Por Eduardo Camus
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El gobierno de Milei en modo Breaking Bad
Una analogía hacia un camino de destrucción que puede ser irreversible. Los Walter White y un grito desesperado para frenar el caos.
Comparar a un gobierno, especialmente a su presidente, con una serie de televisión puede parecer frívolo. Pero cuando la realidad se vuelve una ficción distópica, las analogías son inevitables. Breaking Bad no es solo una de las mejores series de la historia; es una radiografía del delirio autodestructivo. Argentina, como en la serie, está enferma: crisis económica, pobreza récord, hartazgo social e instituciones que no responden. Y, como Walter White, hemos elegido el peor de los caminos: el anarco-capitalismo.
En la ficción, Walter White, un profesor de química con un diagnóstico terminal, decide fabricar y vender metanfetamina. Lo que empieza como una salida desesperada se convierte en una espiral de corrupción, violencia y destrucción. No hay redención, solo una caída sin frenos. Milei ha tomado el mismo camino: llegó al poder vendiendo una solución extrema y ahora arrastra al país al caos.
El término break bad significa quebrándose hacia la maldad, corromperse. Una interpretación más amplia podría ser romper las reglas en beneficio propio o por puro placer. Es borrar cualquier límite ético, arrasar con todo, sin importar el costo. Difícil encontrar una mejor descripción para el gobierno libertario. Milei no está arreglando nada: está disfrutando del incendio.
Como Walter White en el narcotráfico, Milei y su clan se hunden en su propia lógica destructiva. Cada decisión agrava la crisis. Cada medida es peor que la anterior. Un desastre detrás de otro. Sin escrúpulos. Sin vergüenza. Sin freno. Cada decisión es peor que la anterior. Dicho en criollo: una cagada tras otra. Sin escrúpulos cuando se trata de imponer su voluntad.
El escándalo de la memecrypto Libra lo dejó al desnudo. Frente al que podría ser el mayor fraude crypto de la historia, el gobierno no dio explicaciones: eligió la fuga hacia adelante. Designó jueces de la Corte Suprema por decreto en un intento grotesco de controlar la Justicia. Se llenan la boca hablando de libertad, pero quieren el poder absoluto.
Después, su discurso de apertura de sesiones legislativas fue otro síntoma de su decadencia. Balbuceando ante un Congreso semi vacío, Milei apenas pudo leer un texto plagado de insultos y delirios. Mintió sin pudor, como cuando dijo que los alquileres bajaron un 30%. No gobierna: performa. Su gabinete no gestiona: milita en Twitter.
El autoritarismo avanza destruyendo instituciones y normalizando el abuso de poder. Como en Breaking Bad, la transgresión genera fascinación. Se legitima la arbitrariedad, la impunidad, la violencia como método. No pasa nada si un diputado es insultado o patoteado. No pasa nada si jubilados son reprimidos a golpes. No pasa nada si se deja sin medicamentos a enfermos oncológicos. No pasa nada si la educación pública es demolida.
Pero sí pasa. Y cuando el daño es irreversible, ya no hay vuelta atrás.
Y ahora, otra vez car al fondo. La vieja receta liberal, que Milei dijo que no iba a hacer, pedir más y más deuda. Por decreto, con las condiciones ocultas, sin pasar por el congreso como lo establece la ley. Una vez más se quieren llevar los dólares y dejarnos la deuda.
Si Argentina no quiere terminar como Breaking Bad, con un final de aniquilación total, el sistema político no puede seguir en modo “espera y casualidad”. No hay margen para el inmovilismo. Es necesario un plan sistemático para frenar el caos y evitar que la lógica destructiva de este gobierno nos arrastre al vacío.
Quizás esta lectura sea desesperada. Pero, en medio del caos, tal vez solo la desesperación nos permita entender. No hay esperanza si nos resignamos al futuro que nos han impuesto. La única opción es desertar del futuro que ha sido previsto.