Es fácil pensar que si está el Estado de por medio la cosa anda más o menos, o porque es gratis y "para los pobres" dejará mucho que desear. Esta es la historia de una visita sorpresa a un jardín de cosecha, un lugar de resguardo netamente estatal, patrocinado por el Ministerio de Desarrollo Humano, apuntado a que los chicos de laburantes, sobre todo de cosechadores (de ahí su nombre), tengan con quien quedarse mientras sus padres gamelean o se ganan la vida como pueden con trabajo de temporada.
Jardines de cosecha: cuando el Estado acuna
En la Unión Vecinal Villas Unidas, cerquita de Villa Aberastain en Pocito, funciona uno de estos 32 centros de contención estatal destinados a 1.200 niños, vigentes en febrero, por solamente un mes pero con una tarea valiosa, si es que se cumple la meta que se propone.
Uno entra medio con desconfianza, a ver de qué se trata esta experiencia. El edificio pocitano de este jardín de cosecha existe desde hace décadas, está un poco deteriorado pero soporta varias habitaciones y un gran galpón que oficia de salón de usos múltiples. Al llegar, una mesa bajita y larga está llena de chicos armando su nombre en una hoja. No hay una, sino seis docentes, prolijas, con pintorcito, enseñando. Los niños disfrutan con los colores y en un extremo, en un cochecito, duerme un bebé de 7 meses. En un rincón hay una cuna, en otro hay materiales didácticos, en una estantería hay elementos de higiene y, para el calor, un ventilador de pie que cumple dignamente su función.
Hay más nenas que varones, de hasta 12 años. Inscriptos son 45, pero el grupo hasta ahora no superó los 30. Mientras, Rocío Cornejo aparece con una cofia en la cabeza y se presenta como la cocinera. Sus dos chicos están con ella. "Esto me da la posibilidad de trabajar y mis dos hijos están bien cuidados. Yo sin esto no podría trabajar, porque es difícil encontrar que alguien los mire, tener una niñera y alguien de confianza, no puedo pagar una niñera y esto es gratis y es bueno", asegura.
"Hay hijos de cosechadores, también de otros trabajadores de reparticiones públicas", cuenta una de las seños. El lugar da trabajo a 12 maestras, la mitad va en turno mañana desde las 7 y la otra en turno tarde hasta las 17, relevando funciones al mediodía. "Son todas de Pocito, por cada turno, tres tienen título de docente y el resto estudia magisterio", apunta la maestra Laura Poblete. De a poco, como si fueran ofrendas, las seños van pegando en la pared las "obras de arte" con recortes de diario y sellitos que acaban de terminar los alumnitos.
En la cocina, humilde, está todo limpio. Hay un cocinero haciendo "paty" fritas, ya está terminado el puré de papa, y poco a poco con otra ayudante arman los platos, cerca del mediodía. Una chica anda limpiando los pisos y Rocío empieza a poner la mesa.
A esa altura en la salita empiezan a cantar "el gallo pinto se durmió" y los nenes siguen la melodía con sus cabezas apoyadas en la mesa y las luces bajas, en lo que es una actividad de relajación antes del almuerzo.
"Esto es muy importante, es la posibilidad de que los padres salgan a trabajar y de que nosotras podamos trabajar también", valora Laura. Luego enumera una gran cantidad de cosas que hacen con los chicos en su estadía, que se prolonga durante casi todo el día. A las masas, papeles y crayones se suman canciones y ejercicios físicos con colchonetas o aros y, cuenta entusiasmada, tienen pileta para los días de mucho calor. Camina al final del pasillo y muestra unos colchones nuevos, en su bolsa, para la gimnasia y para que descansen los pibes. En una habitación contigua a la cocina hay cajas de alimentos de varios tipos e incluso de alfajores.
"Hay chicos muy humildes acá, para ellos es muy importante el alimento, afortunadamente comen y muy saludable, acá no se hacen distinciones, todos los chicos gozan igual, se les nota que les da felicidad lo que uno les propone", asegura. "Sin estos jardines de cosecha se complica la situación de los padres, hoy es difícil para todos, sobre todo para la mamá y esto da una posibilidad de que pueda hacer algo, acá tienen la tranquilidad de que están aseados, alimentados, cuidados...", agrega.
Están llegando las seños de la tarde, y empiezan los besos y abrazos de bienvenida. Una nena que no tendrá más de 3 años empieza a llorar y van varias maestras a preguntarle qué le pasa. Laura la alza y se la lleva a un costado para tranquilizarla mientras otra le hace una cola de caballo a una de las más chiquitas y despeinadas.
"Para quienes amamos la docencia o tenemos la facilidad de llegar a los chicos lo hacemos con mucho placer o dedicación, me preocupa si veo una situación y trabajamos para estimularlos en los casos de los más quedados", remata Laura. Ya es hora de las hamburguesas.