Por Natalia Caballero
La villa que nació y vive de un basural
Son 7 casas que fueron armadas con los desechos que la gente tira en la Costanera. Los vecinos subsisten gracias al cartón, el plástico y los metales que encuentran en la basura. Por Natalia Caballero.
Dos pedazos de cartón prensado pintados de amarillo clarito son las puertas de la primera vivienda de una villa sin nombre que se encuentra ubicada sobre calle Salta unos 200 metros al norte de Centenario, Chimbas. Las viviendas de la villa se levantaron en gran parte con los desechos tirados por la gente en el basural de La Costanera. Estos mismos residuos son los que le permiten comer a los vecinos porque entre el descarte encuentran cartones, metales y vidrios, elementos que venden en las recuperadoras para sobrevivir.
Las casas están parcialmente construidas con los materiales que las familias encuentran en el basural de la Costanera, que se encuentra pegado al asentamiento. Desde adobes rotos hasta pedazos de ladrillo le dan vida a las paredes de las viviendas. Para los techos utilizan camas rotas, nylon, planchones de plásticos y toda clase de objetos de gran tamaño.
Las 7 familias de la villa viven de la basura que recolectan. La mayor parte de los vecinos no ha terminado la primaria, así que se les hace difícil conseguir un trabajo estable y mucho más complicado aún acceder a un sueldo digno. La cosecha y la recolección de basura se han transformado en las únicas maneras de llegar a fin de mes.
Para hacer $50 diarios, los recolectores tienen que dedicarle entre 6 y 8 horas por día a la labor. Buscan entre la mugre todos aquellos materiales reciclables. Pero como cada vez hay más familias en el asentamiento, los desechos no alcanzan y se hace más difícil llegar a juntar el dinero suficiente para comer.
Miguel Alejandro Rivero (20 años) está casado y tiene un bebé de 6 meses que nació en la villa. Mientras habla el joven se limpia el ojo en forma constante. Es que vivir entre la basura le ha provocado una enfermedad desconocida en el ojo. “Es difícil vivir así, no me gusta tener una casa en el medio de la mugre, pero no me queda otra porque no pude terminar ni la primaria”, cuenta Miguel mientras muestra la minúscula casa en la que habita. La vivienda tiene dos sectores: en uno hay una cama y un placard y en el otro sector se encuentra la cocina y parte de los cacharros encontrados en el basural que le sirven a su esposa para cocinar.
Uno de los principales problemas del asentamiento es la falta de agua. Las familias tienen que buscar en un predio cercano agua para poder bañarse y hasta para cocinar. En los baños se da el peor problema porque las letrinas tienen que ser tapadas con tierra debido a los nauseabundos olores que emanan después de unos pocos días.
Los bichos también son los enemigos de la villa. Alacranes e insectos extraños suelen aparecer entre la basura y llegan hasta el asentamiento. Según contaron los vecinos han realizado varios trámites para que les desinsecten la villa pero hasta ahora no han tenido suerte.
Yésica Olmos es otra de las habitantes de la villa. Ella tiene dos hijos varones: Maximiliano y Ricardo. La jovencita de 20 años apenas sabe leer y escribir. Es muy tímida y le cuesta expresarse. Pasados unos minutos nos cuenta lo difícil que es vivir en el asentamiento. “Cada vez hay más familias y menos cosas para recolectar, no sabemos qué va a pasar. Mi marido hace changas, corta el pasto, limpia veredas, lo que sea con tal de tener algo”, expresa mientras amigablemente invita al equipo periodístico a entrar a su casa. No acepta fotos, dice que le da vergüenza vivir así, pero quiere mostrarle la casa a esta cronista para que “no escriba mentiras y diga cómo son las casas”. “A nadie le gusta vivir así”, finalizó diciendo mientras agachó la cabeza.
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