A veces escuchamos expresiones que generalizan un modo de ser. Por ejemplo, “los argentinos somos hospitalarios” o “el nuestro es un pueblo solidario”. Tal vez podamos coincidir o no en estas afirmaciones. Yo me permito disentir.Pero detengámonos un poco en pensar qué significa la solidaridad.
La solidaridad que necesitamos
Una de las definiciones que aparecen en el diccionario dice que es “adhesión o apoyo incondicional a causas o intereses ajenos, especialmente en situaciones comprometidas o difíciles”. Ya nos vamos arrimando un poco a ver que no es tan fácil. Pero demos un paso más. El Papa San Juan Pablo II nos ha enseñado que no es “un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos responsables de todos” (Encíclica Sollicitudo rei socialis 38)
Como vemos, implica un compromiso permanente. No es suficiente una buena acción (loable, meritoria, generosa, pero una) para que alguien sea considerado solidario. ¿Qué quiero decir? Que es muy bueno sumarse en una campaña por el bien de una persona, un grupo, o un pueblo. Que es importante donar ropa o alimentos ante casos de necesidad, como sucede ante una inundación o algún otro desastre natural. Pero la solidaridad requiere un compromiso mayor.
Cada 26 de agosto celebramos en la Argentina el Día Nacional de la Solidaridad, evocando que en este día del año 1910 nacía Agnes Gonxha Bojaxhiu, quien será conocida por todos como la Madre Teresa de Calcuta. Ella afirmó “Dios ama todavía al mundo y nos envía a ti y a mí para que seamos su amor y su compasión por los pobres”. Ella se ha convertido en el símbolo de la misericordia de toda la Iglesia. No sé si lo expreso bien, pero es la vida que mostramos cuando queremos sentir orgullo de prestado.
También un 26 de agosto pero de 1886 comenzó la vida del Beato Ceferino Namuncurá, quien había dicho “quiero estudiar para ser útil a mi pueblo”. Un ejemplo de espiritualidad juvenil y de anhelos de entrega generosa. Otro pequeño que se hizo grande.
La vida de ellos (¡y de cuántos más!) está relacionada con las obras de misericordia que tanto hemos reflexionado durante el Año Jubilar. El Papa nos exhorta con claridad: “Nadie debería decir que se mantiene lejos de los pobres porque sus opciones de vida implican prestar más atención a otros asuntos (…), nadie puede sentirse exceptuado de la preocupación por los pobres y la justicia social” (EG 201).
Todos deberíamos tener un compromiso concreto con alguna obra de misericordia o emprendimiento solidario. Ayudar de manera estable con una cuota económica en un hogar de niños, una comunidad terapéutica de recuperación de adictos, un comedor, Caritas, un merendero, un hogar de ancianos… Y si podemos dar tiempo mucho mejor.
Te propongo mirar las periferias de tu barrio, tu ciudad, tu provincia. Dejate cuestionar.Preguntate quiénes están haciendo algo allí para llevar aliento, consuelo, esperanza. ¿No podrás sumarte? Si vos sos solidaria, si vos sos solidario, otros también podrán serlo. Un ejemplo vale más que mil palabras.
Y hablando de solidaridad: el próximo 1º de septiembre, por pedido del Papa Francisco, nos unimos a la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación. Este año nos detenemos en el agua. “Donde hay AGUA, hay VIDA” es el lema que convoca a rezar en celebración interreligiosa ese día a las 18.30 hs en Buenos Aires, en la mezquita Al Ahmad ubicada en Alberti 1541. El agua es cosa de todos, su necesidad básica no distingue rangos, religiones, geografías. Con ese espíritu rezaremos juntos. Invitan la Conferencia Episcopal Argentina, Comisión Nacional de Justicia y Paz, Acción Católica Argentina, Departamento de Laicos, Comisión Episcopal de Ecumenismo, Relaciones con el Judaísmo, el Islam y las Religiones, y la Comisión Episcopal de Pastoral Social. También te invito a sumarte en la oración de modo personal o en tu propia comunidad. Sumemos compromiso.