febrero de 1879. Dicen que cuando Brochero se enteró, lloró su pérdida como si se tratara de un familiar.
En un célebre documento en que enumera a los cuatro grandes amigos de su vida, Brochero incluye a Guayama.