Hay una entre las miles de fotos apiladas en la casa de Leopoldo Mazuelos Corts que devuelve la imagen viva del drama familiar, el costado humano y personal de este verdadero patrimonio público que descansa en esas humildes cuatro paredes de la calle General Acha antecedidas por una verdulería de barrio que atiende el coleccionista con sus propias manos. En esa foto hay 6 niños acostados sobre una cama, algunos con la mamadera todavía, todos de edades parejas aunque como son hermanos tienen sus diferencias. Leopoldo la mira y suelta su dolor: "esos somos nosotros 6 acostados en los días posteriores a la muerte de mi papá, a mí me querían dar el adopción a otras familias, igual que mis hermanos porque mi mamá no podía con nosotros, pero al final sacó fuerzas y nos sacó adelante. Por muchas razones, a mí me hubiera gustado tener un padre, pero el destino fue así. Me quedaron sus fotos”.
Las fotos que San Juan no se puede perder (Parte I)
El padre se llamó José Mazuelos, un inmigrante español que se instaló en San Juan, se recibió de contador público pero que se dedicó como medio de vida a su pasión: la fotografía. Y murió trágicamente en su trabajo: sacando fotos para el diario Tribuna de la Tarde el día que un auto de carreras sin freno atropelló y mató a 4 fotógrafos en un tramo del Circuito Sarmiento, en la actual Avenida Benavidez, donde increíblemente pasaban los autos a 150 por hora en plena competencia.
Ese día, el 21 de abril de 1952, la familia Mazuelos Corts perdió a su puntal y debió arreglárselas sola en la vida. Le quedó un tesoro guardado que sólo se abriría décadas después: el archivo de fotos que don José había acumulado durante toda su vida, personal y profesional, con documentos inéditos y de infinito valor sobre la vida sanjuanina de la primera mitad del siglo pasado que hoy día son parte del ADN provincial.
Hay de todo en esa colección, incluso aguardan ver la luz algún material que nunca ha sido siquiera revelado y que seguramente puede echar luz sobre la mismísima identidad provincial acuñada por aquellos años. Con abanico muy variado. Están las mejores fotos que puedan mantenerse disponibles de la peor tragedia natural de la historia provincial y nacional, el terremoto de 1944. Están los registros más variados de aquella histórica visita de Eva Perón al sepelio de Ruperto Godoy en 1951. Están los testimonios sobre cómo eran los principales lugares que hoy caminamos a diario los sanjuaninos como las plazas o el Parque de Mayo. Están los andamios de obras emblemáticas como el estadio Aldo Cantoni, de emprendimientos privados como la primera piedra de la Electrometalúrgica Andina. Están los sucesos deportivos de la época. Están los paisajes aéreos que demuestran el ritmo de crecimiento demográfico, como esa foto de la Escuela Hogar de Rawson sin nada alrededor, cuando hoy es una zona urbana por excelencia. Están los testimonios de las cosechas de los años 40, con laboriosas mujeres vendimiadoras, como dice la cueca, y la uva arrastrada en carromatos desde el parral a la bodega. O están los viejos monumentos que ya no existen, como aquel mítico al cacique Caupolicán en Calingasta, donado por Chile y derribado por alguna horda alcoholizada. Sin perderse de los registros sobre el estilo de vida de aquellos años, o los viejos personajes urbanos que siempre hay.
En total son unas 3.000 imágenes, de las cuales apenas hay unas 1.000 reveladas y las otras aún permanecen en negativos. Todas retratadas con el nervio de un fotógrafo apasionado y maravilloso que dejó su huella. El asunto es que esa huella hoy está un poco borrosa porque sus condiciones de conservación no son las ideales, además de estar privando a todo San Juan de disfrutar de esos tesoros sobre las huellas provinciales, muchas de ellas aún sin descubrir porque la tragedia no le dio tiempo a don José siquiera a revelarlas.
Es sin dudarlo el principal conjunto de imágenes sobre ese pasado reciente provincial, en un ámbito en el que no es fácil encontrar fotos de los historia de esos tiempos y mucho menos que ese registros resulten originales o inéditos. El archivo permaneció cerrado en un armario durante décadas, hasta que a la esposa de José, Rosa Silveria Corts, se le ocurrió abrirlo justo en el aniversario número 50 del terremoto del 44.
A partir de allí, muchas de estas imágenes fueron expuestas en pequeños grupos de 20 y 30 fotos, razón por la cual hay un grupo de fotos que están hechas murales. Por esa razón, la memoria sanjuanina dispone de algunas de esas imágenes en su inconsciente colectivo: las ha visto alguna vez, pero nunca ha alcanzado a dimensionar el infinito valor de ese material todo junto.
También a partir de ese momento el gran público pudo zambullirse a algunas historias contadas por Leopoldo, el hijo de José que hoy es depositario de este tesoro, el columnas que publica habitualmente acompañadas de fotos en la sección Opinión del lector de Diario de Cuyo. Y también a partir de ese momento el material completo ha tenido infinitos novios, pero nadie que se haya dispuesto decididamente a rescatarlo de la penumbra, clasificarlo, conservarlo y mostrarlo.
Pasaron interesados desde el Inpres, por las impresionantes imágenes del terremoto que todavía no han sido del todo descubiertas. Pasó la Universidad Nacional de San Juan, pasó el Archivo Histórico. Pasaron especialistas maravillados por este contenido que se guarda en una humilde pieza de abobe con techo de cañas almacenado en cajas y desparramado en sobres que algún especialista sabrá poner en valor. Pero nunca hubo un intento que pasara de expresiones de deseos. Ni siquiera pudo conseguir una máquina reveladora de negativos para ir descubriendo de a poco el material incunable que tiene en sus manos y que es sencillamente la memoria provincial.
Mientras eso ocurre, Leopoldo pide que se preserve la propiedad intelectual del archivo y no se reproduzcan indiscriminadamente las fotos de esta producción que exhibe apenas un puñado de obras entre un infinito tesoro que será mejor ir descubriendo de a poco.
José Mazuelos, una vida corta pero intensa
El autor de este material se llamó José Mazuelos y en el momento de su trágico fallecimiento de abril de 1952 tenía apenas 38 años. Pese a su juventud, ya era un experimentado fotógrafo del diario Tribuna, que por sus propios medios había decidido recorrer la provincia entera para ponerla delante de su lente. Además, vivió intensamente la vida social de la provincia: integró los clubes Andino Mercedario y Tiro Federal, presidió la Acción Católica.
Estaba junto a sus colegas para graficar el paso de los autos en plena carrera por la Avenida Benavídez. Cuando el segundo del pelotón se quedó sin frenos y decidió tirar el auto para el lado de los fotógrafos. Cuenta Leopoldo que si hubiera seguido de largo mataba a 100 personas, y prefirió el daño menor en esa fracción de segundo: el problema fue que entre los 4 muertos estaba su padre. En el accidente, le robaron las dos cámaras que llevaba.
Allí entró en escena un factor imprevisto. Eva Perón, ya con su enfermedad terminal a cuestas, se interesó en el asunto y se comunicó con las viudas para conocer la situación. Rosa Silveria Corts le solicitó una pensión vitalicia, y así fue como consiguió criar a sus hijos sin desmembrar la familia. Fueron seis, uno de ellos fallecido y otro desaparecido durante la dictadura. Leopoldo, el poseedor de la obra de su padre, es el que sigue adelante mostrando su legado.