Por Carolina Putelli
Los “genios” cauceteros, las joyitas que San Juan debe cuidar
La instancia final de la Maratón Nacional de Robótica y Programación fue dificilísima, porque además de poner a prueba los conocimientos y la velocidad para programar, le pidió a los 15 equipos que competían hacer un esfuerzo extra inesperado. Tal vez esto fue lo que marcó el destino a la gloria para Leandro Olmos, Francisco Ramos y Adrián Aciar, porque los tres cauceteros saben mejor que nadie lo que es hacer más que el resto para conseguir lo que quieren.
Los tres amigos son como cualquier chico de 16 o 17 años, pero a la vez son diferentes. No son el clásico genio híper aplicado que que se la pasa estudiando de la televisión, hasta se llevan una que otra materia cuando termina el año. En lo que sí se distinguen de cualquier estudiante es en que caminan una eternidad por calles de tierra para llegar a la escuela. Viven a unos 15 minutos en auto de Caucete, ninguno tiene una computadora de última tecnología ni internet en su casa. Para cada instancia de la maratón tenían que hacer todo el viaje hasta la secundaria Zapata, sentarse al aire libre bajo un techo de cañizo, el único lugar al que llega la señal de WiFi, y descargar la consigna. A pesar de todo, cada vez que recibían un desafío lo cumplían y hacían algo más, porque les parecía que tenían que compensar todas esas desventajas.
Por eso, en la final en Buenos Aires cuando recibieron la última consigna se sintieron confiados. Entre todos esos códigos “extra” que habían programado durante el trayecto había uno casi igual al que les estaban pidiendo que desarrollaran. Tenían 3 horas para agregarle al juego que estaban armando un obstáculo con el que el jugador podía colisionar. Francisco, Adrián y Leandro lo hicieron en una hora y media. Aprovecharon que habían hecho un “plus” similar en las primeras instancias y lo habían dejado guardado, lo aplicaron al juego, purgaron posibles errores y se quedaron a esperar el resultado, con sus netbooks del gobierno. A unas pocas mesas de distancia los chicos del Colegio Pellegrini de Buenos Aires, con una notebook gamer “llena de luces” como dijeron los chicos, no pudieron hacer nada contra los cauceteros.
En medio de una crisis económica, las noticias que llueven desde Nación sobre recortes presupuestarios y denuncias de desfinanciación de la educación pública y programas de ayuda, los tres cauceteros utilizaron todos esos recursos y ayudas estatales y de conocidos para salir adelante. Hasta el programa de computadoras Conectar Igualdad fue clave para ellos, que pasaron todas las instancias trabajando con esas máquinas que ya no llegarán a las escuelas ni a los chicos.
¿Pero quiénes son estos tres chicos? ¿Cómo llegaron hasta donde llegaron? Y por sobre todo, ¿cómo se logran muchos más iguales?
La directora de la escuela Obispo Zapata, Ivana Rivas, asegura que son héroes, que viven en realidades muchas veces difíciles, que le ganaron a la desigualdad y salieron adelante gracias a que hicieron un esfuerzo titánico. Trabajaron tres meses completos, bajaron tutoriales de YouTube (como buenos chicos de ahora) y viajaron incontables veces hasta Rawson para seguir las capacitaciones del programa Escuela del Futuro. Muchas veces, se fueron con la misma directora, que los llevaba y traía en su vehículo particular.
Los chicos son héroes, pero también son adolescentes como cualquier otro. La entrevista tras el glorioso triunfo tuvo que ser recién el sábado, porque cuando surgió la propuesta de hacerlo jueves o viernes los tres se quedaron mudos y se miraron cómplices. Porque claro, el jueves tenían la estudiantina y el viernes era 21 de septiembre, y esas son fechas y eventos sagrados para cualquier pibe de 16. A postergar la fama, que sólo se es joven una vez.
A la entrevista llegaron en la camioneta del papá de Leandro y al menos uno de ellos confesó que se había acostado a las 3 de la mañana por los festejos. El recital en el Parque de Mayo fue el destino elegido de dos de ellos y Adrián incluso se fue con los papeles de la Visa en la mochila. “El policía que me estaba revisando antes de entrar vio los papeles y no entendía nada, después me miró mejor y me dijo ‘no me digás que estoy con uno de los ganadores, te felicito’”, contó entre risas.
Aunque parece una locura que llegara al recital con todos los documentos encima, tiene sentido teniendo en cuenta que tiene que viajar cerca de 3 horas entre ida y vuelta para ir a su casa y ese día no tenía tiempo. Adrián incluso tuvo que dejar los estudios en la EPET 2 por esta distancia: empezó la secundaria en la escuela técnica, pero poco después su mamá y él llegaron a la conclusión de que pasaba tantas horas viajando que no valía la pena.
Francisco es el mago de la programación, los unos y los ceros y ese lenguaje de las computadoras que pocos entienden. Fue él que apareció con la idea de participar de la maratón y convenció a sus amigos de sumarse. “Yo programo desde que una vez conseguí una de esas computadoras con el monitor gigante”, explica. El chico tiene 16 y desde hace poco vive en una casa de barrio entregada por el IPV, antes vivía en una finca donde su papá trabajaba. Él es el único que tiene en claro que quiere seguir programación, todavía no está muy seguro de cómo va a hacer para viajar todos los días a la facultad, pero su sueño es seguir con esa carrera, que es sin duda la profesión del futuro.
Leandro fue el último en sumarse al trío dinámico, porque los otros dos chicos se conocen desde la primaria y él llegó después. Toda su vida tuvo en mente tuvo en mente seguir la carrera de profesor de educación física y además le encantan los deportes. Ahora sus perspectivas se ampliaron, porque durante toda la maratón se encargó junto con Adrián de diseñar las imágenes y el entorno del juego. No sabe si va a cambiar de profesión elegida, pero sí está seguro ahora de que puede hacer casi cualquier cosa que se proponga, el empujón de haber sido premiados y hasta felicitados por el Presidente lo tiene entusiasmado.
Entre los desafíos del presente y los sueños para el futuro
Detrás de los tres ganadores, además de sus familias apoyándolos, también está la comunidad educativa de la escuela Obispo Zapata. La escuela tiene sólo 190 alumnos, pero esta cantidad ha sido un salto significativo, porque duplicó la cantidad desde hace un par de años. Por eso, las aulas no son suficientes y ya tienen algunas en construcción, aunque todavía les queda un buen trecho. Los amigos toman clase en un SUM pegado a la cocina, junto con dos divisiones más.
El establecimiento les ofrece clases, una merienda, tienen actividades artísticas, a veces hasta ven películas con el proyector de la escuela y tienen acceso al WiFi de la dirección. Los profesores buscan programas, concursos y talleres para tenerlos cerca de la escuela. Es que muchas veces, en ambientes rurales, que los chicos estén cerca de las institución significa tenerlos lejos de adicciones a la droga o el alcohol. En esto Adrián, Leandro y Francisco se han convertido en una gran ayuda. “Ahora que han visto que sus compañeros se ganaron un viaje, los otros chicos están muy motivados”, explica la directora Ivana Rivas.
La comunidad por fuera de la escuela también se ha convertido en un apoyo para los “alumnos estrella”. Para participar en cada instancia los chicos necesitaron muchas veces de traslado y hasta de dinero extra para cargar la sube o conseguir los materiales. Empresas del departamento y de afuera del mismo, el intendente de Caucete y otros voluntarios pusieron todo lo que hiciera falta. Hasta les consiguieron quién los llevara al aeropuerto para viajar a Buenos Aires, porque los familiares, o no tenían en que trasladarlos o no conseguían el día libre en sus trabajos.
Ahora a los tres ganadores de la maratón sólo les queda disfrutar, prepararse para viajar a California en noviembre; “el segundo viaje en avión que vamos a hacer”, dicen entusiasmados, y hasta viajar a Córdoba para darle una charla a otros adolescentes. También tienen que terminar este año y el próximo para salir de la secundaria y empezar la educación universitaria, para la que se preparan, porque saben que no será fácil.
Aun así están entusiasmados, ellos y sus compañeros. En el SUM que comparten, arriba del pizarrón, hay un afiche con la típica imagen de la pila de la batería de un teléfono a medio cargar. Grande dice “Promo 2019” y abajo agregaron: “Con paciencia y con constancia, se egresa la vagancia”. Podrán ser, como muchos adolescentes, rebeldes o hasta chantas, pero todos los chicos de esta escuela, que caminan kilómetros para llegar a tomar clases, son cualquier cosa menos “la vagancia”.