Los hijos del femicidio, hijos que se quedaron sin madre luego de que su propia sangre (en muchos casos) exterminara a la mujer que los parió. Un día maldito su vida quedó marcada para siempre, cambiando su estructura familiar hasta desdibujar los límites del amor. Los testimonios en primera persona permiten entender las consecuencias del femicidio, violencia que termina con la muerte de una mujer y que da nacimiento a otra lucha; una constante pelea de hijos sin madre viva, con un padre enterrado en el corazón y latente en los recuerdos.
Los hijos del femicidio en San Juan
En los últimos 12 años se registraron 19 femicidios en San Juan. En todos los casos, las mujeres dejaron hijos. Algunos mayores, que pudieron hacerse cargo de sus vidas; pero la gran mayoría niños terminaron siendo criados por abuelos, tías, tíos y también en hogares estatales.
Cada vez que ocurre un femicidio, el personal de la Dirección de la Mujer asesora a las abuelas que quedan a cargo de sus nietos y pone en contacto a las familias con la Dirección de la Niñez para que los chicos reciban tratamiento psicológico y contención social.
La ley Brisa se sancionó en el 2018, se trata de un beneficio económico para "las niñas, niños y adolescentes, cuyo progenitor y/o progenitor afín haya sido procesado y/o condenado como autor, coautor, instigador o cómplice del delito de homicidio de su progenitora", indica la legislación.
En San Juan hay cinco familias que reciben este aporte económico, lo perciben los abuelos de los niños. Incluso, uno de los casos no es un femicidio, sino al revés. La madre de Alfredo Turcumán, asesinado por su pareja Claudia Moya, gestionó esta ayuda para su nieta (que cría).
Superar el dolor
El 8 de julio del 2012 encontraron el cuerpo de Cristina Olivares, la mujer fue asesinada de 140 puñaladas por Rosa Videla (novia de ese momento de su esposo) y su pareja, Miguel Ángel Palma. Cuando falleció, Cristina tenía 26 años y dos hijos, Miguel y Benjamín. Hoy estos niños tienen 10 y 8 años. Ambos van a la escuela, son niños sanos pero han atravesado momentos muy duros de los que han podido salir gracias a la contención de sus abuelos maternos, Antonio Olivares y Esther Rojas.
Miguel tenía 3 años cuando Cristina fue asesinada. A pesar de su corta edad, algo retiene su cabecita. A los cinco se enteró qué había pasado realmente. Alguien le contó, nunca reveló quien fue. “Empezó a ir a una psicóloga, pero ni a ella le dijo quien le contó que su madre había sido asesinada. Nos dijo mentirosos por no haberle dicho la verdad. Fue un camino difícil, de mucho llanto y cosas feas”, explicó Esther, quien aseguró que aún no puede hacer el duelo de su hija.
Los padres de Cristina no dudaron ni un segundo e inmediatamente después de la tragedia se hicieron cargo de los pequeños. Los dos llevan aún el apellido Palma, pero ambos quieren cambiarse el apellido. Han iniciado el trámite legal pero los tiempos de la Justicia son lentos.
Sobre el apellido, en la escuela los contienen y los compañeros son muy unidos. La abuela de Miguel recuerda que una vez las docentes armaron una clase para hablar de sentimientos. “Miguel me pidió una foto de la madre, buscó y encontró una del casamiento. Cuando estuvo en la clase dijo: -Esta es mi mamá y este es el hombre que me hizo a mí, mató a mi madre y por eso no quiero que me digan Palma”, relató. Las maestras llamaron a Esther y le contaron que lloraron todos.
Los abuelos paternos de los niños no aparecieron nunca, tampoco hicieron aportes económicos ni preguntan por su estado.
El más pequeño aún no sabe toda la verdad. Ya lo están preparando para ese momento. Va a una psicóloga también. “Ahora nos arreglamos, el miedo que tenemos es cuando vayan a la secundaria, ahí esperamos que todo salga bien”, finalizó Esther.
Desconfianza eterna
Estefanía Robledo tenía 16 años cuando su padre, René Robledo, mató a su madre, Carina Baginay. Ella no fue la única testigo del hecho, cuando el hombre asesinó a su esposa de una puñalada tenía en brazos a su hermano más chico. Hoy Estefanía tiene 22 años, dos hijos e inició los trámites para adoptar a su hermano más pequeño, ese mismo que estaba en los brazos de su madre cuando murió. Los otros cuatro hermanos viven con su abuela materna, quien es la madre de adoptiva de Yamila Pérez, otra víctima del femicidio.
“No tengo padre, el único padre que teníamos era mi abuelo que se murió tres meses después de que mataran a Yamila. El día que perdí a mi mamá perdí a mis dos padres, uno de mis hermanos no hace el duelo todavía”, relató la jovencita, que vive con su pareja desde hace casi seis años.
Estefanía recuerda con lujo de detalles el día del crimen. Todas las noches se le vienen las imágenes a la cabeza y trata de lidiar con ellas. A veces lo logra, otras veces no. También le quedó recelo hacia los hombres, cierta desconfianza. “Yo no creo en Dios, no creo en nada. Después de todo lo que me ha pasado no puedo creer en Dios”, dijo.
“Cuando vamos a Tribunales con mi hermano más chico él ve imágenes pegadas en los pilares con la foto de mi papá. Él se acuerda y dice que ese hombre le pegó con un cuchillo a mi mamá y le desea la muerte. Yo lo reto y le pido que no le desee la muerte”, narró Estefanía. Ella quisiera cambiarse el apellido, también sus hermanos.
A la hora de describir a su madre, no ahorra palabras de amor. Para ella, su madre fue todo. “Mi papá cuidaba autos y casi nunca llevaba un peso a la casa. Con suerte, para la comida. Ella limpiaba en casas de familia y con todo lo que ganaba nos vestía, nos compraba dulce de leche, nos daba los gustos. Ella era todo y siempre será todo”, cerró con la voz entera. Estefanía es una sobreviviente del dolor.